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Una poética de la ficción y lo marginal

La simulación es lo único que no se simula, la ficción es la realidad última.

Eric Bentley


Dios le teme a los hombres. Anoche me lo dijo, cuando lo desperté para preguntarle por qué vuelan los pájaros. ¿De nuevo con esa bobería, Belén? Y con la misma se viró al otro lado para seguir durmiendo. Mas yo sé dónde le duele a Dios, lo conozco como si lo hubiera parido. Padre –lo pinché–, perdona, pero no entiendo cómo puedes roncar a pata suelta mientras en tu valle de lágrimas las cosas andan como el tren eléctrico de Casablanca, reculando y a ciegas. Si los que planifican la hecatombe se la pasan destrenza que destrenza ecuaciones hasta altas horas, con ojos como platos; si el hambre dilata las retinas a la vez que retuerce las tripas; y si, en fin, cada día están más insomnes los fantoches, los esbirros y los fariseos…

Con este diálogo entre Belén y Dios comienza Parábola de Belén con los pastores, novela (publicada en el año 2010) donde José Hugo Fernández nos presenta a Belén, la loca del barrio Cocosolo, en Marianao, una infeliz marcada con la piedra negra y a cuya sombra ni los perros se arriman. Una total irreverente, con esa desfachatez y sinceridad que le confiere la locura, una desquiciada por sucesivos traumas que no respeta nada ni a nadie, ni siquiera a Dios, que, según ella, es su vecino, o su igual, y con el que sostiene simpáticas discusiones. La voz que le otorga José Hugo a esta mujer es profunda, inteligente, conmovida, dueña de una especial lucidez, enriquecida por un agudo instinto. Sus palabras están llenas de extrañas filosofías y de una tristeza que no tiene remedio. Y es que la pérdida de seres queridos, sobre todo la pérdida de hijos, es motivo más que suficiente para la demencia.

Pero lo cierto es que Belén no está ni enteramente loca ni enteramente cuerda. Desapego y ternura, amor y odio, genialidad y torpeza, sordidez y generosidad componen la vibrante personalidad de esta mujer que por momentos nos hace dudar de su locura por los aciertos y la contundencia de las cosas que dice o hace, quizás porque la locura no puede vivir sin un poco de razón, como intentaba advertirnos Erasmo de Róterdam en Elogio de la locura: La razón, para ser razonable, debe verse a sí misma con los ojos de una locura irónica.

La literatura y la vida real están llenas de cuerdos locos, partiendo del ejemplo del rey David, quien, al sentir temor por su vida, disfrazó su cordura y se propuso engañar al rey de Gat haciendo garabatos en las puertas y dejando que la baba le rodara por la barba. Todavía hoy, la locura puede ser utilizada para defensa ante cargos criminales, como el caso del poeta Ezra Pound, declarado paranoico por los psicólogos para librarse de una pena de muerte. Cervantes y Shakespeare utilizaron la locura de sus protagonistas para criticar la realidad de su tiempo. Nos exhibieron sus personajes locos en circunstancias difíciles. Pero si Hamlet se hace muy escéptico, y sospecha de las palabras del fantasma de su padre, y de todos, hasta de sí mismo; y, por el contrario, Don Quijote tiene una fe firme, y nunca duda de su fe, Belén se ha nutrido de todos esos locos que la antecedieron, despotrica contra todo (hasta contra su Yave querido) y parece aseverar el viejo dicho del diablo: Piel por piel. (Y) El hombre dará todo lo que tiene por salvar su vida.

Mira, Dios, perdóname…, fui a la iglesia en busca de consuelo para el alma, pero como vi que sólo me ofrecían resignación, pensé que de momento lo único que valía la pena era tirarle al consuelo de mi barriga.

Foucault consideró que la locura tenía una fuerza primitiva de revelación. También debe creerlo José Hugo por la forma en que trata el tema, y por lo que le añade al personaje. Con un enfoque divertido, narra el itinerario de un alma que busca recuperar la inocencia, cansada del hastío, la desilusión y la angustia en que vive. Y es que nadie sabe a ciencia cierta lo que es la locura, lo que se sabe es que lo irracional no puede explicarse racionalmente. Belén manifiesta locura en sus palabras mientras demuestra cordura en sus acciones. Su preocupación por la situación precaria de los seres humanos es sincera, e insiste en el deseo de mejorar el mundo; pero la triste realidad pronto la convence de que es demasiado frágil e insignificante para cambiar alguna cosa. Y no le queda más remedio que ocultar su sabiduría con simulaciones.

En lo testimonial de la novela y el penetrante lenguaje dialogan textos de la tradición judeocristiana y la sátira de las novelas picarescas desde Quevedo, todo nutrido por intertextos literarios y culturales. Critica al hombre en el apego a sí mismo y en su incapacidad de ver, en la mentira, la verdad que se burla de la hipocresía religiosa y del oportunismo de un sistema que declaró al Estado ateo y donde santeros, cristianos y espiritistas tuvieron que sumirse en las sombras para luego propiciar una apertura que solo llevaría a una religiosidad enferma y a una fe manipulada y manipuladora. En ese sentido, el autor de Parábola de Belén con los pastores nos declara un juicio arraigado en la lucidez y en su personal manera de interpretar la vida. Si bien es cierto que la mayoría de las religiones han fracasado en mostrar amor genuino, y una fe sin hipocresías, esta novela nos ofrece un claro contraste entre aquellos que prefieren la falsedad y demuestran ser de la clase de Esaú, que se venden por un plato de lentejas y no muestran ningún respeto por las cosas sagradas, tan bien representada con Belén: lo tuyo en las iglesias es responder amén a todo lo que se hable, con la jaba abierta todo el tiempo para lo que caiga, y punto, con la clase que prefiere la devoción pura, incontaminada, aunque eso conlleve a ser perseguidos y marginados.

