
La formación es un mar de uniformes iguales donde cantan a voz de cuello el himno, gritan las consignas y repudian al enemigo imperialista. Después del último socialismo o muerte, vas en formación al aula. Con la esperanza de que una buena noticia te cambie el día.
Miras los zapatos nuevos de un compañero en pleno turno de historia. La maestra dice que nuestros héroes lucharon por la igualdad pero sabes que ese par de zapatos cuestan más que todo el salario de tu padre, que es máster en letras. La mañana avanza y el hambre se va apoderando lentamente de ti. En las filas de atrás ves a la niña gorda comiéndose un paquete de galletas de los caros y sientes con odio ese olor dulce y embriagador. La maestra ni siquiera regaña al de los zapatos caros que no levanta la cabeza del teléfono, que coge excelente en todo pero que no sabe nada de ninguna asignatura.
Sin embargo, en educación física ya no son los uniformes iguales. Algunos usan sus buenas ropas, incluso se cambian los zapatos para usar deportivos en lo que otros se quitan los que traen para usar viejos. Tú eres de los que no tiene más aunque seas el mejor atleta que tiene la escuela.
En matemáticas el hambre se empieza a sentir más pesada pero te sientes confiado porque después viene el recreo y podrás ganarle las canicas a los demás y luego venderlas para comprar algo de comer. Ya estas mirando a los que nunca te ganan pero siempre juegan.
Detienen la clase, es la niña delgada y rubia. Se le perdió un plumón. La maestra los regaña, dice que robar es feo y nadie se moverá hasta que aparezca. Lo malo es que llegó el recreo y tienes hambre. Ella no se cansa de explicar que eso se lo mandó no sé quién de afuera y que los conocía porque en la escuela era la única que tenía iguales a esos.
Ella todos los días se sienta y llena la mesa con plumones, lápices y gomas: una exhibición de cosas bonitas compradas en el extranjero. Es tanto que se le tiene que perder algo, piensas, a ella compartir le da asco. Comienzan a revisar las mochilas. Al de los zapatos caros ni lo miran, él ni siquiera está atendiendo, la niña gorda trae muchas chucherías y así a uno o dos más pero al resto se les revisa a fondo, te hace sentir raro, casi rompen tu mochila tratando de abrir el bolsillo del cierre roto. No tienes ni para merendar pero nunca has cogido nada que no sea tuyo.
Casi se acaba el receso cuando aparece, estaba guardado en su enorme mochila rosada, en uno de los mil bolsillos que tiene. Te fastidia que no puedas comer nada por su estupidez, pero entra el director con la del colectivo y comienzan a dar los nombres de los ganadores de la emulación.
Mencionan al del teléfono, a la gorda y la ñoña de los plumones. Te tragas el nudo en la garganta para disimular el hambre porque creíste que tú ganarías ese viaje a la playa pero eso ahora mismo te da igual. Pensándolo mejor, ni ropa tienes para ponerte y no vas a andar en trusa frente a esos hijos de “papá”.
Se dice que las costas del país son las más hermosas del mundo pero tú qué sabes, nunca has visto el mar. Ahora solo te preocupas por el hambre.
Es una isla. Al final, tarde o temprano, lo conocerás.
