Introducción a ‘Tres tristes cubanos y un gato feliz’

 

Esto no es una proclama, ni un manifiesto, ni un tornillo de banco

La vida del poeta es una mezcla de bolero con folk irlandés: las cantinas arrasadas por los bustos de la juventud perdida. El bolero cruza al folk en la parte donde hay mujeres que nos abandonan. Nos abandonan porque si no la historia fuese fast-food coloreado por un tipo con cara de Pato Donald que vive encima de los trofeos gaélicos, y juega fútbol a la alemana, menos poético, más arrasador. Nos abandonan porque estamos gordos y en ocasiones (leves y discontinuas) somos felices (el grado de imposibilidad con que el poeta se denigra ante su chica). Nos abandonan porque abandonamos las causas que no se pierden. La vida del poeta contempla exhalaciones de cierta edad en la que princesas egipcias y porns-stars rumanas posan para uno como terroristas exhaladas en busca de literatura menor.

Nuestra obra está contra el vacío: monstruo cotidiano y feliz en el que cientos de poetas se mueven y celebran el perdón por ser felices y normales. En cambio, pertenecemos a la periferia. Sabemos que es nuestro lugar. Nuestros amigos son de allí.

Buscamos incorporar un paisaje (más doloroso aún) a la dolorosa falta de paisaje que nos idiotiza. (Donde dice paisaje Debe decir realidad). A estas alturas del show, lo que ayer resultaba dulce y vital, hoy es poco menos que común y obligatorio. Oh el Amor, oh la Patria, oh la Familia. Somos aquel punto que veis en la lejanía, aquella mancha atestada de baboso heroísmo y retórica pos-católica. La recompensa (marque con una X) está segura: cirrosis hepática___; cáncer de pulmón___; infarto___; tumor cerebral___.

La poesía no sirve literalmente para nada. Es la parte de la literatura que se encuentra más lejos de la literatura. Los poetas casi nunca leen lo que escriben otros poetas, ergo, la poesía casi nunca existe. Marcel Duchamp, César Vallejo, Malcolm Lowry, Charles Bukowski, Martín Adán, José Lezama Lima y Joseph Beuys son verdaderos ejemplos de poetas revolucionarios. La poesía de Mario Benedetti es un mito de la izquierda latinoamericana.

 

La representación política del mundo utiliza al poeta y lo oprime. La frase es desdeñosa, pero de ningún modo trata de la consecuencia individual del poeta y su acto de enfrentamiento a esa representación política. El poeta utiliza todos los lenguajes (incluido el de la política) para asimilar la noción de un mundo que es tan imperfecto como irremediablemente sanguíneo.

Escribir poesía es un acto de defenestración. Una escritura que lance por la ventana el agua sucia junto con el niño. Los demonios de la lógica, la coherencia y el sentido común son los mayores enemigos del poeta. Hay que desmontar el mecanismo de todo, como pedía Cioran, puesto que todo es mecanismo, conjunto de artificios, de trucos, o, para emplear una palabra más honrosa, de operaciones; hay que dedicarse a los resortes, meterse a relojero, ver dentro, dejar de estar engañado. Nicolás Guillén y Roberto Fernández Retamar no son mitos de la izquierda latinoamericana, qué más quisieran ellos.

En el pasado el poeta debía enfrentar dragones. Qué fácil. Hoy los enemigos son otros. El cansancio de las palabras que-no-dan-para-más. Los chiringuitos heterofóbicos. El desconcierto temático. ¿Cómo y de qué se puede escribir a estas alturas, donde todo es teléfono celular y televisión chatarra? Hay que aferrarse a la vanidad. Tratarla como a bebé autista o mascota de millonario. Ave, Vanidad: los que van a escribir te saludan. No me dejes, Vanidad. Te amo. Maldita seas.

Escribir como una necesidad para soportar la náusea. Escribir sin esperar más complacencia que la libertad, dígase capacidad de escoger el encierro y no los rostros de un poder de escasa lumbre. En ciertas ciudades hay grietas para agonizar en paz. Preferimos escribir desde las grietas, desde las sonoridades y el vaho de almas a punto de desaparecer. Ahí florece lo que jamás se ablanda: lenguaje encriptado, con siglos como armadura, con lágrimas de alcohol. Los poetas estamos al margen del poder, y es lógico. Es mejor estar al margen que pertenecer al ente decisor, pues los poetas somos la refracción del establishment: somos el dolor que ordena palabras desde el dolor.

El poeta cede a su relación con la naturaleza (que no solo es espacio físico, trasfondo o abultamiento de imágenes), comunica leyes que desequilibran el universo. El encantamiento presupone una criatura heroica y a veces siniestra, y esa criatura parece la inversión de nuestras máscaras íntimas. Ningún héroe construye a otro héroe a no ser que preceda a su intento por convertirse en algo parecido al otro.

