¡De cuántos vacíos impuestos nos sacaron en Cuba los vendedores de libros, itinerantes muchas veces, casi clandestinos por lo general!
En los tarjeteros de las bibliotecas de La Habana -en las que, de repente, el carácter público se volvió estatal- yacía un sinfín de textos cuyas tarjetas de datos, para solicitud de préstamos, nos advertían en un rojo paranoide: LIBRO EN RESERVA O EN PRÉSTAMO. Tras este rótulo se condenaba cualquier página amarillenta sospechosa de transgresión, de no obediencia a los cánones de la ideología rectora y de lo políticamente correcto.
Pero estaban ahí los vendedores callejeros con un muestrario parcialmente permitido… A la vista, lo admitido, lo que quería el poder. Pero bastaba acercarse a ellos y preguntarles por algún material -condenado- en específico. A más tardar, a la semana estaba en tus manos.
La vida en plenitud, las relaciones humanas -sociales e individuales-, siempre van a ser más ricas que cualquier coerción y que toda norma impuesta. Es expresión del imperio de la libertad en movimiento continuo.