Porque hay algo más peligroso que la locura y es la hipocresía. Y más peligroso que el deterioro económico es el deterioro espiritual. Es la lección que nos deja esta Parábola. Y como toda parábola trae implícita una comparación, encontramos similitudes con el tiempo de Jesús, donde se evidenciaba la falta de espiritualidad y la pérdida de valores. Recordamos la advertencia: Tengan cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Jesús dejó al descubierto la falsedad de aquellos guías ciegos que llevaban al rebaño a más oscuridad espiritual, los sepulcros blanqueados, que les gustaba tanto aparentar ser limpios y puros; pero que en su interior estaban llenos de robo, engaño e inmundicia. Parábola de Belén nos pinta un cuadro vivísimo y profético del tiempo en que crecerían juntos el trigo y la mala hierba, ilustrando a Babilonia la grande, llamada también la madre de todas las rameras (representada en la Biblia como un conglomerado de religiones y no solo cristianas, quien se ha convertido en guarida de demonios, (y) donde están al acecho todos los espíritus impuros) en su acostumbrada fornicación con los reyes de la tierra.

Y él (Dios): supongo irás a contarme que por allá abajo, en esa isla donde vives, se habla ahora de un milagroso resurgimiento de la fe y que finalmente le han sacudido telarañas a las puertas de los templos.

¿No es eso, Belén? Y yo: sí, más o menos. Y él: pues no constituye noticia para mí, lo sabía, como también sé que los políticos y los evangelistas, que hasta ayer de tarde se pedían la cabeza, andan en luna de miel, tirando juntos los anzuelos en el río revuelto de la intemperie espiritual y la desesperación humanas.

He sabido que el autor escribió esta novela en una de las peores etapas de su vida. Por eso llama la atención como recurre al humor para abordar tópicos políticos-religiosos y crear universos transitados por la parodia y el sarcasmo, donde no faltarán las máscaras, el disfraz perfecto de la simulación, porque el ser humano es en esencia un artífice de la ficción de sí mismo y del mundo.

 

La ficción abre un espacio de libertad para el escritor y el lector, pues surge de la inconformidad con el mundo existente. Y es que toda ficción parte de la experiencia vital del creador. La realidad formada justamente por los elementos de la experiencia personal en base a los cuales configura la realidad ficticia de sus obras y donde tienen lugar en el proceso creador esas vivencias que lo han marcado, y que son procesadas mediante la memoria, o la experiencia.

Nos encontramos ante una poética que le confiere voz a los vacíos y los silencios individuales, poética de lo sórdido y lo banal que ahonda en los resquicios de la memoria individual y colectiva. De valor histórico esa sucesión de tendencias que usa el autor para interpretar la realidad y darle un sentido, no a la manera de los poetas; José Hugo no pretende sublimar nada, recorre tanta miseria, incluyendo la humana, pero hace que uno asimile la náusea y simpatice con locos y vagabundos. La capacidad de transmutar una historia que interroga, que declara certezas, que construye una metáfora de la vida, del abandono y de la búsqueda poética misma, un imaginario de carencia que establece correspondencia entre la desidia y la tolerancia, y que, aunque hable de una pérdida de la espiritualidad, transporta un valor espiritual de primer orden.

José Hugo consigue equilibrar el lenguaje poético con la serenidad y elegancia de una prosa amena, que enriquece con imágenes ocurrentes, con una aguda sagacidad, donde destaca el poder de su imaginación y su capacidad para lo simbólico. Desde la ficción logra expresar verdades que cuestionan al mundo en su abierta decadencia. Su discurso se caracteriza siempre por la profundidad conceptual y humana, a pesar de recoger la aridez de la violencia y la marginalidad social. Sus protagonistas son gente común cuyos sueños, añoranzas y frustraciones son fielmente interpretados por el narrador. Y aunque no tenga como único objetivo hacer reír, reímos con sus magníficos diálogos y sus ingeniosidades, a la vez que expresa su indignación y no puede disimular un trasfondo moralizador.

Cuando uno lee esta novela confirma que estamos ante un escritor auténtico, además de ser un autor prolífico, con una veintena de libros publicados. En cualquiera de los géneros que incursione, uno agradece sobre todo la honestidad del escritor que reflexiona en torno a la ficción de una manera constante y sistemática, y que no busca solo entretener. Este escritor sabe seleccionar un argumento interesante — incluso hasta simple— y adecuarlo a las técnicas que requiere para hacerlo esplendente. Esa sabiduría que transpiran los diálogos, la oralidad desenfadada, es otros de los muchos aciertos de su escritura.

En este libro sobresale la importancia de las relaciones humanas, pero también la incomunicación, la total  frustración  de una sociedad que no se salva de la desesperanza, y donde los personajes con sus odios, pasiones, virtudes y mezquindades se funden para formar una imagen intensa de la Cuba de los años 90. Todo a través de una narrativa que impacta por la frescura de su prosa desbordada de temas que nos interesan y personajes marcados por el dolor, la ternura, la incertidumbre, el vacío, pero capaces de transmitir un efecto de simpatía y extrañeza en el lector. Parábola de Belén con los pastores acopia las paradójicas relaciones entre vida y literatura en su intento por destruir los horizontes que las delimitan.

Sobre el arte de escribir

Los escritores Manuel Vázquez Portal, Francis Sánchez, Ileana Álvarez y Lilliam Moro en el Festival Vista (2017). Foto de Melikah Jazz

La gran tragedia de la literatura y el pensamiento –digamos de la cultura letrada– es que la inmensa mayoría de la humanidad no lee a fondo y, para colmo, la exigua minoría que lee a fondo no suele comprar lo que lee a fondo sino adquirirlo gratuitamente por diversas vías –sobre todo en esta época digital–, lo cual inhabilita la “capacidad productiva” del pensador o escritor.

