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Ulrica

El cuento «Ulrica» pertenece a El libro de arena (1975). Aunque no aparece en la relación de sus mejores relatos, cuentan que fue el más querido por Jorge Luis Borges, quien pidió que se lo leyeran cuando ya estaba muy enfermo, y que al escucharlo exclamó: «Soy un escritor». El epígrafe de este cuento figura en el dorso de la lápida del narrador argentino. A mí me fascina.

Ulrica

Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

–Soy feminista –dijo–. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.

Uno de los presentes comentó:

–No es la primera vez que los noruegos entran en York.

–Así es –dijo ella–. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:

–¿Qué es ser colombiano?

–No sé –le respondí–. Es un acto de fe.

–Como ser noruega –asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:

–A mí también. Podemos salir los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven.

No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:

–Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.

–En Oxford Street –me dijo– repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.

–De Quincey –respondí– dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.

–Tal vez –dijo en voz baja– la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos.

Me apartó con suave firmeza y luego declaró:

–Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido, mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica que me había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano, seguimos.

–Todo esto es como un sueño –dije– y yo nunca sueño.

–Como aquel rey –replicó Ulrica– que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.

Agregó después:

–Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

–En estas tierras –dije–, piensan que quien está por morir prevé el futuro.

–Y yo estoy por morir –dijo ella.

La miré atónito.

–Cortemos por el bosque –la urgí–. Arribaremos más pronto a Thorgate.

–El bosque es peligroso –replicó.

Seguimos por los páramos.

–Yo querría que este momento durara siempre –murmuré.

–Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres –afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

–Javier Otálora –le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrike.

–Te llamaré Sigurd– declaró con una sonrisa.

–Si soy Sigurd –le repliqué–, tú serás Brynhild.

Había demorado el paso.

–¿Conoces la saga?– le pregunté.

–Por supuesto –me dijo–. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

–Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

–¿Oíste el lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.

A 55 años de las Umap (II)

Segundo de una serie en cinco partes, sobre las atrocidades sufridas por quienes fueron enviados a las UMAP. Estos avatares resultaron basamentos fundamentales de la novela del propio autor Un ciervo herido


Los gritos de “¡De pie!” se escucharon antes del amanecer. Algunos de los hombres, también gritando, dijeron que no sabían qué significaba “De pie”. Los soldados llevaban lámparas de mano y recorrían el barracón instando a levantarse. Algunos de ellos pateando con fuerza el piso mientras repetían “¡antes del amanecer, antes del amanecer!”.

El barracón estaba rodeado de jeeps y tres o cuatro camiones del ejército. Los faros de estos ofrecían la única luz. Serían en total 80 o 90 hombres. En la penumbra, los soldados repartieron un pedazo de pan con algo que debía ser mantequilla. Algunos de los citados exclamaban “agua”. Un soldado, sobre todo ése, cuando escuchaba esta expresión respondía en alta voz: “¡En el ejército no hay sindicato!”.

Debieron subir a los camiones en medio de la oscuridad. De nuevo, en los extremos de la plancha, iban soldados con fusiles. El silencio, el silencio de los hombres, se podía tocar, si descontamos algunos quejidos, rezos, suspiros. Se escuchaban realmente los ruidos de los motores, de algún ave nocturna, de las ramas pegando contra los laterales de los camiones: el camino era de tierra y estrecho, lo decían los baches.

Antes de la parada final, los camiones se detuvieron. Reanudaron la marcha cuando el sol ya apuntaba. Finalmente, fueron a dar a una explanada rectangular cruzada por las líneas del ferrocarril. Allí estaban otros militares, que “recibieron” a los encartados de mano de los anteriores. Arrimaron a los hombres hacia un lado; los amontonaron más bien custodiados por un grupo de guardianes con fusiles en posición de «porten armas».  Se sintió a lo lejos el ruido de una locomotora que al fin, cuando pasó, resultó ser de color negro, antigua, de vapor. Arrastraba una ristra de vagones de carga, cerrados. El convoy se detuvo y dos soldados, que tenían aires de jefes, fueron hasta uno de ellos y regresaron con otros militares que cargaban unas calderas grandes que, luego se sabría, contenían leche. Una leche acuosa, tibia. No todos los citados traían vasos y esto demoró el trámite: unos debieron esperar a que terminaran de beber los otros, los que sí traían vasos.

Ya en la claridad, fue posible ver que la mayoría de los citados estaban magullados, con las ropas renegridas de churre y cagarrutas de chivo, y el miedo en toda la cara. Unos, extrañamente, habían acudido a la citación vestidos de blanco.

Al mirar hacia los cuatro puntos cardinales, no se veía a nadie que no fueran los soldados y los citados.

Los soldados ordenaron hacer una fila paralela a los últimos vagones y, cuando la avanzada de los reclutados llegó justo a la entrada del primero de estos últimos, que tenía la puerta abierta, mandaron a subir. Uno de los hombres, gordo más bien, de pelo y piel rojizos, quizás de 25 años de edad y que cuando estaban repartiendo la leche se había hecho llamar María Elena, dijo entonces: “Yo no puedo subir”, mientras mostraba sus manos ocupadas con sendos maletines y, agarrada contra una axila, una bolsa de tela. Se apartó de la fila. Un soldado se le acercó moviendo la cabeza de un lado a otro. Lo conminó rozándole el pecho con la culata del fusil. Pero el de pelo rojizo negó con la cabeza y, con varios gestos de cara, volvió a llamar la atención sobre su equipaje. El soldado silbó avisando a uno de sus pares que se encontraba lejano de la fila. Éste se acercó y a una orden tomó los dos maletines del pelirrojo y los impulsó hacia dentro del vagón. Y abrió la bolsa de tela. Era un osito de peluche, muy gastado, raído, rosado un día. A una orden, el soldado que se había acercado lanzó el osito lejos, contra la yerba.

Los laterales de las líneas estaban rellenos de piedras filosas, sobresalientes. Para los hombres de más edad, para los más pesados, para los menos preparados físicamente, en fin, no resultaba sencillo subir desde las estelas de piedras que atemorizaban, a la vez que dificultaban el equilibrio, de un solo movimiento al piso de los vagones, como querían los soldados. Uno, que luego diría se llamaba Agustín San Román, muy alto, delgado, mulato, de unos 30 años de edad, trastabilló y fue de rodillas contra las piedras. Se quejó en silencio. Cojeando, recogió sus pertenencias y las deslizó hacia dentro del vagón. Dos de los que ya estaban dentro lo ayudaron; tuvieron que arrastrarlo hacia sí.

Cuando ya todos habían subido, aparecieron por un camino enyerbado, enfrente, otros camiones de donde los escoltas hicieron bajar a grupos semejantes. Pasaron por el mismo proceso, leche incluida desde las calderas.

