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Citas e interrogantes en tiempos de coronavirus (VI)

En tiempos de coronavirus la interacción cultural es poca… y la documenta Interactivo:

“El fantasma del coronavirus recorre todas las editoriales. Su sombra, casi siempre alargada, amenaza con copar el mercado de las próximas novedades, bien a través de diarios o de ensayos (sobre todo). Pero también muchos editores consultados confían en un repunte de las novelas, de la literatura como evasión”. Manuel Llorente en El Mundo

“Nada es ajeno a la moda ni a las industrias de la representación. La estética de la pandemia tuvo durante las primeras semanas un icono indudable, la mascarilla, que ya ha entrado en la lógica del diseño y de la producción de accesorios. Pero durante las semanas de encierro son las aplicaciones de videoconferencias y reuniones virtuales las que han proporcionado los símbolos visuales más reconocibles de la profunda alteración social que ha supuesto la COVID-19. Representan perfectamente cómo los gobiernos, las empresas, la educación o el ocio siguen en activo pese a los respectivos confinamientos”. Jorge Carrión en The New York Times

 

“Creadores que necesitan ayuda, aquí hay una página que está recibiendo solicitudes y recaudando fondos para entregar a los artistas en USA” en tiempos de coronavirus, señala el performer y poeta Luis Eligio de Omni en Facebook.

Mientras, en Cuba, el Movimiento San Isidro inició este jueves transmisiones en vivo en Instagram y Facebook desde La Habana, con una galería de la obra del artista visual Luis Manuel Otero Alcántara: “Los hijos que Saturno no se comió”.  

 

Marcel Schwob

Marcel Schwob

Marcel Schwob es uno de los grandes escritores franceses, autor de relatos y ensayos verdaderamente geniales. Borges lo veneraba. Murió muy joven, con 38 años. Había nacido en 1867 y murió en 1905. Aunque no es demasiado conocido entre los cubanos, uno de sus libros, Vidas imaginarias, fue publicado en Cuba por la editorial Cocuyo. Este relato, “Los señores Burke y Hare: Asesinos”, es una obra maestra, sobre todo por su exquisito sentido del humor.

Los señores Burke y Hare: asesinos

El señor William Burke ascendió desde la más baja condición hasta una eterna celebridad. Nació en Irlanda y empezó como zapatero. Durante varios años ejerció este oficio en Edimburgo, donde trabó amistad con el señor Hare, sobre quien ejerció gran influencia. Dentro de la colaboración de los señores Burke y Hare, no hay duda alguna de que el poder de invención y simplificación perteneció al señor Burke. Sin embargo, sus nombres han permanecido inseparables en el arte, como los de Beaumont y Fletcher juntos vivieron, juntos trabajaron y juntos fueron presos. El señor Hare nunca protestó contra la popularidad con que particularmente se distinguió a la persona del señor Burke: desinterés tan cabal no tuvo su recompensa. Fue el señor Burke quien legó su nombre al procedimiento especial que honró a ambos colaboradores. El monosílabo Burke ha de vivir aún mucho tiempo en boca de los hombres, cuando ya la persona de Hare haya desaparecido en el olvido que injustamente se abate sobre los oscuros trabajadores.

El señor Burke parece haber otorgado a su obra la fantasía mágica de la verde isla en que nació. Su alma debió haberse impregnado de los relatos del folclor. Hay en lo que hizo algo como un lejano resabio de Las mil y una noches. Similar al califa errante a lo largo de los jardines nocturnos de Bagdad, deseó misteriosas aventuras, curioso como era de relatos desconocidos y personas extrañas. Similar al gran esclavo negro armado de una pesada cimitarra, no encontró conclusión más digna para su voluptuosidad que la muerte de los demás. Pero su originalidad anglosajona consistió en haber logrado sacar el más práctico partido de su errabunda imaginación de celta. ¿Qué hacía el esclavo negro, díganme -cumplido ya su gozo artístico-, con aquellos a los que les había cortado la cabeza? Con una barbarie muy árabe, los descuartizaba a fin de conservarlos, salados, en un sótano. ¿Qué beneficio sacaba? Ninguno. El señor Burke fue infinitamente superior.

De alguna manera, el señor Hare le sirvió de Dinazarda. Al parecer, el poder de invención del señor Burke hubo de sentirse especialmente excitado por la presencia de su amigo. La ilusión de sus sueños les permitió valerse de una buhardilla para alojar en ella magníficas visiones. El señor Hare vivía en un cuartito ubicado en el sexto piso de una casa muy alta y muy poblada de Edimburgo. Un canapé, un cajón y sin duda algunos utensilios de tocador componían casi todo su mobiliario. Sobre una mesita, una botella de whisky con tres vasos. Era norma que el señor Burke no recibiera más de una persona por vez: nunca la misma. Característica suya era invitar, al caer la noche, a un transeúnte desconocido. Vagaba por las calles para examinar los rostros que suscitaban su curiosidad. A veces escogía al azar. Se dirigía al extraño con toda la cortesía que habría puesto Harún-al-Raschid. El extraño subía los seis pisos del caserón del señor Hare. Le cedían el canapé y le ofrecían whisky de Escocia. El señor Burke lo interrogaba acerca de los sucesos más sorprendentes de su existencia. ¡Qué insaciable oyente era el señor Burke! Al despuntar el día, siempre el señor Hare interrumpía el relato. La forma de interrupción del señor Hare era invariablemente la misma, y muy imperativa. Tenía el señor Hare, a fin de interrumpir el relato, la costumbre de ubicarse detrás del canapé y aplicar ambas manos sobre la boca del narrador. En ese mismo momento, el señor Burke se sentaba sobre el pecho de éste. Ambos, en esa posición, soñaban inmóviles con el final de la historia que jamás oían. De esta manera, los señores Burke y Hare concluyeron un gran número de historias que el mundo no conocerá.

