
Dicen los viejos —los muy viejos, quienes aún recuerdan el ruido de un ventilador— que cuando el Gran Norte cerró el grifo del petróleo, Cuba entró en la Era del Oscuro Resplandor.
El sol seguía saliendo, pero no servía para nada administrativo.
Tras un año sin oro negro, los sacerdotes del Punto Cero intentaron el último hechizo. Pero las radios estaban muertas. Los altavoces mudos. Los generadores, oxidados como la fe. Se concretaba así el pecado original del poder: quedarse sin gasolina.
El silencio habló más fuerte que el Partido. Sin combustible, los guardianes dejaron de moverse. Sin electricidad, el chivato dejó de vigilar. Sin miedo, la gente recordó algo peligroso: que el Estado es más rollo que película.
Cuentan los ancianos que una mañana el Palacio quedó vacío. Los jerarcas huyeron. Algunos intentaron reinventarse como tecnócratas. Otros como neopatriotas. La mayoría como fantasmas.
Desde el Norte llegaron palabras solemnes: “transición”, “democracia”, “oportunidad”. Pero el pueblo solo quería una cosa mítica: que viniera la luz, aunque fuera para contemplar en toda su distópica dimensión el desastre.
Así nació la nueva era, de puro agotamiento. Porque ningún sistema sobrevive cuando ni siquiera puede fingir que manda.
Fundación de la Cuba Primitiva
Refieren los ancianos que, al no haber dictadura ni transición, la isla olvidó el siglo XX completo.
Las ciudades fueron abandonadas cual errores históricos. Los cubanos regresaron al monte. Allí, libres de ideologías, descubrieron que vivir sin Estado es más sencillo que hacerlo con uno inútil.
Nacieron los Clanes del Fuego. Los ancianos enseñaron a los niños la Leyenda de la Electricidad, ese espíritu caprichoso que una vez vivió en los enchufes. El socialismo fue recordado como un hechizo ridículo que prometió pollo y ni repartió pescado.
Regresaron los taínos y siboneyes. Los grafitis de Donald Trump y Marco Rubio, transformados en sombras chinescas, aparecían a la entrada de las cavernas y las ruinas de los edificios junto al rótulo «Caribe, esta es tu casa». Nadie sabía exactamente qué habían hecho, pero tampoco hacía falta.
Así se fundó la Cuba del Humo: sin futuro, sin planes quinquenales, sin discursos, pero también sin apagones.
Porque cuando solo tienes leña, el fuego nunca falta.