En cualquier caso, la buena literatura, esa que se conoce como “gran literatura”, siempre será cosa de cuatro gatos. También los juicios más o menos acertados sobre buena y mala literatura, los cuales, para colmo, como casi todo en esta vida, dependen mucho de la interpretación de cada quien, incluso del estado anímico de cada quien. A continuación algunas citas a propósito, recogidas a lo largo del camino, que me han parecido ocurrentes, inteligentes o simplemente reveladoras:

«Siempre quise ser un escritor político, de izquierda, claro está, pero los escritores políticos de izquierda me parecían infames». Roberto Bolaños

«Pasa con Dan Brown (no te burles del reconocido autor Dan Brown). Genuinamente creo que su mediocridad es calculada. Es un brillante ingeniero de tautologías y lugares comunes y la gente lee esos libros horribles como un acto de afirmación y celebración de su propia mediocridad. Y Dan Brown lo sabe». Daniel Pratt

«Hay muchos escritores (en Cuba y fuera de Cuba) que consideran que se harán millonarios escribiendo libros, y este oficio de escritor es, cada vez más, un sacerdocio: es decir, el de escribir nuestras verdades con el único aliciente de que alguna de esas verdades pueda servir a algún lector, si es que el libro es comprado y leído». Amir Valle

«Es fácil constatar que entre los estudios, reseñas o simples menciones en torno a los más importantes escritores latinoamericanos de la contemporaneidad, raramente aparece algún cubano residente en la Isla y más o menos inscripto en las nóminas de la oficialidad, o más o menos atenido mansamente a las reglas del juego que impone el régimen. Las pocas referencias que encontramos, responden por lo general a selecciones amañadas por intereses que nada tendrían que ver con el justo y desprejuiciado juicio crítico». José Hugo Fernández

«Para mí Enrique Serpa es el mejor narrador que ha dado Cuba después de mí, por supuesto». Abu Duyanah 

La amable euforia de la danza

Manuel Gayol Macías, Pedro Pablo Peña, Nilo Julián González e Idabell Rosales en el I Festival Vista de Miami (2014)

En un documental no solo se muestra una historia, sino se abre la posibilidad de brindar un retrato del protagonista. Eso es lo que ha intentado el realizador Miguel Castanet Jr. con La amable euforia de la danza, conducir una narración a través de imágenes, testimonios y entrevistas, para contar la vida y obra del bailarín y coreógrafo cubano Pedro Pablo Peña (1944-2018), un hombre que logró con gran esfuerzo cumplir su gran sueño, crear un festival internacional de ballet en Miami.

Está más que demostrado que los osados y emprendedores son quienes escriben capítulos memorables en la historia. Hay que tener una visión amplia y un propósito bien estructurado para llegar a la meta. Castanet sustenta su película mediante una secuencia cronológica, en la voz del propio Peña, complementada con entrevistas a familiares, amigos y colaboradores. El resultado es un documental de 46 minutos donde el cineasta se centra en dos etapas en la trayectoria de Peña: Cuba y Estados Unidos, lugar que para Pedro Pablo Peña era el exilio.

Tras un intro a modo de promo, Castanet se vale de las primeras secuencias para establecer que desde su infancia Peña sintió pasión por la danza y a pesar de los contratiempos familiares, fundamentalmente con su padre, persistió en su vocación, hasta alcanzar algunas de las metas propuestas como bailarín: primero lograr un espacio en el Ballet de la Ópera (luego conocido como Teatro Lírico); posteriormente, ser parte del Ballet Nacional de Cuba. En una larga y detallada secuencia, la actriz Ana Lidia Méndez relata cómo ese ascenso se vio interrumpido cuando el gobierno castrista lanza su azote contra la cultura bajo el término “parametrización”, por el cual fueron separados de sus trabajos por razones ideológicas, religiosas, “morales” (sin tomarse en cuenta las cualidades propias del artista) y a todo aquel que consideraran desafecto al régimen. Peña fue “parametrado”, es decir, castigado, por el Ballet Nacional de Cuba donde se desempeñaba como parte del cuerpo de baile, forzándolo a trabajar como bailarín en el centro nocturno Tropicana, algo que lo apartaba de la danza clásica.

Toda esta etapa cubana queda documentada con testimonios, opiniones e imágenes, del propio Peña, sus hermanos Alejandrina y Humberto, así como por el crítico de ballet Roger Salas.

La segunda y más productiva etapa en la vida de Pedro Pablo Peña comienza en 1980, cuando sale de Cuba durante el éxodo del Mariel y se establece en Miami. Su consagración la logra fuera de su país. En el documental Castanet recoge cómo se abrió paso en el exilio, primero con un pequeño espacio para dar clases, Creation Ballet, convertido en poco tiempo en un centro cultural, donde se podía ver teatro, presentar libros, exposiciones, incluso, donde se grabaron la última presentación pública del dramaturgo René Ariza poco antes de morir (esto se pasa por alto en el documental). Esta etapa llena de dificultades la cuenta la actriz Marta Velazco. Ese fue el primer escalón de Peña para su gran sueño, fundar para la ciudad que lo acogió, un festival de ballet. Sobre ese nuevo comienzo se refieren los bailarines Eriberto Jiménez, Lorena Feijoo y Karen Eva County, así como el periodista Javier Romero y el sonidista Guillermo Hernández. Todos coinciden en resaltar la pasión de Pedro Pablo Peña por las artes y en la manera de trabajar del coreógrafo.

Sin lugar a dudas, el bailarín Pedro Pablo Peña, devenido en coreógrafo, promotor cultural y sobre todo en el Director Artístico del Festival que creó, le imprimió un nuevo rostro a Miami a través del ballet promovido por un hispano, un cubano. Con tenacidad logró fundar el Festival Internacional de Ballet de Miami, y conseguir fondos públicos para remozar un caserón desvencijado hasta convertirlo en la Casa del Ballet, el Miami Hispanic Cultural Arts Center, hoy en día un sitio imprescindible para el desarrollo de la vida cultural de Miami.