Cuando ya los últimos en llegar habían subido, las puertas de los vagones, sin embargo, continuaron abiertas. Y unos minutos después se escuchó el ruido propio de otras que se abrían; eran las de los vagones delanteros. Voces que llegaban desde allá. Gritos de los soldados que, hacia allá, lejos, acarreaban otras calderas de leche.

En un rincón del vagón que ocupaba, María Elena se mesaba su diezmada cabellera rojiza, sentado sobre sus dos maletines. Tenía la vista perdida en el piso, repleto con los cuerpos de sus compañeros de viaje.

Se escucharon gritos que avisaban que ya iban a cerrar las puertas. “El tiempo apremia”, gritaba uno de los que venían dando la orden a los que se hallaban apostados en las puertas.

Era la media mañana del domingo 19 de julio de 1966.

En el vagón que le había tocado, uno de los hombres, de unos 20 años de edad y cuya cabellera debió de ser frondosa —negra era— antes de raparse, como exigía la citación que lo había llevado hacia donde estaba ahora, gritó casi:

“¡Los golpes se pueden cobrar, pero no hay vida que alcance para cobrar la humillación!”.

https://puentealavista.org/2020/05/a-55-anos-de-las-umap-i/

Al pan, pan y al vino, vino, con Rodolfo Rensoli

Rodolfo Rensoli

    

El del rap ha sido de los movimientos socioculturales más reprimidos por las instituciones en Cuba, que han hecho lo posible y lo imposible por llevarlo al exterminio. En esta ocasión, tengo la oportunidad de conversar con Rodolfo Rensoli, creador de Grupo 1, colectivo organizador de los primeros festivales de rap en la Isla.

¿Cómo influyó el movimiento de rap en el abordaje del tema racial en Cuba?

El primer texto de rap que yo recuerde aborda la problemática racial, es Igual que tú, de Primera Base. Este toca el tema desde la visualización de un líder afroamericano -o sea la tipología de un líder radical que aquí no se dio quizás por el desarrollo separado de las razas en Estados Unidos, diferente al de Cuba, donde hay mayor mezcolanza. Hay referencias posteriores a Maceo en los temas de rap y hasta existió un Clan Maceo por allá por Micro X, en Alamar.

Después de este tema dedicado a Malcolm X, de Primera Base -hecho por un negro cubano identificándose con un líder negro autoemancipador-, comenzaron a resarcirse las problemáticas de la gente negra joven como protagonistas de ese fenómeno tan dinámico en aquel momento, donde una persona que un día estaba en el público al otro día podía estar en el escenario.

Esto surgió espontáneamente, eran cosas que estaban en la vida de cada uno de ellos. Incluso se tocaron aspectos correlativos a todas las personas discriminadas por el color de su piel, evidenciando esta realidad a otros individuos que se movían en otros ámbitos culturales y no lo percibían del mismo modo o no la veían en su totalidad.

Lo más importante de la aparición del tema racial en el rap es que removió el terreno donde estaban sembradas obras de gente que luchó por la emancipación radical del negro en las circunstancias de la revolución, como Tato Quiñones, Tomasito Hernández Lovaina o la Dra. Leyda Oquendo.

Aquí se le decía a esas personas que no era conveniente tocar los temas raciales porque eso conspiraba contra la unidad de los revolucionarios. Entonces, la fuerza de los raperos, con sus rimas y manera objetiva de tocar el tema, hizo que estas personas volvieran a la carga.

También el rap evidenció la actitud racista de la policía cubana. Independientemente que en la sociedad cubana podemos identificar grupos sociales bastante pisoteados por la policía, como los rockeros, los negros en cualquier grupo social eran el foco en la mira.

El rap no esperó a la metodología lenta que suele tener el partido comunista para tratar los asuntos. Los raperos vieron la oportunidad de expresarse y lo hicieron.  Al igual logró identificar con esta problemática a los muchachos blancos que iban a los eventos e incluso logra un cambio de conciencia en gran parte de las personas, que comienzan a ver estas temáticas desde otras perspectivas.

¿Qué impacto tuvo el auge de este movimiento cultural en la sociedad, la cultura y en las instituciones?

Siempre a nivel de institución las cosas son muy campesinas. La Habana del Este, desde que se creó, fue concebida como una gran ciudad y las intenciones del socialismo eran releer esa ciudad al modo socialista y hacer como una especie de gran metrópoli comunista, pero la subjetividad y la acción de los políticos es muy de aldea. No estaban preparados para escuchar este tipo de temas.

Las casas de cultura siempre han sido un congelador temeroso de la cuestión ideológica, no son centros reflexivos generalmente. Las casas de cultura, aunque en los planes de actividades hagan debates, no generan cambios hacia el interior de los agentes de la cultura que trabajan ahí.

Ya a otros niveles, como la revista Temas, el Ministerio de Cultura se inventa un debate. O en Casa de las Américas, donde se entiende un poco más “la bolá”, lo cual no significa que se acepte. Porque pueden entenderte y después mandarte un perro atrás… porque ven que estás claro.

Yo digo que también Cuba tiene un retardo en las neoidiosincrasias. El surgimiento de la espiritualidad que dio motivo a la visualidad de todos los movimientos alternativos de lucha por los derechos de la mujer, los derechos civiles de los negros, de los verdes o de los que sean, hasta llegar al plano ecológico, tuvo una trascendencia en el mundo que aquí no tuvo.

En Cuba ocurrió una revolución que desde lo legal –y ese fue uno de los errores con respecto al tema racial–  intentó abolir esa sociedad de negros y de blancos. Pero a lo que estaba apelmazado en la subjetividad no se le dio una atención científica o psicológica para permitirle una continuidad e irlo eliminando progresivamente.

En el mundo ya hace rato el punk estaba hablando con la lengua afuera lo que le interesaba originalmente a los jóvenes de la clase pobre inglesa. No es raro que el grupo Lady Punk de Polonia actuara como uno de los estamentos de la lucha contra la opresión que tenía ahí el sistema socialista, que era prácticamente una especie de departamento del estalinismo. A Cuba y sobre todo a los dirigentes, al tener un retardo en la comprensión de las neoidentidades, como que les cuesta trabajo entender y aceptar este tipo de fenómenos que pasan en todas las sociedades.

Con el rap también pasó que empezó a rapear todo el mundo –fue el momento también de la despenalización de la religión– y salió Adalberto Álvarez con la casa está repleta, o algo así, como que rapeado. Todo el mundo era así, hasta Van Van rapeó. En ese sentido, al ser el rap como más popular o más negro o cercano a nuestras raíces rítmicas, contaminó incluso más que el propio rock. El rock, Formell tuvo el tino de meterlo en el songo, pero fue un tanto más rechazado, aunque la gente no sepa que la tímbrica que el mundo utilizaba ya era rock pues estamos en el periodo rock de la música, al cual pertenece el rap también.