Cuando el cuento había sido, junto con el aliento del narrador, definitivamente detenido, los señores Burke y Hare exploraban el misterio. Desvestían al desconocido, admiraban sus joyas, contaban su dinero y leían sus cartas. Algunas correspondencias no carecían de interés. Luego ponían el cuerpo en el cajón del señor Hare, para que se enfriara. Y en este punto el señor Burke mostraba la fuerza práctica de su espíritu.

Era importante que el cadáver se mantuviese fresco, pero no tibio, a fin de poder utilizar hasta el último residuo del placer de la aventura.

En aquellos primeros años del siglo, los médicos estudiaban con pasión la anatomía, pero pasaban por muchas dificultades a causa de los principios de la religión antes de procurarse sujetos para disecar. El señor Burke, de esclarecido espíritu, había advertido esa laguna de la ciencia. No se sabe cómo se relacionó con el doctor Knox, un venerable y sabio experto que enseñaba en la Facultad de Edimburgo. Quizás el señor Burke había seguido cursos públicos, aun cuando su imaginación debió inclinarlo, más bien, hacia los gustos artísticos. Pero es seguro que le prometió al doctor Knox ayudarlo como mejor pudiera. Por su parte, el doctor Knox se comprometió a pagarle por sus esfuerzos. La tarifa disminuía desde los cuerpos de gente joven hasta los cuerpos de ancianos. Éstos le interesaban muy poco al doctor Knox -era también la opinión del señor Burke-, pues comúnmente tenían menos imaginación. El doctor Knox se hizo célebre entre todos sus colegas por virtud de su ciencia anatómica. Los señores Burke y Hare se beneficiaron con la vida como grandes apasionados. Indudablemente conviene situar en esa época el período clásico de su existencia.

Pues el genio omnipotente del señor Burke muy pronto lo arrastró lejos de las normas y reglas de aquella tragedia en la que siempre había un relato y un confidente. El señor Burke evolucionó completamente solo (sería pueril invocar la influencia del señor Hare) hacia una especie de romanticismo. Como ya no le bastaba el decorado de la buhardilla del señor Hare, inventó el procedimiento nocturno en medio de la niebla. Los incontables imitadores del señor Burke han empañado un poco la originalidad de su estilo. He aquí la verdadera tradición del maestro.

La fecunda imaginación del señor Burke se había hartado de los relatos eternamente parecidos de la experiencia humana. Nunca el resultado había respondido a su expectación. De allí vino a no interesarse más que en el aspecto real, para él siempre variado, de la muerte. Localizó todo el drama en el desenlace. La calidad de los actores ya no le importó. Los moldeó al azar. El único accesorio del teatro del señor Burke fue una máscara de tela empapada en resina. En las noches de bruma, el señor Burke salía con la máscara en la mano. Lo acompañaba el señor Hare. El señor Burke aguardaba al primer transeúnte y echaba a andar delante de él; luego, volviéndose, le aplicaba sobre el rostro la máscara de resina, súbita y firmemente. Al instante, los señores Burke y Hare se apoderaban, cada uno de un lado, de los brazos del actor. La máscara de tela empapada en resina ofrecía la genial simplificación de ahogar al mismo tiempo los gritos y el aliento. Además, era trágica: la niebla esfumaba los gestos del papel. Algunos actores parecían hacer la pantomima de la borrachera. Terminada la escena, los señores Burke y Hare tomaban un cabriolé y desarmaban el personaje; en tanto el señor Hare vigilaba sus ropas, el señor Burke subía un cadáver fresco y limpio a casa del doctor Knox.

Aquí es cuando, en desacuerdo con la mayoría de los biógrafos, he de dejar a los señores Burke y Hare en medio de su nimbo de gloria. ¿Por qué destruir un efecto artístico tan hermoso llevándolos lánguidamente hasta el final de su carrera y revelando sus desfallecimientos y sus decepciones? Sólo hay que verlos allí, con su máscara en la mano, errantes en las noches de niebla. Pues el fin de su vida fue vulgar y similar a tantos otros. Al parecer, uno de ellos fue colgado, y el doctor Knox debió alejarse de la Facultad de Edimburgo. El señor Burke no ha dejado otras obras.