Castanet deja para poco antes del final uno de los momentos culminantes de la carrera de Pedro Pablo Peña, la invitación que recibió para ser jurado del prestigioso premio Benois de la Danse, en la sede del Ballet Bolshoi, en Moscú. Las palabras del Peña expresan la emoción de ese momento: “Yo me senté como jurado en el gran teatro Bolshoi de Moscú, algo que creo que tuvo que ser muy fuerte para Cuba. Un chico que salió de Cuba siendo un bailarín expulsado de su país, de pronto se sienta a ser jurado del premio más importante de ballet del mundo. Eso me hizo sentir muy orgulloso”.

La amable euforia de la danza muestra parte del quehacer de Pedro Pablo Peña, un hombre que lo dio todo por su gran pasión: el ballet.

Parábola de Belén con los pastores

Víctima de una devastadora tragedia familiar, Belén Pérez deambula por las calles de La Habana, loca y vagabunda, alterando el estatus de modorra generalizada y desafiando al sistema que lo impone y lo supervisa incesantemente. Es en 1995, durante el llamado renacimiento de la fe religiosa entre los cubanos, luego de más de tres décadas de ateísmo institucionalizado. Belén y algunos otros enajenados, recorren las iglesias en busca de consuelo («para el estómago, ya que no hay para el alma»), mientras van desgranando ocurrencias que convierten a Parábola de Belén con los pastores en una aventura apasionante y divertida, y en un vehículo de sobrecogedoras revelaciones.

Fragmento de ‘La condesa sangrienta’, de Alejandra Pizarnik

“La condesa sangrienta”, de la entrañable poeta argentina Alejandra Pizarnik, cuenta la supuesta historia de crimen y sadismo llevada a cabo por Erzsébet Báthory, más conocida como la condesa sangrienta. En once breves capítulos, Pizarnik recrea algunos de aquellos sucesos que, según dice, tuvieron lugar en el castillo de Čachtice, en Transilvania. Con un singular acento lírico-narrativo, la poeta nos ofrece retazos de las torturas a la que Erzébet sometió a más de seiscientas jóvenes en su búsqueda de la eterna juventud. El texto que sigue es un fragmento de esta obra clave entre las compuestas por Pizarnik.

Torturas clásicas

Salvo algunas interferencias barrocas –tales como la “Virgen de hierro”, la muerte por agua o la jaula–, la condesa adhería a un estilo de torturar monótonamente clásico, que se podría resumir así:

Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes –su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años– y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un géiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante esa breve interrupción?). También los muros y el techo se teñían de rojo.

No siempre la dama permanecía ociosa en tanto los demás se afanaban y trabajaban en torno a ella. A veces colaboraba, y entonces, con gran ímpetu, arrancaba la carne –en los lugares más sensibles– mediante pequeñas pinzas de plata, hundía agujas, cortaba la piel de entre los dedos, aplicaba a las plantas de los pies cucharas y planchas enrojecidas al fuego, fustigaba (en el curso de un viaje ordenó que mantuvieran de pie a una muchacha que acababa de morir y continuó fustigándola aunque estaba muerta); también hizo morir a varias con agua helada (un invento de su hechicera Darvulia consistía en sumergir a una muchacha en agua fría y dejarla en remojo toda la noche). En fin, cuando se enfermaba las hacía traer a su lecho y las mordía.

Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su risa. (Resumo: el castillo medieval; la sala de torturas; las tiernas muchachas; las viejas y horrendas sirvientas; la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno.)

…sus últimas palabras, antes de deslizarse en el desfallecimiento concluyente, eran: “¡Más, todavía más, más fuerte!”

No siempre el día era inocente, la noche culpable. Sucedía que jóvenes costureras aportaban, durante las horas diurnas, vestidos para la condesa, y esto era ocasión de numerosas escenas de crueldad. Infaliblemente, Dorkó hallaba defectos en la confección de las prendas y seleccionaba a dos o tres culpables (en ese momento los ojos lóbregos de la condesa se ponían a relucir). Los castigos a las costureritas –y a las jóvenes sirvientas en general– admitían variantes. Si la condesa estaba en uno de sus excepcionales días de bondad, Dorkó se limitaba a desnudar a las culpables, que continuaban trabajando desnudas, bajo la mirada de la condesa, en los aposentos llenos de gatos negros. Las muchachas sobrellevaban con penoso asombro esta condena indolora pues nunca hubieran creído en su posibilidad real. Oscuramente, debían de sentirse terriblemente humilladas pues su desnudez las ingresaba en una suerte de tiempo animal realzado por la presencia “humana” de la condesa perfectamente vestida que las contemplaba. Esta escena me llevó a pensar en la Muerte –la de las viejas alegorías; la protagonista de la Danza de la Muerte. Desnudar es propio de la Muerte. También lo es la incesante contemplación de las criaturas por ella desposeídas. Pero hay más: el desfallecimiento sexual nos obliga a gestos y expresiones del morir (jadeos y estertores como de agonía; lamentos y quejidos arrancados por el paroxismo). Si el acto sexual implica una suerte de muerte, Erzsébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta como y donde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque ¿cómo ha de morir la Muerte?

Volvemos a las costureritas y a las sirvientas. Si Erzsébet amanecía irascible, no se conformaba con cuadros vivos, sino que:

A la que había robado una moneda le pagaba con la misma moneda… enrojecida al fuego, que la niña debía apretar dentro de su mano.

A la que había conversado mucho en horas de trabajo, la misma condesa le cosía la boca o, contrariamente, le abría la boca y tiraba hasta que los labios se desgarraban.

También empleaba el atizador, con el que quemaba, al azar, mejillas, senos, lenguas…

Cuando los castigos eran ejecutados en el aposento de Erzsébet, se hacía necesario, por la noche, esparcir grandes cantidades de ceniza en derredor del lecho para que la noble dama atravesara sin dificultad las vastas charcas de sangre.

Umap, a 55 años del horror

Los escritores Jorge Olivera y Félix Luis Viera en el Festival Vista

Al acercarse la fecha en que se cumplen 55 años de las tristemente célebres Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap), Puente a la Vista inicia una serie testimonial sobre aquel horror, a cargo de quien fuera confinado en aquellos campos de trabajo forzado, el escritor Félix Luis Viera.