El rap sí evidentemente contagió. En las orquestas lo que se percibía es que si no rapeabas te ibas del parque. Se pensaba que el movimiento de rap iba a ser un movimiento arrasador, como lo fue el reggaetón posteriormente.

A nivel social no hubo rechazo, la gente lo agradeció. Aunque había parte de la sociedad que tenía más contacto con la expresión directa de los raperos en el festival y otra que la cogía por repercusión o transitividad, mediante los comentarios y grabaciones. Se oía rap en las guaguas. Pero yo no hallo que hubiera algún rechazo al rap; a veces algún viejo u oficial te decían que las cosas se podrían decir de otro modo, pues no estábamos acostumbrados a lo que yo llamo neoidentidades, a las cosas directas.  El discurso cubano siempre ha sido florido. Por eso la trova cubana, al ser hipercrítica, pasó en algún momento por la metáfora.

¿Cuándo ustedes comienzan a notar que el rap se vuelve incómodo para las políticas del país y es objeto de censura?

Nosotros, como promotores dentro de la Asociación Hermanos Saiz, no sentíamos tal rechazo porque ahí se supone que se comprenda la vanguardia artística de la juventud, y desde que ellos metieron al rock bajaron aparentemente el nivel de la cuchilla en cuanto a la sociedad. Nosotros no sentíamos ese rechazo como tal, veíamos como que habían algunas preocupaciones –te hablo al principio de la promoción de aquello. Lo empezamos a notar como tal en los medios de difusión, cuando estos comenzaron a tener reacciones ridículas con respecto al rap.

En la primera entrevista de televisión que yo tuve, en un diálogo antes de pasar al set, al preguntarle si la televisión no era un mecanismo de difusión cultural, Daisy Ballmajó me aclaró que en Cuba era ideológico. Y la radio igual, ambas están subordinadas al Consejo de Estado. Entonces todo tiene que estar muy tamizado.

Yo recuerdo una vez el pánico que montó Manolito, el director del programa A buena hora, evidentemente le habían halado las orejas. El rap tuvo un buen efecto al principio por el exotismo que poseía además, la gente estaba un poco cansada de la repercusión que se instrumentó aquí del boom de la salsa. De pronto, Cuba descubre que abrirle la guerra a la palabra salsa, o a lo que se identificara sonoramente como salsa, era factible. Ahora, cuando Cuba tiene que correr la cortina protectora del país y abrirse para buscar plata, asume el nombre de su música como salsa, pero eso llego a saturar. Me acuerdo que cualquier mongo de una orquesta se salía y formaba otro grupo. Entonces el rap llega en ese momento como algo nuevo, juvenil, algo necesario para otra gente.

Me acuerdo que Manolito veía fantasmas en el disco Igual que tú, de Primera Base, con temas como el de la calle donde dicen “fui a la escuela, no lo niego que aprendí, pero donde se sabe la verdad es en la calle”, o algo como eso. Le parecía que todo estaba mal. Está buena de verdad, uno de los pocos temas eróticos antes de que el rap se atrincherara en lo político militante, también les parecía mal, como si la salsa no estuviera saturada de temas de shorts calientes.

Ya nos habíamos dado cuenta que la cosa no sería tan bonita. Ellos son como un monstruo de mil cabezas y en los medios difusión es donde no se pueden permitir el lujo de una pifia. Cualquiera perdía la cabeza, como cuando salió una foto de Fidel Castro que se parecía a Hitler. En ese momento entendimos que el sistema no mordía bien al rap.

La historia de la cultura cubana posrevolucionaria está colmada de hechos donde se pone de manifiesto la censura, cada etapa con sus características propias… ¿Qué nuevos métodos utiliza la institución para censurar el Festival de Rap?

Nosotros sobre todo marcamos la trascendencia de enfatizar más en el arte individual que los grupos promotores oficialistas. Fuimos el primer grupo promotor donde el arte nuestro se ofrecía y además servía de plataforma para que nuevos artistas se visualizaran.

Sencillamente nos desengancharon el carro. Imagínate que vayas en el último carro del tren –una imagen muy vista en las películas de aventuras de los muñequitos– y te quiten el enganche. Ya ahora estamos viviendo en una época donde hay varios empleadores y, aunque siguen las restricciones, se han extendido las posibilidades de tu ser empleador y ampliar tu capacidad, pero cuando aquello era nula esta posibilidad. El Estado era el único empleador y resultaba muy fácil quitarte el gancho para que perdieras velocidad. Eso fue lo que nos hicieron.

Pienso que nos estuvieron estudiando durante mucho tiempo. Yo tuve un productor que decía que él y otro más fueron los que crearon en realidad una cosa ya casi olvidada que era el carnaval de la Calle G. La gente se ha olvidado que G era un mar de artesanos, cuando jamás los hubo, ni en la famosa catedral de los 80. No existía la ONAT y dice él que el sistema envió agentes que fueron observando y copiando cómo funcionaba aquello, que no era legal pero tampoco ilegal, y le fueron entrando poco a poco hasta que lo hicieron desaparecer. Yo pienso que a nosotros nos hicieron lo mismo.

¿Utilizó la institución a personas que venían del mismo movimiento para desintegrarlo?

Absolutamente. Hubo gente débil. Hubo gente que no creyó en los mismos preceptos que expresaron una vez en el mismo escenario del festival y sintieron que de verdad no podrían actuar como un taladro penetrando la estructura social. Entonces se entusiasmaron con los extranjeros que llegaban al festival, con algunos hicieron amistad y con algunos tenían propuestas de viajes y estos viajes serían tramitados a través de la institución. Entonces, a esa gente le fue muy viable traicionar a Rensoli y a su grupo, que sí querían que la sociedad cambiara hacia la positividad que estaba mostrando el rap sin el tamiz institucional, donde te puedes encontrar a una persona preparada que no aprueba las pruebas de ingreso a la escuela de arte, por lo que no es aceptado un mural en un muro o no te pasan determinado tema en la radio. En fin, la censura.

Y hubo personas que les dijeron que si no marcaban una actitud responsable y cumplían las ordenes de la institución, se acababan las esperanzas de viajes y prosperidad personal. Paradójicamente, parece como si esa gente se hubiese comportado bien de cara a la sociedad pero en realidad fueron muy egoístas, porque al final se disolvió el festival y otros colegas del mismo movimiento no pudieron seguir teniendo esa oportunidad. Nunca un género artístico estuvo tan asociado, en su nacimiento y visualización, a un festival como ese.

¿A qué personas te refieres?

Magia López del grupo Obsesión, que fue quien puso la cara pública para denigrarnos.  Alexey, del mismo grupo, fue quien le aguantó la pata a la vaca. Hubo muchos raperos que tuvieron una posición de aguanta patas.