Intertextual: José Martí en Ángel Escobar

Ángel Escobar (cortesía Isliada.org)

2020 marca el XXIII aniversario de la muerte de Ángel Escobar, uno de los poetas más importantes del siglo XX en Cuba y probablemente uno de los pocos relevantes formados a la sombra del socialismo real. Escobar nació en Guantánamo el 3 de marzo de 1957 y se suicidó en La Habana en febrero de 1997, lanzándose al vacío.

No sólo fue Ángel Escobar un poeta diferente sino que, como afirma Francisco Morán, su obra contiene “una de las lecturas más amargas que de la utopía revolucionaria se hayan producido en Cuba”. Entre sus libros publicados figuran los poemarios Viejas palabras de uso (1977), Epílogo famoso (1985), La vía pública (1987), Abuso de confianza (publicado durante su estancia en Santiago de Chile, en 1992), Cuéntame lo que me pasa (1992) y Cuando salí de La Habana (1997).

En Paráfrasis sencilla, Escobar interactúa con los Versos sencillos de José Martí:

Yo pienso, cuando me aterro,

como un Escobar sencillo,

en aquel blanco cuchillo

que me matará: soy negro.

Rojo, como en el desierto,

salió el sol al horizonte:

y alumbró a Escobar, ya muerto,

colgado, ausencia del monte.

Un niño me vio: tembló

de pasión por los que gimen:

y, ante mi muerte, juró

lavar con su vida el crimen.

Participa en el Primer Premio de Poesía Intertextual José Martí, con base en los Versos sencillos:

Movimiento San Isidro, comunicado oficial en tiempos de coronavirus

En tiempos tan complejos, de enfermedad y muerte, queremos expresar nuestros mayores deseos de salud y bienestar para toda la población. Así como también nuestras más sentidas condolencias hacia quienes han perdido a sus seres queridos. Nuestro pensamiento está con ustedes.

Desde que la pandemia generada por el Covid-19 llegara a suelo cubano, los miembros de esta organización hemos sido consecuentes con las medidas de aislamiento y otras restricciones impuestas, entendiendo que obedecían a una lógica para salvaguardar la salud pública y las vidas de la ciudadanía.

Sin embargo, hemos observado cómo el gobierno y sus órganos opresivos, amparándose en la excepcionalidad sanitaria, han aumentado la represión social, el despotismo en el trato policial y los abusos, cometiendo innumerables violaciones a los derechos humanos. De manera que bajo un supuesto resguardo a la colectividad se le expone a mayores agravios en medio de una situación en extremo delicada.

Multas, amenazas, detenciones arbitrarias, hostigamientos y acoso, secuestros, estigmatización, obstaculización del acceso a la información, ciberataques, remoción de contenidos en línea y censura, agresiones físicas y psicológicas, violencia sexual policial, actos de repudio, juicios políticos y juicios ejemplarizantes televisados, utilización de leyes y decretos arbitrarios que aniquilan la libertad de expresión, son el contexto que diariamente enfrentamos.

El viernes 1ro de mayo de 2020, fue detenido arbitrariamente Enix Berrio Sarda, intelectual cubano, jurista y economista, asesor y consultor jurídico del Movimiento San Isidro. El único motivo fue llevar una solicitud a la Asamblea Nacional del Poder Popular, derecho de petición establecido en la constitución vigente, cuestionando el contenido y alcance del Decreto Ley 370, usado para intimidar y sancionar con altísimas multas a quienes se suman a un esfuerzo común publicando en plataformas como Facebook, Instagram y/o Twiter la realidad durante la pandemia. Enix Berrio fue liberado 50 horas después. Su innecesario e ilegal confinamiento constituyen una violación a sus derechos humanos y una exposición a su salud y a su vida en una grave situación sanitaria.

Denunciamos estos hechos cometidos contra de Enix Berrios, los que lamentablemente están siendo cometidos en contra de más cubanas y cubanos. Por ello hacemos un llamado urgente a las organizaciones internacionales de protección y defensa de los derechos humanos, a los gobiernos democráticos y a los organismos multilaterales que promueven la democracia y el Estado de Derecho para que, a través de los medios conducentes, requieran de las autoridades del gobierno cubano el respeto a los derechos humanos y su correspondiente accionar ante el Covid-19.

La sociedad civil independiente cubana lucha por defender las libertades individuales y los derechos humanos. Activistas del campesinado, mujeres, periodistas, artistas, partidos políticos de oposición, juristas, influenciadores, han denunciado y exigido cambios estructurales, legales, políticos y económicos que garanticen el respeto a la disidencia e impulsen al país a salir de la miseria.

Cultura y libertad.

Movimiento San Isidro.


Artículo 53. Todas las personas tienen derecho a solicitar y recibir del Estado información veraz, objetiva y oportuna, y a acceder a la que se genere en los órganos del Estado y entidades, conforme a las regulaciones establecidas.
Artículo 61. Las personas tienen derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades, las que están obligadas a tramitarlas y dar las respuestas oportunas, pertinentes y fundamentadas en el plazo y según el procedimiento establecido en la ley.

