Jamás aprendas a defenderte de las ramas que no te sostienen. Como yo lo aprendí, con la agonía del firmamento en la laguna, jamás.
Francis Sánchez ‒Vertical‒
La poesía como forma de rebelión; como discurso que se opone a las circunstancias del desarraigo; como legitimación de esa cólera que desanda el desterrado. La poesía como reclamo de libertades es también posible. El poemario Nudo Gordiano, de Whigman Montoya Deler, lo demuestra a cabalidad y desde una eficacia poética que únicamente se logra cuando la sinergia entre autor y escritura, al unísono, rebasa los escollos de la gratuidad literaria.
Nudo Gordiano no es un libro de ordalías, sino de esas otras premisas que no esquiva la aspereza implicada en toda sublevación: el rompimiento con las reglas de un establo que impone la sumisión y los recatos como fórmulas de existencia. Ante esos límites se rebela el poeta ya en los versos de su primer cántico, La Casa de las Hojas (la sede del miedo):
“La culpa no es de la Casa de las Hojas
sino de los habitantes de la casa-isla
y los desmochadores.
La culpa es del tirano”.
Más que una escritura que cincela sus emociones desde una distancia obligada ‒la terrible diáspora como sitio de todos y de nadie‒, los textos que reverberan en Nudo Gordiano replantean toda visión poética anterior respecto a una isla ‒sede del miedo y del sesgo‒ enemistada consigo misma. Sin embargo, estos textos tampoco se forjan como lamentaciones hilvanadas a destiempo, ni buscando el escarceo o la expiación, sino que advierten sobre esa certidumbre inmisericorde donde solemos evadirnos, en tanto nadie es poeta de sí mismo. Tiro al blanco, un poema de soberbias, sirve como umbral hacia un destino que duele, pero también salva:
“Una tierra
rodeada de otras tierras no hace puerto
tampoco
una
con un pedazo de mar
te hace marinero.
Puedes vivir en una isla
y no conocer el puerto
los peces
incluso
no conocer la sal que seca y salva.
Aun así
el Martín Pescador
que vuela
y atrapa con los ojos cerrados
en un lago o río
vuelve
a la misma rama
seco
con su presa”.
Al igual que Alejandro Magno ante el reto de su nudo gordiano, Whigman Montoya Deler enjaeza su decisión ante la emboscada de resignarse o rebelarse. Trasciende la opacidad que contuvo el gesto del conquistador ‒“es lo mismo cortarlo que desatarlo”‒ para negarse al silencio de discursar la isla que lleva dentro; pero no la isla que recuerda, ni aquella otra que bien podría fabular desde cualquier prerrogativa o motivación. Prefiere cercenar su dilema, su propio nudo, desde el dolor que rezuma ser abandonado por la isla y, aun así, erigir una voluntad que nombra Esquejes:
“Si acaso pudiera ser como un arbusto
preferiría la Acacia del Negev
de mi inhóspito sur erosionado.
Si tuviera tan sólo pocas ramas
cortaría primero los brotes
algo similar a una uña
siempre por debajo de un nudo
quizás una falange:
el nacimiento de un hijo
bien vale perder parte de un dedo.
Si no brotara, quitaría las ramas tiernas
tal vez mi labio inferior que tanto adoras
o mi lóbulo de Buda.
No importa que se vaya la suerte
con tal que me naciera un hijo.
Si tampoco se diera
renunciaría a los tallos más gruesos y fuertes
¡seguro serían mis manos!
qué importa si no escribo unos versos
tan solo si tuviera un hijo.
Aún, de no nacer, amputaría las estacas
tan seguro como todavía estar de pie.
Qué importa que mañana no pueda
si de un brote, una rama, un tallo
o una estaca, me naciera un hijo”.
Narrar el origen, sin importar si este trasciende o vacila ante la mordedura del destiempo, requiere entregar el cuerpo hasta ayer invicto. Vetar el origen, oficio fácil que se ampara tras la renuncia, apenas demanda el esfuerzo de sellarse el alma. En Nudo Gordiano no existe el silencio. Allí están todos los gritos contenidos que la Historia dejaría huérfanos en pos de una épica vacía en sus propios alardes. El poeta sabe los riesgos que entraña reinterpretarse a sí mismo. Sabe que transfigurarse en hereje conlleva sostener todos los llantos; todas aquellas reminiscencias que no envejecen, que acechan, que hieren en ese costado vulnerable donde agoniza la fe y el reencuentro con alcoholes menos feroces.
Un texto como El fusilado más hermoso del mundo, no es un remordimiento, sino un recordatorio del precio a pagar cuando te debes a la inclemencia de “ser” y “estar” cuando los árboles deciden deshojarse a despecho del poeta y de los muros:
“Ni aun marcados por las balas
los muros de piedra dejan de ser de muros
ni las piedras dejan de ser piedras.
La tapia a sus espaldas
miles de ojos afilan sus cañones.
No hay desnudo más bello que el de la piedra
sobreviviente a los siglos
la ola o el viento la desviste y cincela
el faro y la isla por testigos.
Yo también tiré la piedra
escondí la mano del decreto
en mis profundos agujeros
mano-tubo de lava
luego
garra de mis deposiciones.
Él era el fusilado más hermoso del mundo
lo desnudó mi palabra reductora
pero él estaba ahí
como una estalagmita que sale de su cueva
propia luz
con su verdad de a gota.
Ni aun abrazado por los plomos
su cuerpo de sangre dejó salir las balas
él fue su propio muro
pecho de muro”.