Hace 55 años, en noviembre de 1965, fueron implantadas en Cuba, en las llanuras de la provincia de Camagüey, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap), aunque de militares nada tuvieran. En realidad, resultaban campos de trabajo forzado a los cuales fueron enviados jóvenes y no jóvenes (allí estaban aun de 40 años de edad o más) que no se avenían de alguna manera con el “proceso revolucionario”, “la nueva moral”, “el hombre nuevo” y esas quimeras entonces proclamadas por Fidel Castro y su grupo.

Todos eran inocentes.

Religiosos de diversas filiaciones, lumpens, borrachines, fiesteros habitantes de la madrugada, otros que habían tramitado el pasaporte con el propósito de, algún día, marcharse del país, “pasivos” ante el proceso revolucionario, etcétera.

Y homosexuales.

Dura ha resultado mi controversia con ciertas personas cuando he afirmado que los homosexuales, a quienes, entre otros, dedico la novela de mi autoría Un ciervo herido, que aborda el tema de las Umap y de la cual próximamente se publicarán varios capítulos en este mismo sitio, eran los más inocentes.

Mi razonamiento ha sido este. Los religiosos, lumpen, “dulce vida”, “apáticos al proceso”, lo eran con conocimiento de causa, por convicción, por decisión de sus cerebros, por voluntad propia.

Los homosexuales habían nacido así, eran así, no habían decidido su forma de ser ante una sociedad autoritaria, radical, “prístina”, según la teoría que intentaban establecer. Eran, entonces, los “menos culpables”, si bien allí, naturalmente, ningún confinado era culpable de algo ante la ley.

Mucho se ha hablado de las vejaciones, los maltratos, las crueldades de que fueron víctimas los “soldados” Umap. En años recientes, luego de más de medio siglo, se va conociendo la realidad gracias a algunos testimonios de quienes fueron llevados a las Umap, y de otras personas que en su momento recogieron testimonios de los hoy fallecidos.

Quisiera, en este caso, atenerme a una máxima del “genio tenebroso”, Joseph Fouché: Las Umap, “más que un crimen, fueron una equivocación”.

Según los datos, de buena fuente, que pude obtener cuando estuve en ese sitio, los “soldados” Umap eran 22 mil y los homosexuales representaban entre el 18 y el 20 por ciento (este último dato lo reconfiguré hace unos ocho años).

Bueno, sería justo que el régimen ofreciera, pasado ya tanto tiempo, disculpas por esta “equivocación”.

Pero no ha sido así. Al contrario, el hecho continúa silenciado; si ponemos aparte las declaraciones al respecto, en el extranjero, de Mariela Castro, hija del máximo dirigente del régimen existente en Cuba. Sus declaraciones han sido, en el mejor de los casos, sesgadas, relativas, viciadas.

Asimismo, en los últimos años, que yo sepa, han aparecido en los medios de divulgación autorizados en Cuba —todos en la nómina del gobierno— par de alusiones a las Umap.

La primera resultó del cardenal cubano Jaime Ortega (1936-2019) en una entrevista con la emisora radial matancera Radio 26, el 15 de agosto de 2014. En esta entrevista podemos constatar otra de las muestras de servilismo del fallecido ministro de Dios, la cual fue replicada por quien suscribe: “El cardenal Jaime Ortega,  las Umap y el mandato de Dios”; Cubaencuentro, 18-8-2014 (http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-cardenal-jaime-ortega-las-umap-y-el-mandato-de-dios-319838)

La otra referencia a las Umap, se debe a la pluma del doctor Rafael              Hernández, director de la revista cubana Temas.

Si bien Hernández, en una y otra línea de su texto, intenta minimizar o al menos atemperar el alcance político-social de la infamia que fueron las Umap, su artículo —“La hora de las Umap: notas para un tema de investigación”— (https://www.facebook.com/revistatemascuba/posts/1307448752613956/) resulta aceptablemente objetivo en algunas de sus exposiciones. Mi réplica a su texto apareció en Cubaencuentro  el 14-12-2015, “A 50 años de las Umap. A propósito del artículo de Rafael Hernández…” (https://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/a-50-de-las-umap-324327).

A mí me llevaron para las Umap en 1966, a los 20 años. Fui el “soldado” Umap Nro. 22, de la “compañía” 1, del “batallón” 23, de la “Agrupación” 6, con sede en el central azucarero Senado, subordinada a la Unidad Militar 1015 —esta, el Estado Mayor de las Umap, en la ciudad de Camagüey.

El viaje, en tren, duró dos días, del 18 al 20 de junio. Estos avatares resultan basamentos fundamentales de mi novela Un ciervo herido, que tiene como escenario un campamento Umap.

Puedo dar fe de que mis copadecientes, en uno y otro sitio en los que me recluyeron, eran buenas personas; ninguno había cometido delitos comunes y muchos de ellos eran trabajadores cumplidores, así como estudiantes.

La nobleza era algo que sobresalía en no pocos de los allí encerrados. Quisiera recordar, medio siglo después, a algunos de ellos.

Como yo vivía en Santa Clara, Las Villas, en los campamentos que me destinaron interactué con una buena parte de “soldados” Umap provenientes de la zona norte de aquella provincia; hombres muchos de ellos de pueblos de campo, o del campo neto.

Ellos, los campesinos, tenían ciertas ventajas sobre los citadinos: los más, por su trabajo diario en sus respectivas zonas de residencia, manejaban la guataca y el machete con sobrada ventaja en relación con los de la ciudad; ellos resistían mucho más.

No pocas veces, a escondidas, ayudaban a los inexpertos poblanos para cumplir la terrible Norma, que requería de sol a sol.