Gayol y un ensayo ejemplar sobre el cubano y el castrismo

Los escritores Manuel Gayol e Ismael Sambra en el Festival Vista de Miami

 El cubano es un ser diverso y de extremos, por ello se fragmenta tanto. Entre sus límites asimismo tiene sus matices, que van desde impulsos de violencia, intolerancia y oportunismo, hasta mostrar una gran inteligencia y creatividad, un gran caudal de bondad y el interés por servir a los demás. […] por naturaleza, es un ser imaginativo y paradójico y, aunque a veces acumula resentimientos, también guarda el fuego del amor, de la poesía y de la música…

Manuel Gayol Mecías

 

La cita de arriba —tomada del introito del volumen de ensayos mencionado en el título—, ya de entrada, sugiere al lector uno de los méritos del apreciable volumen que puede asustar al prejuiciado «lector-hembra» (sic. Julio Cortázar) por las trescientas noventa y una páginas de intensa (y amena) lectura; mas no al inteligente y esforzado que prefiere la difícil por estimulante (dixit Lezama Lima) y, en consecuencia, más provechosa, porque obliga al proceso de pensar y profundizar en temas que, no pocas veces, los cubanos creemos conocer o, mejor, saber, tal nos sucede en diversas ocasiones de nuestra vida por ser como somos: «cubanos que nos la sabemos todas…».

En el valioso análisis de este singular volumen —publicado en edición conjunta con su Casa Editorial Palabra Abierta y Neo Club Ediciones, a cargo del escritor Armando Añel, con acertada cubierta de Ángel Marrero—, en el que laborara una década, tal confiesa en su prólogo, Manuel Gayol Mecías evidencia su amor por esa porción de tierra denominada, por descubridores, estudiosos e historiadores, en épocas distintas y distantes, con varias connotaciones: La Siempre Fiel Isla de Cuba, La Llave del Golfo, La Perla de las Antillas…

Y ese amor a Cuba se atisba en el también narrador y poeta, al que conocemos y apreciamos, desde los ya lejanos ‘70s, mi esposa Mayra del Carmen Hernández Menéndez y yo, cuando los tres estudiamos y nos graduamos de Licenciatura en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de La Habana con otros colegas, hoy también residentes en Miami.

Dedicado «A los cubanos de buena voluntad, para que sepan que Cuba no ha sido una Isla inventada de un cuento, sino el sueño inquietante de una ilusión», 1959. Cuba, el ser diverso y la isla imaginada es asimismo el atendible resultado de una rigurosa labor investigativa por dilucidar ‘las tentativas del hombre infinito’ que creemos ser los cubanos, quienes conforman (conformamos) pueblo y nacionalidad desde siglos atrás pero que, desde el fatídico 1959, iniciaríamos la dispersión-emigración por el «mundo, vasto mundo», por decirlo con el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade.

Sí, nosotros todos: cubanos, inmigrantes sin remedio que —desde entonces y no sé, ni sabe nadie, hasta cuándo, seguimos (¿y seguiremos?) dispersos por «el mundo ancho y ajeno» (dixit Ciro Alegría)— durante décadas nos hemos preguntado (y continuamos haciéndolo): ¿por qué somos así, qué nos ha unido y separado, qué buscamos en el universo?, entre otras múltiples interrogantes como las que apunta el autor en el prólogo: ¿de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos?

Es cierto que, por nuestro autodimensionado ego, nos creemos el ombligo del orbe: por ello, me valgo de la pregunta formulada por la escritora norteamericana Diane Ackerman: «¿Dónde termina el yo y empieza el mundo?», en su infaltable libro Magia y misterio de la mente. La maravillosa alquimia del cerebro, brillante recorrido divulgativo sobre el funcionamiento del cerebro humano, escrito con sugerente prosa a ratos poética que recomiendo a todos los lectores.

Ya en su prólogo, Gayol abre el diapasón de su afán dilucidador cuando afirma sobre «nuestra indefinida cubanidad» que «es indefinida por algunas razones que a veces pasamos por alto, y ha sido así por lo inmersos que hemos estado en el asombro de esas virtudes que siempre nos identifican».

Y es aquí donde entra a indagar —con hondura no común, apoyándose en puntuales fuentes y un vasto aparato crítico de valía— en el acápite: «¿cuáles son nuestros defectos y las principales connotaciones que hacen una imagen más justa de nosotros mismos, pues […] la imagen es el significante del significado que debemos ser».

De ningún modo complaciente —como ha sido y es la grave ausencia del país y la salvaje nostalgia que entraña para la mayoría de los cubanos del exilio en Miami y en diversos países y continentes—, Gayol no evita «hablar de nuestros defectos (en esencia, de lo que más trata este libro»), lo cual es, por cierto, una de sus virtudes esenciales. Por ello, de ningún modo obvia que, hasta fines de 1958, Cuba fue, a no dudarlo, «un referente (en la buena economía, el desarrollo social y la connotación histórica) para otros países».