Saroar, otro rapero, me dijo que se había dividido el rap. Yo desconocía eso. Eso fue lo que intenté parar pues conocía la historia de Selassie, que para evitar que se polarizaran los pro emperadores y los que no, dijo: “Bueno, si ustedes creen que un cambio de sistema resuelve los problemas de Etiopía, yo suelto el mando”. Yo hice lo mismo. Quizás si yo hubiese dado “el berro” muy probablemente hubiera seguido o me habrían bajado el rayo de Zeus.

Irak Sáenz, de Doble, fue otro de los que aguantó la pata. La gente de Anónimo Consejo, sobre todo Yosmel, que ya estaba adquiriendo una postura rastafari. Todo eso vino después que yo me identifiqué como rasta, y no vi que fuera consecuente en ese sentido.

Sin embargo, para la gente han trascendido como artistas consecuentes con la sociedad, con la gente más humilde. Yo no lo creo porque, en el momento determinante, cualquier diferencia con nosotros se hubiese podido discutir. Primero, porque fuimos los que les dimos la visibilidad. Si ellos vieron cómo nosotros actuamos y los defendimos en todos los escenarios, entonces debieron haber dialogado y cerrado filas.

Existió una carta donde la asociación Black Augouts, la primera que trajo espectáculos norteamericanos acá, nos invitó en una primera delegación, y el primer nombre era el mío. Pero de una manera muy pedestre la institución  llamó a todas esas personas que irían y se les dijo: “Rensoli no puede viajar”. Y todos aceptaron. Eso me lo contó Julito del grupo RCA, que ya tenía decidido quedarse.

Después que te sacan de la dirección del Festival de Rap, Ariel Fernández emerge como figura institucional que representaba el movimiento. ¿Formó parte del complot institucional o no?

Ariel y yo tuvimos siempre ciertas distancias y, tanto a él como a Pablo Herrera, que fueron los que trascendieron como grandes oponentes, nosotros intentamos darles determinada participación. Pero estaban tan acomplejados que no querían participar en nada de lo que del Grupo 1 emanara. Esa era la actitud.

Él hasta en lo religioso fue incumplidor. Estaba de Iyabo y no se podía hacer fotos, pero, con tal de tener protagonismo, se tiró varias en el malecón para salir en revistas americanas. Él siempre soñó con el protagonismo, a mí no me cabe la menor duda. Lo que pasa es que querían estar solos en el protagonismo o subordinarnos a nosotros a su protagonismo.

Recuerdo en una conferencia de prensa que yo lo invité a participar y él se rehusó de una manera que a mí me sorprendió. Es decir, ellos estaban preparando esa actitud. Quizás esperando algún momento en el que yo no fuera flexible.

A mí se me presenta este productor del cual hablaba ahorita, Carlos Zulueta, con una propuesta de llevar el festival de rap hacia los grandes centros comerciales. Al final lo hicieron y fue en buena medida lo que desgranó el rap, porque todavía no había un público constante como el que después logró Orishas de rebote, que no pudo permanecer porque no hubo oferta tras oferta de ese tipo de rap que pudiera abastecer y solventar un evento en los lugares caros.

Yo por política luché mucho en el anfiteatro para que los covers fueran bajos, pues estábamos en un lugar de poco poder adquisitivo y me daba cuenta que la mayor parte de los jóvenes que asistían eran estudiantes. Pero aun así, aunque hubiesen existido personas con dinero en el público del rap, no era para ponerlo en lugares equivalentes al restaurante La Cecilia ni tener una mentalidad monocéntrica como la que demostró tener Alpidio Alonso sobre la Ciudad de la Habana. La única ciudad que no es monocéntrica en Cuba es La Habana. Yo estaba defendiendo sobre todo un desarrollo comunitario de La Habana del Este, que no tiene un festival que la defina, como es el Wemilere en Guanabacoa o como pudo ser el festival de rock en los 80 en Alamar.

Yo le comento que si quería hacer otro festival que lo moviera por otro lado. Moverlo por otro lado no significa que distorsionaran el evento que habíamos creado nosotros y mucho menos que desangraran su sede principal. Ariel después hace un artículo titulado Alamar no aguanta más, qué irónico.

¿Qué papeles asumieron Alpidio Alonso, Fernando Rojas y Abel Prieto?

Voy a empezar de atrás pa’lante. Yo tuve una directora en el municipio de cultura que dirigió la Biblioteca Nacional, Marcia Medina Crusata. Ella me dijo una vez que el gran defecto de Abel era no haber sido consecuente con la cultura popular. Eso puede resultar contradictorio porque Abel es el primero que mete la rumba en la UNEAC, él realmente en ese aspecto reoxigena esa institución. La UNEAC era un lugar blanco, de papeles, a donde iban intelectuales que pensaban (y escribían). Ahí no había mucho movimiento y él introduce lo mismo la rumba que el rock and roll.

Recuerdo que por primera vez el jardín ese que está frente a la Sala Villena se llenó de fango porque metió a los frikis allí. Fueron los tiempos de oro de la Peña del Ambia, eso es cultura popular, pero una cultura popular ya apelmazada que se convirtió en patrimonio porque ya era obvio en el caso de la rumba. Ahí lo único que hubo que hacer bien era el expediente, pero yo estoy seguro que las probabilidades de que le dieran la categoría de patrimonio de la humanidad eran todas. La rumba es algo tan genuino, tan rico y tan único de Cuba que no se le quita mérito. Él solo movió la palanca para que entrara. Pero fíjate, la manipulación posterior me parece ha estado más cerca de la burocracia que de los activistas genuinos.

Por los límites de su pensamiento, que le ofrece la estética del rock –que en Cuba es un tanto blanquista–, deja quemado al rap. Por venir este género del verdadero underground y por ser una estética que él no está acostumbrado a digerir. Yo pienso que él también formó parte del criterio de aceptar a Obsesión porque esa gente pasaba, se ponía la pañoleta, se portaba bien, le daban un carnet de la juventud y tal.

Fernando Rojas fue quien más me acompañó en esta aventura. De hecho, fue el primero que me apoyó sin yo tener mucha influencia. Yo simplemente pertenecía a la asociación por literatura y, sin embargo, él es el que más cara de malo ha tenido en la historia, más que Alpidio incluso. Aunque después tuvo que darme la mala, igual por su posición, pero fue el único que puedo decir que en algún momento fue gentil.

Y Alpidio para resumirlo fue el esbirro, el mandado a dar el tiro de gracia.

Día de la Dramaturgia y del Teatro del Exilio Cubano

El dramaturgo cubano José Abreu Felippe (izq.) junto a Luis de la Paz, en el Festival Vista de Miami

Cuando el profesor José A. Escarpanter comenzó a preocuparse intensamente por el teatro cubano que se escribía y montaba en el exilio, estaba convencido de sus valores y anticipaba cuánto esa dramaturgia contribuiría al conjunto total del teatro cubano. Esa lúcida visión venía respaldada por el aporte que los escritores, actores y directores cubanos venían realizando desde la época de la República, encabezados por tres de los grandes en la dirección: Francisco Morín, Rubén Vigón y Andrés Castro. Luego, tras la llegada de la revolución, la escena cubana tomó nuevos bríos, lográndose que el teatro de la Isla alcanzara una presencia nunca antes vista.