De aquella zona de Encrucijada, Calabazar de Sagua, Sagua, recuerdo a varios que dieron muestras de nobleza, personas totalmente candorosas a las cuales era un crimen, por decir algo, que se les retuviera allí. Buenos amigos como Enrique Rodríguez, Rubén Rodríguez, Bernia, el negro Bambán, Pinchaejubo, Alipio, Ricardo Martiní, Osvaldo de León del Busto, Manolito Valle, Luis San Germán, Lucas Santaya y otros muchos cuyas imágenes tengo en la memoria, pero no recuerdo sus nombres.

Me viene a la mente, de Placetas, Luis Estrada Bello, el número 8, un hombre fragilísimo, que no pesaba ni 100 libras. Era en verdad agónico verlo en el surco, dándole, dándole. O, de Cienfuegos, Jesús Soriano, a quien le faltaba casi todo un pulmón y debía darle igual al surco.

De Santa Clara, fue conmigo mi hermano Luis Becerra Prego, de 16 años de edad, entonces estudiante y joven ético como pocos. De la misma ciudad, recuerdo a Rigo, homosexual confeso (luego sería convicto), mecánico automotor; Eddy, también homosexual y laborioso trabajador en una cafetería; ambos rondaban los 40 años de edad, al igual que el Maestro, quien, declarado cocinero del campamento, pues al fin y al cabo nos ayudaba —no solo a sus amigos— con alguito más de comida siempre que le era posible.

Otro de los cocineros era Sergio, de los campos aledaños a Placetas, rubio, de unos 26 años de edad.

También de Santa Clara era Omar Rodríguez, Rodriguito, rijoso y añorante del ron, carencia que lo hacía sufrir.

Recuerdo, de Cabaiguán, a Eurípedes Ferrer Fernández, pelirrojo casi, alto, que apenas hablaba, como esos seres que saben purgar en silencio. Y lo que se dice, una persona decente, de sobrada ética.

Parecido a Eurípides era Jorge Blondín Iparraguirre, del central Washington, de 27 años de edad, evangelista, un hombre transparente, que destilaba bondad.

Cuando se llevaron a los homosexuales hacia otro sitio —muy tétrico, como ya he descrito en otros textos—, trasladaron para nuestro campamento a un grupo de habaneros. Entre otros, Pototo (cantaba constantemente la misma canción, “No me abandones”), Angeló, Jesusito Rodríguez, que pasaba de los 35 años, el negro Al Capone (fiel cliente de las celdas) y Ángel Zuviaur, un negro inmenso que una noche, para fugarse, me pidió unos zapatos de civil que yo escondía —teníamos él y yo la misma talla— y hasta hoy no lo he vuelto a ver.

Por los apodos de algunos, podríamos pensar que eran gente de mal vivir o algo así, pero solo resultaban tipos jodedores que gustaban de las fiestas y de estar en “onda” con las modas “extranjerizantes”.

Muchos otros rostros sin nombre, como decía, me vienen a la mente.

De los por siempre recordados, me llega Armando Suárez del Villar, destacado director teatral, considerado por muchos “un mito del teatro cubano” y radicado en Cienfuegos. Homosexual que demostró tener más cojones que cualquiera que no lo fuera cuando, con 31 años de edad, sus 6 pies y 4 pulgadas de estatura, con escoliosis y pies planos, se reventaba en el surco dándole y dándole sin parar, sin pedir piedad. Falleció en Cuba en 2012.

Quisiera nombrar al sargento mayor Héctor Hernández Hernández, de 28 años de edad, de El Vedado, La Habana, segundo jefe de la “compañía” Nro. 1. Un hombre bueno que dejaba pasar de lado algunas infracciones de los “soldados” Umap. Y que a mí, en una ocasión, con su silencio, me salvó de la debacle.

Y recordar al soldado de guarnición Luis Díaz Campanería, uno de los seres de más mala entraña que he conocido.

Debemos aclarar que los “exsoldados” Umap no pagaron su “culpa” cuando fueron liberados. El hecho de haber estado allí se convertiría en una cruz que deberían llevar por siempre. Un baldón para conseguir un mejor trabajo, un ascenso de cualquier tipo. Unos apestados. Es decir, para el régimen y muchas de sus organizaciones, los “exumap” continuaban siendo victimarios, unos tipos mierderos, pecadores, hijos de mala madre que habían sido confinados, para su reeducación, debido a su mal vivir. O sea, continuaban siendo victimarios, no víctimas. (Escribo “continuaban”, porque desconozco cómo anda este asunto hoy). El expediente Umap salía donde quiera que fuese el antes confinado a realizar alguna gestión; una mancha vitalicia.

Al romanticismo lo separa de la imbecilidad solo una pendejésima (según los neomatemáticos, la más pequeña unidad de medida existente).

Yo estuve casi seguro de que, con el tiempo, el régimen ofrecería excusas de aquella “equivocación”-crimen que se llevó a cabo de 1965 a 1968. Pero, por el contrario, como antes decía, allí se mantuvo y se mantiene, lacrado, el expediente de aquella lacra social, como gustaban llamarnos algunos oficiales.

Por aquellas fechas, yo empezaba a intentar con la creación literaria y —ya dije la diferencia entre el romanticismo y la imbecilidad—, me propuse que algún día escribiría la (mi) novela de las Umap. Y que, pensé, sería leída en una Cuba donde, entonces, el régimen estaría en forma, fuerte, con tanto bienestar conseguido para la sociedad, como para asimilar una obra crítica de su pasado.

De 1973 a 1995 escribí y publiqué varios libros de poemas, de cuentos, novelas.

Me seguía martillando en la mente, el corazón y dondequiera, aquella novela pendiente de escribir, tan cerca de mí, pero para la cual no hallaba el narrador adecuado. Por muchos artilugios de redacción que emplease, si no conseguía un narrador fuerte, original, con su contraparte o contrapartes iguales, no lograría más que una sucesión de capítulos tremebundos, una cadena con infinidad de eslabones trágicos… que aun como tales podrían aburrir a cualquier lector.

En México, en 1996, 30 años después de darle vueltas y vueltas, y claro, con más experiencia en el arte de escribir, me pareció que ya sabía cómo “hacerla”. Y así, durante cuatro años, escribí la que titulé Un ciervo herido, cuya primera edición es de 2002.