Mas, a partir del año siguiente, aquella breve etapa ¿irreal? se tornaría lo más opuesta, pues en el país sobrevendría «una devastadora avalancha de empobrecimiento», a pesar de que «la […] Revolución cubana siempre se ha autoproclamado, desde su inicio, como un referente de avanzada […] cuando en verdad», justo desde 1959, «la Isla ha pasado a ser un referente de pobreza en todo sentido».

De tal suerte, gracias en parte a su ubicación geográfica entre las dos Américas y a sus no pocos ¿atributos? históricos, la antes sobresaliente Cuba hoy es, contrariamente, un «modelo de aculturación» por la devastación sufrida durante seis décadas, en las que no solo fue perdiendo su rico legado artístico-literario sino que echó por la borda el notable desarrollo socioeconómico logrado hasta 1958 en diversos acápites, por el que sobresalía en una singular tríada, integrada además por Uruguay y Argentina.

Por estas y otras características, los nacidos en la Isla tienen (tenemos) el ego y el superego harto altos (y no es un juego de palabras), quizás por la fusión no solo tripartita que conforma nuestra complicada identidad, hispana, africana y china, cuya aleación no olvidamos integran otras ¿pequeñas? migraciones adyacentes que llegarían a Cuba huyendo de las guerras en sus países o buscando nuevas posibilidades de sobrevivencia en la hasta 1958 mítica Isla.

Justamente, tan complicada mezcla multirracial, generaría un atavismo que —tal subraya en su «Introducción (De la seriedad intuitiva y otras inflexiones»):

podría haber sido gestado, en sus principios, por una fusión genética no muy complementaria […] donde el acoplamiento de unos y otros genes haya creado intermitencias de rechazo y aceptación. Todo esto pudo haber conformado un ego altamente problemático en cuanto a la estabilización o no de los egos racional e irracional. Características [de] una identidad intranquila, inestable, que ha venido evolucionando y […] negativa, que ha venido involucionando en distintas etapas históricas de nuestro surgimiento como criollos; quiero decir, como lo que se ha dado en llamar «cubano».         

Para tocar fondo, Gayol se introduce en la rica y compleja idiosincrasia de los cubanos, quienes, sin duda, somos harto autosuficientes, al punto de que, en los años noventa, un teatristamigo rioplatense de visita en La Habana me dijo que nosotros somos tan parecidos a ellos que en la patria de Borges y Gardel, Cortázar y Piazzolla nos denominan «los argentinos del Caribe». Y nunca olvidaría su agudo/divertido comentario, al punto de que cuando lo repetí a colegas y coterráneos suyos, también amigos teatristas, residentes en Miami, rieron de buena gana y me preguntaron: «Che, decime, ¿quién fue ese argentino tan bárbaro? El tipo es genial».

De regreso al tema de la compleja identidad de los cubanos, coincido con Gayol, pues he pensado y pienso que esa tendencia de la que habla la podríamos desarrollar todos, y que como pueblo:

[…] pudiéramos tener la tendencia a la bipolaridad, enfermedad posiblemente endémica que se habría acentuado no solo por el […] aislamiento que acompaña a todo isleño, sino también por la filial y bélica relación tan estrecha que tuvimos con España, después con África y posteriormente […], con Estados Unidos; algo así como que […] padecemos un complejo de inferioridad que pudiera ser sustituido con frecuencia por un supuesto o artificial estado mental de superioridad.        

En fin, hay que reconocer que padecemos «esa frustración de ser isleños y [creernos] habitantes de un continente, sin contar que […] un buen número de intelectuales ha sugerido el deseo imaginado de que Cuba sea el mundo».

Mas Gayol no olvida la vivisección de la obligada [i]rrealidad impuesta por el castrismo, a lo largo de más de seis décadas de vejamen, abuso, prisión/crimen/paredón, atropello, hambre, incivilidad, pérdida de valores, mitomanía del tirano y más, a que fue y es ¡aun! sometido el cubano de la otra orilla, porque en esta, el de La Florida, específicamente en Miami, vive una existencia con derechos humanos, civiles y demás oportunidades del capitalismo que tanto odiara/envidiara el canallasesino Fidel Castro, quien —con su hermano y la cúpula de su sangrienta tiranía—, desde su arribo al poder, con engaños y traiciones, iniciaría una larga cadena de asesinatos y fusilamientos ni por pienso comparada con la que el desgobierno de la Isla acusara al régimen militar de Augusto Pinochet, por citar el ¿clásico? ejemplo, cuando, en verdad, tal demuestra la real historia de nuestro continente, el castrismo supera con miles de muertos al gobierno militar del país austral.

[Y ya que lo menciono, leamos algo de la vida del odiado oficial militar, quien —tan diferente del falsario comandante sin batallas y sangriento tirano cubano— ganaría sus méritos y descollaría como escritor con la publicación de cerca de diez libros. Augusto Pinochet (Valparaíso, 25 de noviembre de 1915-Santiago de Chile, 10 de diciembre de 2006) fue un militar que mereció el grado de Comandante en Jefe del Ejército y presidió la Junta Militar del Gobierno establecida tras el derrocamiento del gobierno comunista de Allende (aupado por la cúpula castrista). Presidente de la República (17 de diciembre de 1974-11 de marzo de 1990), y como expresidente, asumió el puesto de senador vitalicio: del 11 de marzo de 1998 al 9 de junio de 2002, cuando renunciara al cargo.]