No obstante, el entusiasmo comenzó rápidamente a deteriorarse en la medida que el régimen castrista, a través de su aparato cultural, estableciera severos patrones de censura y abiertamente condicionara el apoyo a las salas teatrales a un mayor compromiso político. Esa realidad hizo que mucha gente de teatro tomara el camino del exilio. La mayoría de los que marcharon al destierro, continuaron haciendo teatro cubano.

Como el éxodo de cubanos nunca se ha detenido desde 1959, y continuamente se suman al exilio más personas vinculadas a la escena procedente de la Isla, no solo está garantizada la identidad del teatro que se hace fuera de la Isla como cubano sino que, además, goza de buena salud, creatividad, renovación y linaje. Todo esto lo anticipó José Escarpanter y lo plasmó en sus estudios y artículos, convirtiéndose en uno de los pioneros en la revalorización de las artes escénicas de los cubanos lejos de su tierra.

En homenaje a ese visionario, el Dr. José A. Escarpanter (La Habana, Cuba, 17 de enero de 1933 – Auburn, Alabama, Estados Unidos, 30 de mayo del 2011), se ha establecido la fecha de su fallecimiento como el Día de la Dramaturgia y del Teatro del Exilio. Desde hace varios años se viene realizando cada 30 de mayo un encuentro para festejar el teatro cubano exiliado, en el que no solo se reconoce a los hombres y mujeres de la escena cubana fuera de la Isla, sino también al público que lo respalda. Sin embargo, este año 2020 se ha empañado por culpa de la Peste China diseminada por el mundo. Pero la pandemia no frenará la oportunidad de evocar el día y reflexionar.

La historia del teatro cubano fuera de la Isla tuvo, desde el inicio del exilio post Castro, dos centros esenciales para su desarrollo: Nueva York y Miami. A pesar de que en el sur de la Florida la presencia de cubanos siempre ha sido más numerosa, el mayor impulso se manifestó en Nueva York, donde estaban figuras como Herberto Dumé, quien ya había hecho mucho teatro en Centroamérica, y Francisco Morín, considerado el gran renovador de la escena cubana. En la Gran Manzana han trabajado, residido y en algunos casos fallecido, figuras importantes del teatro como José Corrales, Héctor Santiago, René Alomá, Manuel Martin, Manuel Pereira, Iván Acosta y Pedro Monge Rafuls. Y esto no incluye a los actores y directores, solo a algunos de los dramaturgos.

En Miami el teatro comenzó como un reflejo de la realidad cubana y buscando una continuación del teatro vernáculo, en el espíritu del Teatro Martí. Tan es así que a la comedia “Hamberguers y sirenazos”, escrita en 1962 por Pedro Román, se le atribuye ser la primera obra de teatro escrita en el exilio por un cubano tras la llegada al poder del castrismo. Esta obra fue estrenada en 1969, durante el festival “Añorada Cuba”. Vale la pena mencionarla, porque es un claro ejemplo de un teatro-comedia, un teatro-nostalgia que ha quedado como un texto de referencia.

El teatro cubano de vanguardia se hacía en Nueva York, hasta que esa plaza perdió el sitial por razones que merecen un estudio aparte. Sin embargo, tras el arranque del teatro cubano en Miami con raíces en lo puramente costumbrista y de entretenimiento, con Alberto González, Armando Roblán, Salvador UIgarte, Alfonso Cremata, Leopoldo Fernández, Rosendo Rosell y Néstor Cabell, fueron desarrollándose variantes dentro de la misma comedia, con obras de Mario Martín (muy versátil él) y las propuestas de María Julia Casanova. Ese “otro teatro”, el que se aparta un poco de la simpática comedia, tomó  fuerzas en Miami desde la segunda mitad de los años 70 y principios de los 80. El teatro hecho por cubanos en Miami comenzó a crecer y a trazar un rumbo ascendente. Tal vez la producción de “Corona de amor” de Alejandro Casona, dirigida por María Julia Casanova, marca el antes y el después del mejor teatro llevado a escena en el exilio por el rigor de la producción. Luego el establecimiento del Festival de Teatro Hispano de Miami fue fundamental en la consolidación de la ciudad como una plaza teatral notable, aunque, tras un inicio inclusivo, el evento dejó de acoger producciones locales y posteriormente de otras ciudades norteamericanas, algo que ha sido muy contraproducente para el prestigio general del Festival.

Escarpanter tenía mucha razón cuando apostaba por el teatro cubano del exilio, y resaltaba su variedad y riqueza, no solo en las propuestas, los elencos y las producciones, sino por los textos de dramaturgos prestigiosos radicados en el exilio como Julio Matas, Matías Montes Huidobro, Raúl de Cárdenas, Héctor Santiago y José Corrales, entre otros.

Decir exilio (emigración) quiere decir dificultades, limitaciones, falta de recursos, pero esas realidades no deben (y de hecho no lo hacen) disminuir las ganas de crear, y mucho menos afectar la imaginación y la creatividad. La calidad de las puestas en Miami está al nivel de otras en distintas partes del mundo, los ejemplos sobran y se aprecia la resonancia del teatro de Miami (y en especial el cubano) con las presentaciones de grupos locales en festivales internacionales, como Cádiz, Mérida y Nueva York, donde, además, reciben reconocimiento.

En Miami, entre los cubanos, existe una larga tradición escénica, enriquecida también por grupos de diversas nacionalidades, estando los venezolanos y argentinos entre los más activos. Todos presentan obras de calidad y merecen el mayor reconocimiento y apoyo. Como en cualquier gestión artística hay niveles, hay directores más creativos que otros, pero eso no tiene que ver con el teatro como tal, sino con las exigencias propias del director y su capacidad de regenerarse. En ocasiones se exige más de lo posible. No debe ser atributo del crítico especular sobre lo que debió hacer o no, sino evaluar lo que se muestra. De cualquier manera, se sabe, todo siempre pudo haber sido mejor, mucho mejor.

Un estudio concienzudo podría arrojar datos sorprendentes sobre el número de salas y grupos de teatro que han funcionado en Miami; sobre los actores que han pasado por los escenarios; incluso, sobre la fuerza actual del teatro a pesar de sus recurrentes dificultades. ¿Alguien conoce una etapa en el teatro cubano, dentro y fuera de la Isla, que no haya atravesado problemas? Ya en los años 50, en Cuba, Jorge Mañach escribía en la revista Bohemia: “el teatro cubano agoniza”.