A muchos poetas cubanos (poetas felices, gatas tristes) les ha dado por imitar a William Carlos Williams. Han asumido cierto aire alegórico del norteamericano, cierta aridez calcárea, y así componen sus artefactos. Huyen aparentemente de la retórica, de la tradición, y son aplastados como insectos por otra retórica, otra tradición. Vayan con Roque Dalton a sobarse el empacho de malas traducciones.

Es común encontrar lo que otros esconden, sonidos, metáforas de la desesperación, mentiras, verdades enfermas, perdones y, en demasía, náusea. La visión del poeta funda, quiebra y ridiculiza. El poeta, ser depravado al que culpan de nombrar las cosas, efímeras o eternas, es, sin embargo, un zapador al que temen sus propios colegas.

Hace tiempo que en Cuba la poesía se dividió en bandos que pugnan por hacerse visibles. Cenáculos que se pavonean de asumir el protagonismo a través de un discurso cultural descendente. Sectas que fabrican poemas, ganan premios y publican libros con total impunidad. Pero olvidan el inevitable ascenso de lo subterráneo desde un compromiso con la resistencia.

La poesía cubana se encuentra en permanente estado de recesión. Es la zona cultural más dañada por el bloqueo genocida. Poco a poco nos recuperamos, dicen. Vemos aparecer por aquí y por allá aislados cabecillas. Brabucones que despotrican contra todo lo que no sea ellos mismos. Por sus frutos los reconoceréis. Conversacionales y efusivos hasta los tuétanos, se alejan de la metáfora para caer de nalgas en la anáfora. Una escritura decrépita y domesticada se nos vende como novedosa y transgresora. A los organizadores del espectáculo les conviene. Déjalos que vociferen contra el poder, siempre y cuando lo hagan con la meticulosa sintaxis del poder.

Dicen que dicen que ciertos soldados de la UNITA, para tener valor, devoraban el corazón de cubanos… Bah. El Mesianismo ha desfigurado mucho concepto en esta orilla del mundo. La cubanía, la cubanidad, la cubancia. Nuestros peloteros y boxeadores y cancilleres y proxenetas tienen que ganar SIEMPRE. ¿Por qué? ¿En qué somos distintos de los malasios, los tonguenses, los croatas? De pronto, comenzamos a perder, vaya que sí. Y queremos masticar un corazón. La boca se nos hace agua, nos sudan las manos. Tenemos cucharas, cuchillos, voluntad. Pero, por más que buscamos, no vemos eso que llaman corazón por ninguna parte.

El orden de la conciencia no presupone un orden de conciencia moral adecuada. Preconizamos la confrontación en tanto ella se identifique con nosotros. No conocemos Auschwitz, pero sabemos de aldeas que se desvanecen. Nos movemos en un mundo en el que los héroes almuerzan con Zaratustra y cenan con San Juan de la Cruz. No somos responsables de ello, pero lo somos si alteramos un heroísmo como el de morir cuando a uno le importe morir. No antes ni después. Entonces preparamos el epitafio perfecto. Morir como gato de Praga, como perro de Bruselas. La Habana 1946 – Buenos Aires 2014. Camagüey 1968 – Tokio 2027. Ejemplos cortados de una resignación silenciosa. La vida es poco menos que estar vivo. A veces uno supone lo contrario.

Muchos se arrepienten de travesía tan peligrosa, pues los años se acumulan y provocan ciertas desviaciones, fracturas de asumir oficio tan contradictorio. Otros continúan, ¡qué remedio!, ¡qué mediocre manera de sucumbir!, pero continúan. Y eso es inevitable. Preferimos hundir el estilete, fastidiar a la bestia. Hasta hoy nos hemos enfocado en no perder el don de importunar a la maldita bestia.

Escribir con la ética de Ezra Pound. Be careful, estamos ante un ferviente admirador de Benito Mussolini. ¿Y qué? ¿A quién le importa que Jorge Luis Borges fuese en su momento un fervoroso de Pinochet? Ezra Pound es un modelo de revolucionario. Sus trepidantes Cantos le retuercen el pescuezo al delicado cisne de la causalidad aristotélica.

Si no te llamas Rimbaud o algo parecido no entres aquí, no toques a esta puerta, no esperes gestos de bondad, piérdete. Treinta años le toma a una semilla convertirse en lápiz. No queda otro remedio, hijo. Toma el lápiz y muévelo. Así, carajo. Hasta que vuelva a convertirse en semilla. Queremos decir, en patria. Queremos decir en familia, en amigos, en (esto es lo que hay): POEMA. Si no te llamas Rimbaud o algo parecido no escuches los tres, cinco, siete toques de la magia. Renuncia al rebaño. Dispara.

José Alberto Velázquez, Frank Castell, J. L. Serrano, Carlos Esquivel