Así ha sido.

Eso es todo.

La lucidez del ‘loco’ Viera

Los escritores Rebeca Esther Ulloa, Félix Luis Viera y Ana Ortega en el III Festival Vista de Miami (2016)

Se puede estar de acuerdo con cada uno de los alcances que, en Cubaencuentro.com, citara Teresa Dovalpage en su magnífica reseña sobre Un loco sí puedela reciente novela de Félix Luis Viera que publicara Editorial Verbum. Con todos salvo con que esta obra supera la que para mí —que he leído prácticamente toda su narrativa— es la mejor novela del cubano: El corazón del rey.

Viera resulta eso que ciertos críticos llaman un “escritor de estilo”. O sea, que no solo el lenguaje significa uno de los decisivos componentes de sus historias, sino que este será explotado en sus más variadas posibilidades; léase la utilización de la metáfora en sentido general, el símil, la sinécdoque, la anáfora y en muy alta proporción la alusión, la hipérbole o la paradoja, ad infinitum.

Luego de releer la reseña de Dovalpage, creo que atino si asevero que ella se ha dejado llevar por este factor: el notable uso del lenguaje en Un loco sí puede, para opinar que es esta la novela más lograda de Viera. Me explico. En ninguna de las anteriores él emplea esta fórmula que lo identifica con tanta intensidad como en la que hoy comentamos. Estemos de acuerdo: Un loco sí puede, también en mi criterio es una novela sobresaliente, pero de ninguna manera se puede comparar con lo portentoso de El corazón del rey, que aun se podría definir como una narración con tintes de alguna epopeya de lo civil; de esos pesares, esos porqués y esos ´por qué no´ de los inicios de la revolución de Fidel Castro.

 

Ya concentrado en Un loco sí puede, no debemos hacer a un lado que en ella el cubano vuelve, como en otras de sus obras narrativas, por el camino de la picaresca. Indudablemente encontramos en esta obra un aire picaresco, desde el cual nos llega gracia en resumen total, merced al oficio de un escritor que ha hecho de la velocidad, el uso del lenguaje que antes citábamos —un lenguaje que sin echar a un lado la sazón cubana resulta legible para un lector “extraño”— y de la libertad, armas eficaces para configurar obras que se leen con fruición.

El narrador protagonista, cuyo nombre nunca sabremos, es nacido y criado en un barrio pobre llamado las Chinches Perdidas, ubicado en una ciudad —se infiere que de mediana población, así que no es La Habana— cuyo nombre tampoco sabremos pero sí conoceremos que se registra en la Cuba de 1950 y 1960.

Criado en un arrabal hostil a toda aspiración intelectual o de elevación espiritual, el narrador protagonista, quien al parecer quedó —¿medio?, ¿un poco?, ¿totalmente?, ¿nada?—  loco, luego de un fuerte golpe que recibe de su padre, tiene momentos de lucidez, de agudeza crítica, que se combinan con otros de desvaríos a veces tendenciosos.

En este cuadro de costumbres —en ocasiones malas costumbres— de la Cuba de las décadas ya señaladas podemos conocer a diversos personajes muy particulares, coloridos, vulgares o sublimes: la hermana del narrador, “esa puta de batallón”; la madre (quien también “putea” hasta con el cobrador de la luz) y el padre (una auténtica bestia), personajes de indiscutible fuerza dramática; la voluptuosa psicóloga Leticia, protectora del narrador; y el Caballo, “un psiquiatra cuya sonrisa era capaz de curar solo de mostrarla”.

Otro aspecto a considerar en Un loco sí puede es la habilidad y la economía de recursos que Viera consigue a la hora de describir. Ejemplos podrían ser cuando el narrador se despide de su barrio las Chinches Perdidas o cuando él y Leticia deben asistir al velorio de un amigo muerto o igualmente cuando se describen “los últimos carnavales con disfraces de la isla de Cuba”.

En lo que podríamos definir como una suerte de “antropología empírica”, tenemos esas supuestas digresiones sobre el tema que el “loquito” le hace llegar al psiquiatra.

“Pues por lo menos observe, póngase a observar las bembas de esas negras y mulatas anegradas: resultan una conjunción de la lujuria tropical y el remanso de los guerreros de las nieves, bocas como para dormir en ellas luego del desleche mutuo, compañero psiquiatra. Observe y estará de acuerdo con que esos signos, como han escrito algunos genetistas y cabrones por mí leídos, no son otra cosa que el anuncio de un animal superior, sí, eso es, mijo, de una hembra superior capacitada para sacarle el cuero a un rinoceronte”.

Como ya nos tiene acostumbrados este novelista, el sexo es otro de los condimentos que se cuece en Un loco sí puede. El sexo in situ diríamos y el sexo como especulación que incluye el onanismo y el “podría ser”, un elemento que proporciona la hipérbole como recurso, lo que antes señalábamos.

“Esa enfermera pizpireta, paticoja de nacimiento, según se sabía, que en ocasiones al caminar lo hacía con movimientos tales que pareciera iba conteniendo a duras penas sus jugos vaginales”.

El humor, otra de los aciertos de Viera para sus narraciones, lo encontramos con constancia en esta obra. Pero yo afirmaría que viene a ser un humor que posee algo de solemnidad, o de tristeza acaso.

“Y escúcheme, psiquilín: otro logro creo muy importante de ustedes los hacedores de la revolución socialista y comunista es haber vuelto loca a tanta gente. ¿Ah sí? ¿Sí? Hummm… Ah…, no me diga…, bueno, si usted lo afirma… Así que ya venían locos desde antes y la revolución, magnánima, les ha dado techo y dignidad y comida y ropa, ropa de loco, ¿no?, ocá, comprendo… Verigüel… ¿Y cuándo ellos en su vida marginal de locos o no locos habrían soñado con ver la televisión…, en admirar el noticiero con mi Comandante en Jefe en un televisor japonés último modelo? ¡Nunca, cabrones! Les dije en mi alegato cuando ese par de negroides verdugos, amenazaron con transmutarme en salchicha. No, no, no, qué va, no se lo crea, mi avecita nívea, en contra de ella ahora también le digo lo mío, chivatería aparte, porque ya voy ponderando que en esta isla leninista, mi hermano, si uno no chivatea, pierde”.