Tan distinto y distante del criminal Castro, cuya mente demente (no es juego de palabras) supo descollar por el empleo de mitos políticos, con los que obnubiló, embelesó y estupidizó al pueblo. Para ello, y lo subraya Gayol, la mente mitomaníaca de Castro creó cinco fábulas/ficciones que impuso a los cubanos en su paupérrima cotidianidad, tales cánones del temprano lector del hitleriano Mein Kampf (Mi lucha) y gran menteur (mentiroso): su admirado Führer (jefe, líder).

Primero, los cinco mitos fundacionales: el de Robin Hood, de la Isla de la Utopía, el de David contra Goliath, el de la Isla bloqueada por el imperio y el del invencible comandante.

A ellos se sumarían otros mitos, lemas y consignas, extraídos de los discursos igualmente hitlerianos del fascistoide Castro: «El genio está en las masas», «El genio es masivo», «Patria o Muerte, Venceremos», «Al socialismo le debemos todo lo que somos hoy», «A la revolución no hay quien la detenga», «Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el  imperialismo» y «Vamos a crear riqueza con la conciencia y no conciencia con la riqueza», entre muchos otros.

Mas otros mitos integraría el castrismo al enorme conjunto de mentiras que Gayol llama con acierto Espejismo. Y tal alucinación provocaría la utopía, por el hábil empleo de otras falsías/falacias adjudicadas a Cuba por los «creyentes» (término utilizado sotto voce por los cubanos para denominar a los que apoyan o fingen creer en el castrismo). Entre esos antiguos mitos (aun creídos por tontos extranjeros) que estimulaban aún más la engañifa, se recuerdan: «El Paraíso», «La Potencia Médica», «Faro de América Latina» y «Territorio Libre de América», sin olvidar uno que es el más descabellado: «La Isla de la Libertad», creado/estimulado por los gobiernos de la desaparecida Unión Soviética, décadas atrás y repetido ¡en La Habana de 2019! por el ex presidente y hoy primer ministro ruso Dmitri Medvédev.

Mas por ese «todo mezclado» que fluye como un río por nuestras venas, tenemos virtudes y defectos combinados, entre los que sobresalen prima facie: pasión e inteligencia, inextricablemente ¿unidos?, en un raro vis a vis: intranquilidad vs. paciencia; amor vs. odio; pereza vs. esfuerzo; ignorancia vs. sapiencia; charlatanería y respeto; burla vs. seriedad; y, por encima de todos: la voluntad de querer ser mejor, a los que yo le añado la siguiente coda: siempre que la envidia (dimensionada en la Isla por el auspicio del desgobierno) no dañe tales empeños.

Sobre el rigor y la hondura asumidos por el autor, Amir Valle, narrador y periodista cubano radicado en Alemania, bien lo expresa: «La seriedad y profundidad de Manuel Gayol Mecías lo convierte en una referencia obligada a la hora de reflexionar sobre estos temas tan vilipendiados y malinterpretados.»

En suma, para no extenderme demasiado —aunque su ensayo merece otro—, estimo que la inteligente escritura mostrada en este estudio, 1959. Cuba, el ser diverso y la Isla imaginada, se me antoja paradigma entre los escritos sobre la psicología social y la sociología del cubano dentro de la Isla (no los del exilio de Miami y otros ámbitos, donde han (hemos) cambiado de algún modo psiquis y comportamiento, por lo que es discípulo de Fernando Ortiz en algunos de sus trabajos fundacionales y otros medulares estudiosos de diversas disciplinas.

En fin, con su excelente ensayo, disponemos de un volumen de consulta que —al combinar con talento, voluntad creadora y literaria,  tiempo y energía, estudio e investigación, análisis y dedicación, seriedad y sentido del humor (sin el que carecería de un necesario complemento)— ha logrado un volumen ejemplar sobre el cubano y el castrismo hoy a mano de los lectores del exilio. Ojalá también puedan adquirirlo y estudiarlo nuestros coterráneos de la Isla, para que aprendan todo lo que les falta por conocer de nuestra patria aherrojada por una dictadura que ya se extiende por más de sesenta años. Felicito a mi estimado Manuel Gayol Mecías, colegamigo de tantas décadas.

La civilidad cansa: Crónica de una detención

A las 11:30 de la mañana de este lunes fui detenido y conducido en un auto marca Geely gris plateado, con matrícula P035908, por el oficial René –»el compañero que me atiende»– y otro oficial que se presentó como “mayor Armando”, ambos del Departamento de la Seguridad del Estado (DSE).

Ocurrió en plena vía pública, cerca de la entrada del reparto Náutico (municipio Playa). El oficial René me abordó, con la excusa de conversar, cuando yo estaba realizando una operación en un cajero automático, pero me negué a entrar al automóvil. En ese momento, el mayor Armando pidió mi carné de identidad y dejó claro que «iba a ser conducido». «Si quieres entras al carro o te pongo las esposas», dijo.

