De cómo cosito encontró su coso

Foto de Violeta Romero

Prólogo del libro Se cortan chazo, antología de cuentos de asunto dominicano
escrita por José M. Fernández Pequeño y publicada recientemente
por el Banco Central de la República Dominicana.


Era marzo y 1998, una tarde única para mí, que había decidido quedarme a vivir en la República Dominicana y abandonaba la delegación cubana hospedada en el Hotel Lina para refugiarme en la casa de Hugo Pérez, mi exalumno y amigo.

Atrás quedaba una andadura de la que me sentía y me siento orgulloso. No solo había publicado en Cuba mis primeros libros, sino que además formé parte del pequeño núcleo que en Santiago de Cuba fundó el Festival de la Cultura Caribeña, primer paso hacia la posterior creación de la Casa del Caribe y de la revista Del Caribe. Al momento de mi partida, estas eran ya instituciones establecidas y de primera importancia para la cultura de la región. Aquella tarde de marzo así era el pasado.

El futuro, en cambio, carecía de consistencia, era si acaso un deseo. Sin hogar, sin trabajo, sin dinero, lejos de la familia…

A la mañana siguiente, enfrentado a mi primer día como inmigrante ilegal, el abandono se transformó en zozobra. Era lunes y yo no tenía nada que hacer ni persona a la cual llamar. Salí a las calles de Santo Domingo y comencé a caminar. Primero, por la Zona Colonial, que conocía bastante debido a breves estancias anteriores en el país. Luego, aventurándome hacia donde mis pies quisieran, buscando que el riesgo de perder el camino de regreso quitara relevancia a cuanto me pesaba dentro. Sin detenerme, por horas, fui afrontando una ciudad extraña y empecinada, cuya verdadera condición había permanecido oculta a la mirada del visitante que hasta entonces había sido yo. Huía de mí mismo, del desamparo; es decir, que huía inútilmente. Y mientras intentaba no pensar, las calles me interpelaban con signos inverosímiles. Un cartel toscamente escrito informaba: “Se cortan chazo”. ¿Qué recontracarajo podía ser un chazo? ¿Y por qué era necesario cortarlo? Otro cartel colgaba en el frente de un negocio, algo así como una ferretería: “Si quiere el cosito que va en el coso, traiga el coso para saber qué es el cosito”. Dios mío, ¿dónde me había extraviado?

Hundido en el desconcierto, entré a un colmado, compré algo y pedí una bolsa, razón por la cual el colmadero me observó con suspicaz alarma. Cuando por fin se aclaró el malentendido, supe que en realidad yo quería una funda… las bolsas allí eran otra cosa.

Han transcurrido veintitrés años, durante los cuales encontré en la República Dominicana el espacio (cabida intelectual y respeto profesional; libertad para ser y crear, en fin) que la política terminó por negarme en el país de origen. Esta otra isla caribeña ha sido, además, terreno abonado para mis desvaríos narrativos. Quizás aquella mañana en que caminaba por calles incomprensibles, mis ojos de extraño ya percibían la mayor riqueza del entono que me retaba: la brillantez e ingenio con que por todas partes se manifestaba lo insólito. Pero aún me tomaría unos años comprender que la lengua coloquial dominicana y la sabichosa cultura popular en que esta se asienta, ese tigueraje que chispea ágil a cada paso (en el tráfico callejero, las oficinas públicas, los colmados, el discurso político…), ofrecen a flor de piel lo que, al menos para mí, resulta materia indispensable a la hora de contar: las visualizaciones del absurdo.

Fernández Pequeño (primero por la derecha) con las autoridades del Banco Central de la República Dominicana

Como el individuo que un día se descubre con sorpresa capaz de pensar en un idioma hasta ayer ajeno, en algún momento sentí mientras escribía que los códigos de la realidad dominicana reverberaban dentro de mí con la naturalidad y el placer de lo que siempre había estado allí. El tránsito sensible hasta ese punto de comunión es lo que se ofrece en este libro, al reunir por primera vez mis cuentos de asunto dominicano, desde el último (terminado hace solo un mes) hasta el primero, escrito hace veintidós años.

He decidido organizar los textos en un sentido cronológico inverso (del más reciente al más antiguo) porque me pareció la única estrategia confiable, por ladina y rosca izquierda, para demostrar no la existencia del cosito (eso está fuera de toda duda, sea esta razonable o no), sino la maravilla de su difusa esencia, esa cualidad inaprensible e inclasificable que termina por permitirle el regocijado acoplamiento con el coso.

Miami y agosto de 2021