El teatro cubano (tanto en la Isla como fuera de sus fronteras) es como el Ave Fénix.  En el caso del exilio su mayor problema es el costo de los alquileres de los espacios. El teatro es un negocio de fin de semana y la renta se paga por 30 días. Cada vez que hay un alza en el costo de los alquileres, provoca un remezón en las salas y algunas cierran. Cuando están estables los arrendamientos, surgen nuevos espacios para las artes en general.

Si se echa un vistazo a las producciones del pasado año 2019 en Miami, se podrá ver que se trabajó con ahínco, que se hicieron propuestas exigentes y demandantes, y que, en algunos casos, los actores y hasta los directores cubanos que participaron en esas obras habían arribado hacía poco tiempo al área. Incluso, a veces, los propios textos representados procedían de la Isla. Es importante resaltarlo, porque quienes rechazan al teatro del exilio por aparentemente carecer de una calidad media, están, implícitamente, desconociendo también el desarrollo y la evolución teatral en Cuba. Es desafortunado decirlo, pero hay quienes se empeñan en desconocer el teatro cubano de Miami, únicamente por proceder de figuras exiliadas.

Escarpanter supo ver con claridad los valores del teatro cubano allende sus mares, y se anticipó a la huella que este teatro dejaría tanto en la tierra donde han tenido que parar los cubanos como para el legado del teatro cubano total. Oportunos fueron Pedro Monge Rafuls y Eddy Díaz Souza, quienes tuvieron la iniciativa de declarar el Día de la Dramaturgia y del Teatro del Exilio Cubano, en honor a José Escarpanter.

Para cerrar, una lista parcial de dramaturgos cubanos de los que se han puesto obras en Estados Unidos:

Carlos Felipe, José Triana, Virgilio Piñera, Julio Matas, René Ariza, Matías Montes Huidobro, Raúl de Cárdenas, Cristina Rebull, Héctor Santiago, Pedro Monge Rafuls, Mario Ernesto Sánchez, José Abreu Felippe, Alberto Guigou, Manuel Reguera Saumell, René Alomá, Héctor Quintero, Nilo Cruz, Reinaldo Arenas, Orlando González Esteva, Orlando Rossardi, Dolores Prida, Carmen Duarte, José Manuel Domínguez, Maikel Chávez, Yvonne López Arenal, Antonio Orlando Rodríguez, Eugenio Hernández, Guillermo Arango, Luis Santeiro, Mario Martín, Ernesto García, Abelardo Estorino, Leopoldo Hernández, Fermín Blanco, Eddy Díaz Souza, Rolando Moreno, Nicolás Dorr, José Sánchez Boudy, Maricel Mayor Marsán, Ramón Ferreira, José Corrales, Marcos Miranda, Manuel Martín, Flora Lauten, Raquel Carrió, Iván Acosta, José Milián, Andrés Nóbregas, Manuel Pereira, Rosa Ileana Boudet, Eduardo Manet, Alberto Pedro, Rolando Moreno, Yesler de la Cruz, Ulises Rodríguez Febels, Yoshvani Medina, Ulises Cala, Grethel Delgado, Pedro Román, Julie de Grandy, José González, Daniel Fernández, María Irene Fornés, Abel González Melo, Jorge Carrigan, Rita Martin, Abilio Estévez, Jorge Trigoura, Frank Quintana, Nitsy Grau y Lilliam Vega.

Fauda

Fauda quiere decir “caos” en hebreo y en árabe. Es el nombre de una magnífica serie de Netflix. La mejor manera de pasar este maldito encierro provocado por Covid-19, alias “el Mataviejos”, es contemplar una serie de televisión. Lo he hecho en esta interminable cuarentena.

Me gustó mucho. Sabía, de antemano, el trasfondo de los episodios. Ciertos jóvenes judíos, vinculados a una Unidad Encubierta de Élite de las Fuerzas de Defensa Israelí, se enfrentaban en Cisjordania a unos jóvenes palestinos incardinados en Hamás, en Al Fatah, y hasta alguno de ellos le juraba lealtad a ISIS mediante el consabido vídeo.

La unidad existe y es la “Sayeret 217 Duvdevan (cereza en hebreo)”, y está facultada para cometer asesinatos selectivos y otros actos deleznables encaminados a impedir los atentados terroristas y los crímenes de los enemigos de Israel y del pueblo judío.

Era –al menos yo lo creía—la versión del Medio Oriente de los vaqueros contra los indios, del bien contra el mal, de los “buenos” contra los “malos”. Los vaqueros, claro, eran los judíos. Los palestinos, por supuesto, eran los indios. Pero no había nada de eso. No existían los estereotipos.

Todos eran capaces de destrozar al adversario. De interrogarlo con saña. De torturarlo golpe a golpe, hasta matarlo. Los judíos y los palestinos eran seres humanos movidos por el patriotismo, la aventura, el deseo de venganza, el amor, la soledad, la lujuria, el engaño, y el despecho.  También, y en una enorme proporción, los movilizaban las ansias de gloria.

Los separaban la cuestión religiosa. Los palestinos se tomaban muy en serio a Alá. Le rezaban y le ofrecían el sacrificio de sus vidas. Las mujeres, entre ellos, tenían una función auxiliar y les debían a sus maridos un respeto imponente. Los judíos, en cambio, apenas mencionaban a Yahvé. Se acercaban a sus actos por un camino secular. Las mujeres desempeñaban los mismos roles de los hombres. Podían ser infieles en la cama sin dejar de ser leales.

¿Es una serie realista? Sí, aunque sólo en cierta forma. Hay que prescindir de la incredulidad, como suele hacerse en el teatro, y suponer que el mismo equipo humano de guerra secreta puede operar constantemente sin ser detectado en un pequeño territorio como Ramallah, que es una especie de ciudad del tamaño de un sello de correos.

Pero ese escollo se salva sin dificultades. Realmente, los hechos ocurrieron más o menos así, aunque en diferente secuencia. El actor principal y coguionista de la serie, Lior Raz, que hace el papel de Doron Kabilio, perteneció a una unidad especial israelí que perseguía a los terroristas y realizaba acciones encubiertas en Cisjordania. La materia prima de los guiones es su propia experiencia.

Su novia de entonces, una chiquilla de 19 años llamada Iris Azulai, fue asesinada a puñaladas por un palestino al que arrestaron. Años más tarde lo canjearon por el soldado Gilad Shalit, secuestrado por Hamás, dentro de aquella asombrosa operación en que los israelíes cambiaron más de mil prisioneros, muchos de ellos terroristas, por la libertad de uno de los suyos.

El otro coguionista, Avi Issacharoff es el periodista de Haaretz, y reportero de televisión galardonado con varios premios, un verdadero experto en el conflicto palestino-israelí. Aunque Issacharoff asume el punto de vista israelí, trata de ser objetivo y respetuoso con los palestinos.