Este episodio rompe el mito de la cordialidad de los agentes del DSE. Detrás de una supuesta petición a hablar o a asistir a una «entrevista» reposa, presta para saltar, la coacción.

El auto tomó la 5ta Avenida, después la calle 17A hasta la rotonda de La Muñeca. Antes de continuar por la Avenida 25, el mayor Armando me pidió que me vendara los ojos con un paño verde. No debía ver a dónde íbamos. El auto aceleró y debe haber pasado el Centro Comercial El Pedregal antes de girar en L, ya en algún sitio del municipio La Lisa.

Tras estacionarse, sentí abrirse la puerta y una mano buscando mi brazo. El oficial René me guió por lo que identifiqué como una puerta y sentí un cambio de temperatura. Cuando me pidieron retirar la venda estaba frente a unos muebles donde permaneceríamos sentados más de una hora. Al fondo se divisaba una mesa redonda con ocho sillones de oficina alrededor.

La esforzada amabilidad de ambos militares pasó de brindarme café y preguntar por la salud de mi familia a insistir en que les enviara mis trabajos para Diario de Cuba, que me reuniera con ellos para hablar sobre cosas «que queden fuera» de los trabajos que publico. Expliqué que mis textos pueden leerlos una vez publicados y que aquello que quede fuera de mis textos es porque la ética así lo indica o porque no viene al caso en el tema central.

La reiteración de los oficiales patinaba sobre la misma respuesta mía. Durante un buen rato me pregunté si no me explicaba bien al decirles que mi trabajo es netamente periodístico, que no haré nada fuera de eso.

Es laborioso ser cívico, cansa la civilidad. Tardo en enojarme, pero el mediodía y el estómago me pusieron a prueba un par de veces.

Me invitaron a almorzar. «Acostumbro a almorzar a la mesa con mi familia».  Me invitaron a llevarme la comida, aunque al salir la botara en un cesto. «La comida es sagrada para mí, no podría hacerlo». Los argumentos patrioteros («Tienes la oportunidad de hacer algo por Cuba», «nosotros también queremos cambios, pero sobre el mismo sistema») me invitaban a quedarme por segundos eternos en silencio. Bebí tanta agua…

«¿Cuándo nos vemos de nuevo? –preguntó el mayor Armando–. Para hablar ya de cosas que te inquietan y sobre las que podemos actuar. Para que nos digas, ‘mira, esto es una mierda’, ‘esto hay que cambiarlo'».

Me pregunté en qué momento creyó que habíamos llegado a algún acuerdo o que yo quería verlo esta semana o en algún minuto de mi vida.

Empecé diciéndole que no eran de mi agrado esa clase de encuentros… Y el oficial René interrumpió: «Te citamos en la estación de Siboney y dijiste que no estabas a gusto ahí; te citamos en la empresa Cubatur de tu cuadra y ahí tampoco; ahora te traemos acá y es lo mismo. Parece que a ti lo que no te gusta es encontrarte con nosotros». No hubo tiempo para felicitar a René por tan lúcida conclusión.

Salimos del local, yo con el paño verde tapándome los ojos. Pasada la rotonda de La Muñeca me ordenaron bajarlo. De ahí en adelante volvió la extraña familiaridad de los represores, cruelmente infantil, “el soy tu amiguito aunque no quieras”. Querían saber si tengo familia fuera del país, si mi esposa tiene pasaporte, si he pensado en emigrar.

El auto atravesó, en recta endemoniada, las calles vacías del reparto Cubanacán. Jagüeyes que tras décadas quebraron las aceras, cubren los portones de las embajadas y el Palacio de las Convenciones, donde el parlamento unicameral cubano alza aeróbica y abúlicamente los brazos. De la llave del auto que Armando conduce cuelga un llavero plástico con un rombo negrirrojo, y en el medio una estrella.

‘Cuentos del Club’, segunda parte

Esta segunda parte de Cuentos del Club, con 16 narradores cubanos, difiere de la primera porque compila a autores residentes en la Isla pero también en el Exilio, tendiendo un puente hacia la tercera entrega (donde, para cerrar, solo aparecerán autores exiliados). El primer tomo, publicado en 2018 y también disponible en Amazon, solo reunía a autores con residencia en Cuba.

Cuentos del Club constituye una propuesta del CEIC para los lectores interesados en la realidad cubana y/o en su mejor narrativa, aquella que contra viento y marea marca el rumbo creativo de este tercer milenio digital. A pesar de prohibiciones y estrategias editoriales excluyentes, sustentadas en la manipulación institucional, la mezquindad política o sencillamente el miedo.

Una selección de Luis Cino, Victor Manuel Domínguez y Armando Añel.