Señalo un par entre los mejores capítulos de Un loco sí puede. El ya citado acerca del “último carnaval con disfraces de la isla de Cuba”; y el que asume el “cambio de moneda”, algo, nos enteramos ahora, que ocurrió a principios de la revolución de Fidel Castro, cuando el gobierno trocó en billetes y monedas nuevas los que hasta entonces existían, con el fin al parecer de inaugurar una nueva era de modo general. El cierre de este capítulo, sorpresivo, resulta estremecedor.

Luego de no pocas e intensas vueltas en el argumento que nos hacen pensar en un final predeterminado, nos topamos con un término sorprendente que consigue que la historia cierre con verdadera intensidad dramática, como debe ocurrir con toda novela picaresca que se respete.

Es claro que en esta especie de comedia bufa hay una crítica severa e ingeniosa a la revolución cubana, a la utopía que se convirtió en distopía y que parece eternizarse constituyendo uno de los más sorprendentes enigmas de la historia contemporánea.

Anímense a leer esta novela. Les aseguro que no se arrepentirán.

Son 175 páginas. Editorial Verbum

http://www.mistercolombias.blogspot.com

Un cuento zen

Este relato, Un cuento zen, del gran J. D. Salinger, aparece en su magistral Levantad carpinteros la viga maestra, donde Seymour Glass, el conocido personaje de Salinger, se lo lee a su hermana Fanny.

Un cuento zen

El duque Mu de Chin dijo a Po Lo: “Ya estás cargado de años. ¿Hay algún miembro de tu familia a quien pueda encomendarle que me busque caballos?”. Po Lo respondió: “Un buen caballo puede ser elegido por su estructura general y su apariencia. Pero el mejor caballo, el que no levanta polvo ni deja huellas, es en cierto modo evanescente y fugaz, esquivo como el aire sutil. El talento de mis hijos es de nivel inferior, cuando ven caballos, pueden señalar a uno bueno, pero no al mejor. No obstante, tengo un amigo, un tal Chiu-Fang Kao, vendedor de vegetales y combustible, que en cosas de caballos no es en modo alguno inferior a mí. Te ruego que lo veas”. El duque Mu así lo hizo y después lo envió en busca de un corcel. Tres meses más tarde volvió con la noticia de que había encontrado uno. “Ahora está en Sach´iu”, añadió. “¿Qué clase de caballo es?”, preguntó el duque. “Oh, es una yegua baya”, fue la respuesta. Pero alguien fue a buscarlo y el animal resultó ser un padrillo renegrido.

Muy disgustado, el duque mandó a buscar a Po Lo. “Ese amigo tuyo a quien le encargué que me buscara un caballo, se ha hecho a un buen lío. Ni siquiera sabe distinguir el color o el sexo de un animal. ¿Qué diablos puede saber de caballos?” Po Lo lanzó un profundo suspiro de satisfacción. “¿Ha llegado realmente tan lejos? –exclamó-. Ah, entonces vale diez mil veces más que yo. No hay comparación entre nosotros. Lo que Kao tiene en cuenta es el mecanismo espiritual. Se asegura de lo esencial y olvida los detalles triviales; atento a las cualidades interiores, pierde de vista las exteriores. Ve lo que quiere ver y no lo que no quiere ver. Mira las cosas que debe mirar y descuida las que no es necesario mirar. Kao es un juez tan perspicaz en materia de caballos, que puede juzgar de algo más que de caballos”.

Cuando el caballo llegó, resultó ser un animal superior.

De la inexistencia de Díaz Canel a la presidencia de Pepito

Díaz Canel por aquí… Díaz Canel por allá… señoras y señores, ¡Díaz Canel no existe! Acaben de enterarse por Dios.

Uno de los grandes problemas de los cubanos, y lo digo con el mayor respeto y la más elocuente humildad –mis disculpas de antemano si alguien se siente aludido–, es que se lo toman todo en serio. Les dan pollo por pesca’o y se lo toman en serio. «Informan» que en Estados Unidos escasea la carne y se lo toman en serio. Aparece un faquir bailando sobre un clavo ardiendo y se lo toman en serio. Les dicen que son el pueblo elegido, tan ocurrentes y divertidos –y que solo hay 80 muertos por coronavirus en Cuba, etc., etc., etc.–, y se lo toman en serio. Por eso ya van por 62 años de dictadura, por haberse tomado tan en serio desde el principio, empezando por aquello de «el cielo más azul» y «la tierra más hermosa que ojos humanos vieron».

Ya sáquenle el pie a Díaz Canel… ¡en Cuba el presidente es Pepito!

‘Pensando en Cuba’, la obra de Yasser Castellanos en presentación virtual

El Movimiento San Isidro invita a una segunda edición de su serie de eventos virtuales: ‘Pensando en Cuba’, un repaso a la obra del artista independiente Yasser Castellanos.

El evento será transmitido desde La Habana, en Instagram, el próximo viernes 22 de mayo a partir de las 4:30 p.m., hora de Cuba, en las cuentas @yassercastellanos y @luismanueloteroalcantara

La serie arrancó la pasada semana con una galería de la obra de Luis Manuel Otero Alcántara: ‘Los hijos que Saturno no se comió’.

Otero Alcántara «definió este espacio online como un territorio para expandir la creatividad y desmarcarla de fijezas acostumbradas, sobre todo en un contexto como el cubano, donde en tiempos de pandemia, debido al control y encierro ciudadano, puede llegar a ejercerse con más fuerza la censura sobre la libertad de expresión», explicó Linet Cums en el portal independiente Rialta.

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