Eso no es posible. El punto de vista es esencial y los palestinos casi nunca quedan satisfechos. Para ellos, la venganza es una emoción legítima. Lo que explica que Shirin al-Abed, espléndidamente representada por la actriz franco-árabe Laëticia Eido, una palestina viuda, enamorada de Doron Kabilio, aunque casada por terror con su primo Walid Abed, el jefe local de Hamás, sea una traidora sin paliativos. Es un mundillo en blanco y negro, absolutamente irreconciliable con sus adversarios.

Eso es conveniente que se sepa. No hay forma humana que árabes e israelíes lleguen a acuerdos razonables. Mientras los palestinos sueñen con echar a los judíos al mar, eso no es posible.

Lidice Megla

La poeta Lidice Megla responde las cuatro preguntas esenciales de nuestra página, una manera práctica de profundizar, con la creadora, en su obra y sus experiencias:

Puente a la Vista (PV): Cuéntenos sobre sus inicios en la literatura. ¿Qué le impulsó a escribir y cuáles fueron sus primeros textos?

L.M: El primer salto hacia el poema ocurrió entre los 5/6 años, un intento ralo, escrito para un hermano de mi madre que siempre estaba viajando (amo viajar, puede que no lo supiera a tan corta edad, pero debe ser por esta razón que lo convertí en mí Hércules). “Yo tengo un tío marinero”, era el título. Él y mi madre nos traían libros constantemente. Desde muy temprano leí varias veces Peter Pan, La hija del capitán y El pequeño príncipe, recuerdo que la saga de Los nibelungos exacerbaba mi imaginación a un punto que olvidaba comer… al igual que todo lo de Verne, y por supuesto como constante de mi vida está Martí.

Leía ávidamente a Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou, las que me producían sensaciones físicas (una sed irresistible que aún no se calma). Y confieso sin timidez que mi primer crush fue Tom Sawyer, jajaja…

El repentismo tuvo gran influencia en mis años formativos, pues mis abuelos, a quienes me sentía muy cercana, eran repentistas y su finca era punto de reunión en la zona. A ellos agradezco vivir orgullosa de mis raíces campesinas.

PV: Defina o mencione brevemente, por favor, aquello que los lectores descubrirán, o conocerán, a través de sus libros.

LM:  Qué descubrirá quien te lee depende en gran medida de su propia cosmovisión. Un lector traerá su interpretación a lo que escribes, sus experiencias lo moldearán; esto a mi modo de ver, es inevitable, por ser modus operandi del proceso de lectura en general.

Puede que como poeta sea un poco ácida, mis poemas a veces se llenan de lanzas, pero la poesía no tiene que ser útil. No somos mejores poetas porque expresamos mejor, sino porque sabemos cómo, por qué y para qué jugar con la palabra dentro de la medida exacta de una estrofa, la cual es, a fin de cuentas, un sentimiento compactado. El contacto con la poesía se establece en un espacio de tiempo en el que el poeta se compacta (él es la estrofa, el sentimiento compactado).

En mis escritos puede encontrarse desde una palma real hasta un copo de nieve hablando con esa palma sentados en una cima helada; escribo sobre emociones y sin duda hay un elemento de vocación, digamos que impulsado por convicción, vivencia, desafío. Reconozco que escribo en una especie de trance… pero cada cual tiene su propio librito. Mi pasión por la psicología y la filosofía puede llegar a influir en lo que escribo. Además, amo la naturaleza y esto, por supuesto, también lo tienen que soportar (de buen grado o no) quienes se interesen en leer lo que escribo… En general, como règle d’or, trato de no tomarme demasiado en serio; sé que al poner mis poemas ahí fuera ya no son míos (desde el punto de vista interpretativo), que cada cual encontrará lo que encontrará, su propia apreciación.

PV: Mencione tres autores o libros que considere fundamentales o que la hayan inspirado o influido durante su trayectoria creativa.

L.M. Amo a Clarice Lispector, a Dulce María Loynaz, a Gertrude Stain, a Alfonsina Storni (demasiado difícil nombrar a los dioses).

Las escritoras inglesas de los siglos XIX-XX tuvieron un profundo efecto en mis años universitarios, debido a mis estudios especializados en Literatura Inglesa; Emily Dickinson, Matilda Betham-Edwards, Katherine Bradley, Elizabeth Barrett Browning, Sara Coleridge, Sylvia Plath (US), Virginia Woolf…

Luego están Blake, Rimbaud, Bretón, George Eliot, Keats, W.S Merwin, Pessoa, Mieses Burgos, Mallarmé, Vicente Aleixandre, Huidobro, Unamuno, Vallejo, Darío, Borges, Rulfo. Oh, ¡“tantos cantos para una sola muerte!”

Ya me extendí y he multiplicado por tres las respuestas.

PV: A partir de las nuevas teorías cuánticas según las cuales la esencia del universo no es la materia ni la energía, sino la información, ¿estamos a punto de descubrir que la vida es literatura?

L.M: “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable” (Dagerman lo sabía). Pregunta para una respuesta que siempre estará en evolución a la par de la propia información como literatura. Por supuesto que la vida es literatura. Lispector dijo que escribía sin esperanza de que lo que escribía cambiara nada, que la literatura no cambia nada. Mi percepción es que sin literatura el hombre es un vacío cuántico incapaz de influir en la realidad con y dentro de sus propios cambios (no me refiero a la capacidad de evadirse, todo lo contrario): sin otros planos para superponerlos a esta realidad, los mundos paralelos no ofrecerían la información que la propia literatura es en ella misma…

Lídice Megla nació en Camajuaní, Villa Clara. En 1999 emigró a Canadá. Ha sido maestra e intérprete y traductora para la División de Protección de Refugiados de Canadá. Su primer libro, Tú, la bestia, se publicó en 2018, mismo año en que ganó el concurso internacional de poesía «El mundo lleva alas». Ha traducido libros infantiles y poemas, y aparece en varias antologías de poesía latinoamericana y española. Otros dos libros suyos son Totémica insular y Mujer sin paredes (Voces de Hoy).

Díaz Canel y la ‘filiosofía’ práctica

Hay que ver la tremenda injusticia que se está cometiendo contra Díaz Canel con el asunto este de que «la limonada es la base de todo». Probablemente, ahora mismo tengamos al filiósofo de mayor capacidad de síntesis en la historia de la humanidad enredando los destinos de Cuba… y ni siquiera nos hemos dado cuenta. Pues al fin y al cabo:

¿Qué se le echa al pesca’o? ¡Limón!
¿Y al pollo al horno? ¡Limón!
¿Y a la carne marinada? ¡Limón!
¿Y a la molleja salteada? ¡Limón!
¿Y a la tarta de limón? ¡Limón!
¿Y a la misma limonada? ¡Limón!
¿Y qué hay de todo eso en Cuba? ¡Nada!

De ahí que, filiosóficamente hablando, en Cuba la limoNADA sea la base de todo lo que lleva o no lleva limón.

