
Leer Y la noche doblaba por tercera, de José M. Fernández Pequeño, es entrar en una novela que debería estudiarse en las escuelas de escritura, novelística y narrativa contemporánea.
Por su lore: una mitología narrativa construida entre distintas épocas y geografías, cuyas historias se hilvanan hasta conformar un universo tan opresivo como fascinante.
Por la inusitada utilización del punto de vista narrativo; por la disposición formal de los diálogos; por el manejo del estilo indirecto libre y su combinación con la guionística; por la precisión dramatúrgica y la estructuración cinematográfica.
Pero, sobre todo, por lo más importante que debe tener una novela: una historia.
Su protagonista, Mello Domínguez, es Felo Ramírez, un héroe nacional cubano que, al mismo tiempo, es puertorriqueño, universal y de ninguna parte. Un hombre cuyo conflicto más trágico no se libra contra el mundo, sino contra sí mismo. Alguien que pone sobre la mesa todas las fichas de su vida, las alinea, las ordena y cree haber calculado cada movimiento, sin contar con la única cosa con la que nunca se puede contar: lo imprevisto.
Y ese imprevisto no irrumpe como un deus ex machina. Ha estado incubándose en la respiración misma de la novela. Cuando finalmente aparece, decreta el principio del fin en la vida de este extraordinario cronista deportivo.
Es magistral el trabajo de seducción ejercido sobre el lector.
La novela lo introduce en la historia, le acaricia el cuello y, mientras continúa acariciándolo, empieza a apretar. El lector no advierte que se está poniendo violeta, que sus venas están pidiendo auxilio.
La invasión emocional de Y la noche doblaba por tercera funciona como un veneno administrado con precisión: una sustancia que se infiltra a través de todas las líneas de fuerza, circula por las venas del relato y termina por carcomer el cuerpo sentenciado.
En la espiral hacia el clímax hay dos o tres estrechonazos que dejan el corazón a la deriva. Pero cuando el verdadero clímax estalla, sobreviene un turbión sentimental. Todo lo anterior ha sido una minuciosa trepanación del miocardio para recibir un remate brutal, en el que la realidad y la ficción terminan confundiéndose.
En cuanto al campo de fuerzas, Fernández Pequeño consigue una simetría perfecta entre potencias contrarias, antagónicas e irreconciliables, destinadas a chocar con una violencia extraordinaria. Cada línea de fuerza posee tal autonomía, desarrollo y espesor que podría sostener otra novela —una precuela o una continuación— y, sin embargo, ninguna se dispersa: se contaminan casi desde el comienzo, se entrelazan, producen nuevos conflictos y estos, a su vez, mutan, evolucionan y generan nuevas ramificaciones anecdóticas. La novela entera se levanta sobre una formidable asimetría del conocimiento: desde que reconocemos la identidad del protagonista sabemos más que uno o varios personajes, de modo que la ironía dramática no funciona únicamente como un recurso instalado por el autor, sino también como una emanación difusa de los acontecimientos históricos y célebres que la narración evoca. Sobre el protagonista se ejerce, además, un sistema de presión constante que lo obliga a decidir, lo conduce al hit y al error y termina transformándolo.
Fernández Pequeño instaura ese régimen dramático con una técnica invisible —porque la técnica que se exhibe deja de ser técnica y se convierte en costurón—: al principio, la novela parece avanzar con la serenidad objetiva de un documental, pero pronto surgen grietas que no parecen abiertas por el novelista, sino brotadas de la propia Historia. El motor dramático permanece y, sin agotarse, alimenta las tramas y sus derivaciones; pero esa permanencia no excluye la mutación del conflicto, que atraviesa el tiempo, se adapta y adopta nuevas formas, como un agua maldita que rodeara a los personajes. Cada personaje constituye un mundo y, al mismo tiempo, un sistema de palancas que se activa o se desactiva según su herida, su promesa, su pregunta pendiente: según su deuda narrativa. Y ninguna deuda queda sin pagar. No queda un cabo suelto, porque cada promesa encuentra una resolución significativa. Los tres movimientos finales ofrecen informaciones que son verdaderos clavos sobre la tumba de la historia. Y la jugada final, ese chiste que yo oía desde chiquito, actúa como el gesto del verdugo, brutal y definitivo.
José M. Fernández Pequeño acaba de firmar una obra maestra.