Autores:

Abilio Estévez • Abu Dujanah • Amir Valle • Ángel Luis Ferreiro

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Emelicio Vázquez • Félix Luis Viera • José Hugo Fernández

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Orlando Freire • Oscar G. Otazo (Duandy Oscar Gómez) • Roberto Quiñones Haces

‘Ante la Ley’, de Franz Kafka

‘Ante la ley’ es un relato que Franz Kafka incluyó en El Proceso, dentro de un capítulo que tituló ‘En la catedral’. En una anotación de su diario (diciembre 13 de 1914), confiesa estar orgulloso de haber escrito este cuento. Una confesión muy singular y rara, tratándose de Kafka. Muchos de sus lectores (reales o ilusorios) piensan que su literatura es aburrida, densa, excéntrica, extraña, en fin, “kafkiana”, pero entre las características sobresalientes de casi todo lo que escribió Kafka alinea un muy agudo y fino sentido del humor:

Ante la ley

Hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián y solicita  que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán.
—Tal vez —dice el centinela—, pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia, el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente, siempre repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia y, como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, ya no sabe si realmente hay menos luz o sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo para desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora? —pregunta el guardián—. Eres insaciable.
—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—. ¿Cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir y, para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:
—Nadie ha querido entrar por aquí porque a ti solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla.

Breve historia del Día de las Madres

Aunque en tiempos de la antigua Grecia ya se celebraba el día de Rea, gran madre de los dioses, el moderno Día de las Madres recibiría carácter oficial en 1908, gracias a las gestiones de la profesora estadounidense Anna M. Jarvis.

Anteriormente, en 1870, la también norteamericana Julia Ward Howe había intentado establecer de manera oficial un “Día de las madres por la paz”.

Tras un encuentro familiar por el tercer aniversario de la muerte de su madre, quien había fallecido en 1905, Anna M. Jarvis comenzó su campaña por establecer la celebración el segundo domingo de mayo, cosa que consiguió finalmente en 1910.

En la Iglesia Episcopal de Grafton, en West Virginia, una placa celebra el hecho. En mayo de 1914 Jarvis logró que la fecha fuera incluida en el calendario federal. Actualmente es referencia en 40 países.

En España, sin embargo, el Día de las Madres se celebra el primer domingo de mayo, y en Portugal y Sudáfrica.

En Argentina, el día se conmemora el tercer domingo de octubre.

En Cuba, según Francisco Fina García, la Cámara Municipal habanera, en abril de 1921 y a propuesta del concejal y periodista Víctor Muñoz, acordó celebrar por vez primera el Día de las Madres, oficialmente, en el Término Municipal de La Habana.

Recaudan carne rusa para Irma Shelton en Miami

En un nuevo gesto de generosidad para con el necesitado pueblo cubano, en la enésima muestra de solidaridad que el exilio de Miami prodiga, un equipo de activistas y miembros de la ONG ‘Elpidio Valdés en la Nostalgia’ comenzó este sábado la operación “Shelton Help”, recaudación de latas de conserva rusas, de carne de puerco y res, que serían enviadas tan pronto como este mes de mayo a nombre de la presentadora de la Televisión Cubana, Irma Shelton, con el objetivo de moderar las grandes colas en Cuba.

“La carne enlatada no se echa a perder y puede repartirse por la libreta (de racionamiento)”, explicaron a esta redacción los activistas. «Carne es revolución».

En Miami, numerosos establecimientos venden carne rusa en conserva y las existencias parecen no haber disminuido.  Shelton aseguró esta semana, en el espacio noticioso de la televisión oficialista cubana, que “en Estados Unidos quienes no tienen carros no pueden ir a buscar comida”, y que ya se aprecia la escasez de carne en este país y España.

“¡En cada cola una Irma Shelton, en cada mano una lata de carne!”, subrayan promociones del equipo de ‘Elpidio Valdés en la Nostalgia’ a las que tuvo acceso ‘Arroz con mango’.

Por otra parte, la noticia de que el Yutyrannus huali, una especie de gigantesco pollo habitante del Cretácico inferior, podría ser clonado por científicos chinos y cubanos —en lo que ya algunos analistas consideran la solución definitiva para la permanente crisis alimentaria que padece Cuba—, podría ser otro aporte importante a la causa de la desnutrición castrocanelista.

“No pudimos crear la vaca enana con la que Fidel resolvería el vaso de leche diario que prometió Raúl, pero crearemos el pollo infinito”, reflexionó Shelton en declaraciones a Prensa Latina que aparecerán publicadas este fin de semana. “Ahora habrá pollo para todo el mundo, por la libre y por la libreta”.

Se estima que el gigantesco “pollo”, pariente del Tiranosaurio Rex, era 40 veces más grande que el dinosaurio emplumado más grande que se conocía hasta ahora, el Beipiaosaurus.

“Cada familia cubana podrá criar un Yutyrannus huali si tiene espacio y pienso para hacerlo”, puntualizó Irma Shelton.

“Se lo daremos chiquitico a cada núcleo familiar, que lo verá crecer mientras lo engorda. Los Yutyrannus huali crecen más rápido que las mismísimas clarias y pueden producir abundante masa cárnica”, redondeó la presentadora oficialista.

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