Los más dichosos del mundo

Omar Santana, Luis Cino, Aimée Cabrera y Victor Manuel Domínguez, dichosos en el II Festival Vista de Miami (Delio Photo Studio)

La cotidianidad en los relatos de Luis Cino conforma un universo opresivo pero revelador, donde las costuras del sistema castrista saltan desgarradoramente a la vista. En Los más dichosos del mundo, título paradójico, sarcástico donde los haya, la vida es una suerte de fiesta escatológica con pista de baile para los desahuciados, es decir, para la mayoría en Cuba.

Una mayoría agónica que el autor aborda con habilidad quirúrgica en este libro. Ya en Amazon:

Russia, China, Venezuela… New Book on Cuba Warns of Growing Threat to US

In a new book examining the 60-year Castro-Communist revolution – ‘Why Cuba Matters: New Threats in America’s Backyard — author Néstor T. Carbonell relates how the Castro regime is helping Russia and China develop cyberwarfare capability in Cuba and sheds new light on how Castro’s soldiers and spies support Venezuela’s repressive Maduro dictatorship.

In ‘Why Cuba Matters’, published by Archway Publishing, Cuban-born Carbonell, a witness to the onset of the Castro-Communist revolution and a longtime Cuba writer, provides perspective on the Castro regime, including how it “willfully deceived and subjugated” the Cuban people, defied 12 US presidents, and “continues to endanger peace and security” in the Western Hemisphere. The author has relied on declassified government documents and trustworthy unpublished reports and testimonies on significant episodes, such as US attempts to normalize relations with the Castro brothers and their duplicity to obtain concessions without introducing meaningful democratic reforms.

The author also has drawn from a vast array of his own experiences. Among them: civic resistance and detention in Havana; military training for the Bay of Pigs in Guatemala; CIA intelligence sessions in Miami; Organization of American States (OAS) meetings in Washington, DC; briefing members of Congress on the Missile Crisis and Castro-Communist subversion; and Cuba strategy discussions with statesmen, corporate leaders and policymakers.

In looking at present-day Cuba, the author describes how, despite the Castro regime’s stranglehold on the island, the dissident movement manages to keep the resistance alive. He also ponders prospects for a peaceful democratic opening in the post-Castro era. Finally, he explores how a free Cuba could rise from the rubble of Castro-Communism and surmount four critical challenges: political democratization, economic liberalization, cultural revitalization and moral regeneration.

Available at Amazon and Barnes & Noble:

 

About the Author:

Néstor T. Carbonell was born and raised in Havana, Cuba. He comes from a prominent Cuban family that left its imprint on the island’s wars of independence and on the foundation and development of the republic. Forced into exile in June 1960 after denouncing the Communist takeover of Cuba, Carbonell played an important role in the resistance and diplomatic fronts of the pro-democracy struggle. He joined PepsiCo in 1967 as counsel, Latin America, retiring in 2008 as corporate vice president in charge of international government relations and public affairs. Carbonell earned law degrees from the University of Villanueva in Havana and Harvard. He is a member of the Council on Foreign Relations and of the Board of Overseers of the International Rescue Committee, and has served on academic and cultural boards of Georgetown University, Duke University and Florida International University. He is the author of “And the Russians Stayed: the Sovietization of Cuba,” and of five other books on Cuba in Spanish under the name of Néstor Carbonell-Cortina.

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Trompadas en el aire y puntapiés al acecho: ¡Así se defiende la cultura!

La vocación de Fernando Rojas no parece estar vinculada a la dirección de un importante organismo del Estado cubano, en este caso, como segundo al mando del Ministerio de Cultura.

Pienso que se sentiría más a gusto sobre la blanca superficie de un tatami, disputando una pelea al estilo de Bruce Lee o en un cuadrilátero de boxeo, liándose a trompadas con la idea de ganar mediante un knock-out fulminante en el primer round.

Su insistente actitud belicosa apenas deja margen para tomarlo como un cuadro mínimamente creíble. La tendencia a querer resolver las discrepancias con invitaciones a duelos y respuestas cargadas de odio, en vez de usar el amplio arsenal de herramientas cívicas existentes, muestran su falta de dominio propio, de humildad y, en general, la ausencia de un fundamento cultural que lo distinga como una persona capacitada para enfrentar este tipo de situaciones desde una perspectiva profesional donde la violencia verbal, como preámbulo de una enardecida bronca, ceda el paso a la mesura y al sentido común.

Las redes sociales han destapado las conductas irracionales de un hombre capaz de partirle las costillas o rajarle la cabeza a cualquiera que le cuestione sus ideas. Se trata de un bárbaro que poco o nada tiene que ver con la estética de las diversas manifestaciones del arte y la literatura. Estamos ante un paladín de la intolerancia. De acuerdo a sus arranques de furia y deseos de hacer papilla a sus oponentes ideológicos, lo mismo dentro de la Isla que allende los mares, no dudo que posea conocimientos sobre las formas de anular a sus contrincantes con técnicas de artes marciales.

Su fervorosa disposición a fajarse tiene que estar respaldada por ciertas habilidades del combate cuerpo a cuerpo. También cabe la suposición que lo haga a sabiendas que el contrincante no se atreverá a presentarse en el escenario escogido para el intercambio de ofensas, bofetones, cocotazos y todo lo que sea útil para alcanzar el triunfo o un empate.

Pues el oponente tiene casi la derrota asegurada, bien con un puñetazo o un puntapié del ministro o a causa de la soberana tunda de parte de una escuadra de tropas especiales que permanecerá en los alrededores, para entrar en acción tan pronto aparezca el susodicho.

La escala técnica en algún hospital rumbo a la prisión, por atentar contra la vida de un alto funcionario, sería el fin de la historia.

No estoy a favor de las alusiones groseras, entre otras posturas denigrantes que suelen usarse por parte de algunos internautas para anular la reputación de sus antagonistas, pero es solo una opinión personal.

Al tomar parte en el ciberespacio se corre el riesgo de ser objeto de tales ataques. Las opciones disponibles son responder en la misma tesitura, con aplomo y sin perder los estribos o simplemente retirarse de una vez y para siempre de las plataformas digitales.

No es para que un viceministro acepte entrar de lleno, y en reiteradas ocasiones, en ese chancleteo. En cada zaragata que se arma en Facebook o Twitter, sale perdiendo sin tirar un golpe.

No se percata de que es imposible vencer en un terreno donde siempre recibirá sendas palizas virtuales.

Son nulas las probabilidades de que logre satisfacer sus deseos de sacar a relucir sus dotes de peleador. Al menos en los predios de un parque o entre las ruinas de un solar yermo.

Para eso tendría que abandonar su puesto en el Ministerio de Cultura, y ni pensar que accederá a perder tantos privilegios por sus anhelos de zanjar las disputas a golpes con todo aquel que le cuestione su defensa a ultranza del modelo de corte marxista-leninista que representa y que le permite acceder a un nivel de vida de raigambre burguesa. ¡Vaya contradicción!

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