Los tres modelos del futuro cubano

La crisis estructural del sistema castrista suele analizarse comparándola con otras transiciones de regímenes comunistas. Si se parte de esta lógica comparativa, es posible imaginar al menos tres escenarios plausibles para una eventual transformación, cada uno con precedentes históricos claros: el modelo ruso, el modelo rumano y el modelo chino. En todos ellos el papel de los actores externos —especialmente Estados Unidos— y de la diáspora cubana sería considerable.

El modelo ruso

El primer escenario se parecería al proceso tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991. Durante la presidencia de Boris Yeltsin, la apertura económica permitió que sectores de la antigua nomenklatura comunista se convirtieran en propietarios de los principales activos del país. De ese proceso surgieron los llamados oligarcas, y el sistema caminó hacia un presidencialismo cada vez más autoritario bajo Vladimir Putin. El clásico Cambio Fraude.

En Cuba, un escenario equivalente implicaría que sectores del propio aparato del Partido Comunista y de las fuerzas armadas —particularmente conglomerados empresariales ligados al Estado— gestionaran la transición hacia una economía de mercado. Los actuales administradores de empresas estatales, altos cuadros del partido y oficiales militares serían los propietarios o gestores de la privatización.

En este modelo, el sistema político no se democratizaría plenamente. Más bien emergería un régimen híbrido: elecciones controladas, oposición limitada y/o envenenada y una fuerte concentración del poder en torno a una figura o élite dirigente.

Washington, ya fuera demócrata o republicano, probablemente aceptaría este esquema si garantiza estabilidad y apertura económica. Es probable que hacia esto, en Venezuela y Cuba, esté apuntando la administración de Donald Trump ahora mismo.

El exilio cubano podría participar como inversor entre tensiones con las élites mayormente integradas al estamento militar castrista.

El modelo rumano

El segundo escenario remite al caso de la revolución rumana de 1989, que terminó con el derrocamiento y ejecución del dictador Nicolae Ceaușescu. A diferencia de otros países del bloque soviético, en Rumanía el cambio se produjo mediante un levantamiento popular en el que finalmente parte del ejército se volvió contra el régimen.

En el contexto cubano, este modelo implicaría protestas masivas que escalen rápidamente, fracturas dentro de las fuerzas armadas o los cuerpos de seguridad y una caída repentina del sistema político.

Este escenario suele considerarse menos probable, porque el aparato de control castrista ha sido históricamente muy cohesionado y la transición podría generar riesgos de inestabilidad interna.

Estados Unidos se enfrentaría a la necesidad de intervenir diplomática o logísticamente para evitar un colapso estatal o una crisis migratoria. El exilio tendría un protagonismo político mayor, participando en la reconstrucción institucional y económica del país.

El modelo chino

El tercer escenario se inspira en el camino seguido por la República Popular China desde las reformas impulsadas por Deng Xiaoping a finales de los años setenta. Allí el Partido Comunista mantuvo el monopolio del poder mientras promovía una profunda liberalización económica. A fin de cuentas, el cambio sin cambio.

Aplicado a Cuba, esto implicaría una ampliación significativa del sector privado, la entrada de inversión extranjera y el crecimiento del turismo, la industria ligera y los servicios. Pero sin pluralismo político real.

El régimen podría permitir una participación simbólica de figuras independientes, en instituciones consultivas o parlamentarias, sin alterar el monopolio del partido único.

Estados Unidos sería un actor clave para la inversión, el comercio y el turismo si se levantan las sanciones. El exilio probablemente jugaría un papel económico importante, pero con limitada influencia política directa.

El factor decisivo

Aunque estos tres modelos ofrecen marcos comparativos útiles, el desenlace cubano dependerá principalmente de factores internos: La cohesión de las fuerzas armadas, la capacidad del aparato del partido para reformarse, el nivel de presión social y económica y la relación entre la élite gobernante y las generaciones más jóvenes y emprendedoras.

Estados Unidos y la diáspora cubana podrían acelerar o influir en la transición, pero difícilmente determinarán por sí solos el tipo de sistema que emerja. En última instancia, como ocurrió en Europa del Este o en Asia, la forma final de la transformación dependerá de cómo se reconfigure el equilibrio entre la élite gobernante, la oposición interna y, sobre todo, el ciudadano de a pie.

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Armando Añel
Escritor, editor, zensicólogo. Ghost Writer. Entre los años 1998 y 2000 se desempeñó como periodista independiente en Cuba. Tras recibir el premio de ensayo anual de la fundación alemana Friedrich Naumann, con la revista Perfiles Liberales, en febrero del año 2000 viajó a Europa, donde residió en España e Inglaterra hasta radicarse en Estados Unidos en 2004. Tiene una docena de libros publicados. Dirige Neo Club Ediciones y es uno de los coordinadores del proyecto Puente a la Vista y del Festival Vista.