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Las ovejas tampoco bailan

Poco se habla dentro del archipiélago sobre una parte muy importante de la literatura cubana actual. Ni se hablará tampoco, a menos que la dictadura que apresa la isla caiga y con ella la censura. Esa parte importante es, sin dudas, la literatura hecha por la diáspora, por los disidentes, por los marginados del régimen.

Es que pocas obras de las letras cubanas contemporáneas, dentro de la isla, tienen la capacidad de conmover con tanta franqueza al lector hambriento. El sentir de una generación, de un sector intelectual que sí quiere ser libre, está escrito, y sin tapujos además, en esos “textos de afuera”.

Me pasó que leyendo un pérfido libro de un colega llamado Lewis Hellman, me encontré un cuento capaz de mover mi templada sensibilidad. Y sí, no me referiré a todo el libro, de lo bueno lo más enconoso. Dado que Sun Hee y otros cuentos (Neo Club Ediciones, 2024) fue escrito sin pensar que se lo leería el G2, así, sin miedo y con la franqueza del que lo ha vivido, con esa de la que sentimos envidia los que en vivimos Cuba.

Hablar del cuento en particular duele. Es un análisis filosófico, moral y sentimental muy profundo. Una historia que difícilmente se escribiría dentro porque más que ser un cuento sobre una disidente que logró escapar del régimen sea la historia de cómo no es sencillo hacerlo completamente. El personaje principal de “Los peces no bailan rumba” (que así se llama el relato) se debate entre su presente y los rojos aquilones de su pasado. 

Ese sentir migrante, esa cruz que cargan los cubanos cuando logran salir de la isla, no es sencillo de explicar, nunca lo será. Poco se habla de eso y para los que estamos en la isla solo es un elefante gigantesco que podemos imaginar (apenas). Cada palabra puede costar caro en un régimen que solo quiere tu silencio y tu obediencia. Muchas veces, la libertad de pensamiento y expresión es un intercambio de miradas cómplices.

Por eso la protagonista puede ser cualquiera. Pues el hambre está, el miedo está siempre, el abandono ahí está, más que nada la sensación de que cualquier día todo puede cambiar y terminarás sufriendo torturas en una sucia cárcel solo por expresarte libremente. Esa carga no es fácil de soltar (de ser posible hacerlo) claro está. La paranoia no se va. Queda esa profunda cicatriz de nostalgia y odio, de miedo y asco. En esencia puedes salir físicamente, pero, como nuestra protagonista, es difícil dejar atrás los fantasmas, los olvidos y la muerte.

El odio corrompe. Aún así se le identifica como el motor impulsor. ¿Cómo es que no te rendiste a pesar de todas esas huelgas de hambre? ¿Cómo seguiste adelante sobre la censura, la tortura y el repudio? “Es el odio lo que debe mantenerte viva ante toda agresión”, respondería la protagonista de la historia. 

Las cargas de resentimiento son tales que ofuscan al miedo y lo relegan a un factor secundario. Se habla de violencia extrema y de lavar con sangre un pasado de por sí nefasto. Un sentimiento tan profundo y justificado contra una dictadura que le robó todo, sus mejores años, sus sueños y el amor incluso. Cómo no odiar a ese nivel. Es increíble lo satisfactorio que se siente leer algo escrito con tanta franqueza. Describe tal cual lo que pensamos muchos de los que estamos aquí. Justo así, las emociones propias se exorcizan al verlas reflejadas en la palabra escrita, en una historia que puede ser la de cualquiera en cualquier momento.

La mejor forma de leerlo es con hambre. Sin lugar a dudas es de las sensaciones más fuertes que trasmite  “Los peces no bailan rumba”. La contradicción entre la hambruna, casi perpetua, y la saciedad, es clave para entenderlo. Dado que en Cuba comer a diario conlleva una dificultad atroz, tan atroz que es el leitmotiv principal para muchos migrantes. 

La mayoría de las veces esa hambre, esa miseria que tenemos los cubanos metida en los huesos, no se va. La sensación se ve acentuada en este caso cuando, además de las circunstancias cotidianas, la protagonista misma renuncia a probar bocado en las cárceles castristas. 

Todo el cuento se vive en dos momentos. El presente libre y el pasado en la dictadura, encarcelada y acosada por la represión. En el presente se le plantea tomando una copiosa cena. Come como acto de sublime importancia, como un deber para con ella misma y los que dejó atrás. En el mismo texto suelta al interlocutor una frase que trastoca sensibilidades: “comer para ser feliz, comer por placer (…)”. Es claro cómo se ritualiza el hecho de alimentarse y más que alimentarse: de comer solo por disfrutar de la comida. Cosa que en Cuba es cuando menos difícil. 

Es que darle una importancia tan elevada a algo que debe ser tan elemental y básico como la comida deja en evidencia lo seria que es la situación vivida por el personaje. La cual doy fe que no es exagerada, todo lo contrario. Todo aquel que se haya acostado con hambre reiteradamente y apretado una almohada contra el estomago para no sentir el vacío, lo vería así. Prometiéndose comer hasta el último bocado donde sea que vaya. 

Son cosas que no todos están dispuestos a decir. En el mismo relato se toca este punto. Es difícil hablar de estos temas. Se quiere olvidar, por vergüenza o nostalgia pero se quiere dejar atrás. Ahí la franqueza demostrada a través de las referencias a la paranoia, al hambre mordiente, al miedo omnipresente. Todo desde el punto de vista del individuo que realmente lo sufre. Sin boletines políticos, sin sensacionalismos para ningún bando. Lo real, lo que pasa y cómo se siente.  

Se puede concluir que las bases psicológicas y filosóficas forman para la protagonista un tetraedro. En la plataforma están el miedo, el odio y el hambre. Estos van a dar a una distante y casi imperceptible punta reivindicadora. Que no está construida del todo.

La historia se lee simple. Se siente orgánica, fácil de consumir y en esencia de entender. No es muy larga pero en su brevedad están dichas unas cuantas verdades que a todos los cubanos cuesta admitir que existan. Todo cuanto se quiso decir se dijo y, sin lugar a dudas, la Cuba actual necesita leer más cuentos como este de Lewis Hellman.  


 

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Osmel Iglesia Aguilera
Poeta, narrador y crítico cubano. Nació en Las Tunas en el año 2000. Autor de Traumas (Primigenios, 2022), Mi Príncipe Alberto es un candado (Laia, 2023) y La burbuja de cristal y el sol negro (Curucuteo, 2024). Textos suyos aparecen publicados en varias antologías internacionales, revistas y páginas web en Argentina, Nicaragua, México, Bolivia y Cuba.
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