Leer Nudo Gordiano no deja lugar a la indiferencia. Nos obliga a sangrar por el devenir, si es que acaso logramos librarnos del simulacro del presente y de los fetiches individuales que nos marcaron el pasado colectivo. Es un poemario que nos impone una deuda, sin apenas margen para intentar saldarla. Un poemario que, semejante a un rosario y sus veinte misterios, nos devuelve la gratitud por aquellos que, como Whigman Montoya Deler, alzan su voz poética por nosotros y para nosotros:
El 6 de junio sabremos si los peruanos se suicidarán en masa. Leo en el diario Expreso una encuesta que demuestra que Pedro Castillo hoy “sólo” aventaja por 3.2% a Keiko Fujimori. Me recuerda, no sé por qué, una anécdota cubana de José María Eça de Queiroz. El escritor y diplomático portugués visitaba a su médico en La Habana (vivió dos años en Cuba) y le explicó sus síntomas. Era, por supuesto, hipocondriaco. El galeno le aseguró que no tenía nada, que estaba muy bien. “Eso me consuela –le dijo el novelista-. Me moriré en perfecto estado de salud”.
Los peruanos morirán en perfecto estado de salud. Se suicidarán en pleno goce y disfrute de sus facultades mentales. El sistema democrático funciona extraordinariamente bien. Las elecciones son transparentes. Es verdad que Pedro Castillo no le lleva los 20 puntos que le sacaba a Keiko Fujimori al día siguiente del sorprendente triunfo de ambos en las primarias; y también es cierto que la tendencia de las encuestas parece que perjudican a Castillo, pero basta un puñado de votos para inclinar la balanza.
En realidad, basta sólo un voto extra en el platillo de Castillo para que gane las elecciones y precipite al país en el desastre mayor. En Chile, el gran referente de Perú, las recientes elecciones a la Asamblea Constituyente demostraron que la izquierda independiente y el Partido Comunista están en su mejor momento, aunque sólo votó el 41% del padrón electoral. Hay un cierto hartazgo de los partidos tradicionales.
Me lo dijo Juan Claudio Lechín, el escritor boliviano, un gran experto en la conducta de los comunistas: “En Chile y Perú los camaradas se han dedicado eficazmente a destruir a los partidos políticos, presentándolos como insalvables focos de corrupción. Por eso han salido muchos jóvenes a las calles a destruir todo lo que no podían saquear o llevarse a casa. Ha sido una labor de demolición en la que todos hemos colaborado activa o pasivamente con nuestro silencio cómplice”. Lechín tiene razón.
La encuesta publicada en Expreso apareció antes del primer debate presidencial entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo, realizado en Chota, Cajamarca, en la que quedó claro que el maestro rural no tenía la menor idea de cómo gobernar o cómo crear empleos. Después de esa cita han aparecido otras dos encuestas en las que Castillo tiene unos cinco puntos de ventaja. Keiko Fujimori tiene que obrar milagros para ganar la elección.
¿Puede hacerlo? Por supuesto que podría hacerlo. Todo está en que demuestre a los peruanos que sabe crear un clima social proclive a la continuidad del crecimiento económico en el que sus connacionales se encuentren reflejados. No tiene mucho sentido el mensaje anticomunista. El peruano pobre, que es la mayoría, no cree o no le importa lo que sucede en Cuba o en Venezuela. Tiene una pésima opinión de los venezolanos que han “invadido” a Perú, o supone que Perú no es Cuba ni Venezuela, y, por lo tanto, lo que ocurrió en esos desdichados países no les va a suceder a ellos.
Los peruanos de a pie, sencillamente, no está inmersos en un debate ideológico. Alguien que es capaz de votar por Castillo, o que encuentra simpático su sombrero y su cabalgadura, no tiene la mínima información que se requiere para darse cuenta del problema en que está metiendo al país, o lo que significa gobernar a una nación en el momento en que existe un evidente cambio de paradigmas.
Tampoco recuerdan las virtudes y defectos de Alberto Fujimori, un ingeniero de ochenta y dos años. El Perú de nuestros días es muy diferente al que lo vio triunfar frente a Mario Vargas Llosa, o gobernar tras el desorden del primer Alan García. Ningún peruano de menos de 30 años puede recrear la angustia que se vivía cuando parecía que “Sendero Luminoso” iba a ganar la partida. Fujimori fue un gobernante de la década de los noventa del siglo pasado. A su hija le toca salvar a Perú aquí y ahora. Ojalá se den cuenta los que piensan abstenerse o votar en blanco. Estarán apoyando a Castillo.
En un nuevo aniversario de la muerte de José Martí, un par de anotaciones al margen:
a) Martí no fue un guerrero en la Matrix, de serlo nunca se hubiera tomado demasiado a pecho las descalificaciones de que era objeto por algunos de sus compatriotas involucrados en la guerra contra España. Parece que su mayor error no fue la imprudencia o la precipitación en Dos Ríos sino, antes que eso, haberse dejado llevar por su indignación, por el deseo de «callarle la boca» a sus detractores -los cuales lo acusaban de capitán araña o simplemente ponían en duda su honestidad y capacidad- con una carga heroica.
Este impulso del ego, del orgullo herido o como se prefiera llamarle, suele estar en la raíz de casi todas las decisiones disparatadas y constituye una debilidad imperdonable en cualquier combate, sea de la naturaleza que sea (física, intelectual, etc.).
b) Relacionado con lo anterior: Para lograr la liberación de países como Cuba, donde hacer picadillo a quien sobresale en prácticamente cualquier campo o circunstancia constituye un deporte nacional, se necesitan, más que héroes, hombres y mujeres avezados en la recurrente tarea de ningunear a los saboteadores y envidiadores, que siempre son legión. Individuos capaces de observar, con una mezcla de compasión y humor, el disparatado espectáculo de la tragicomedia humana, y de actuar en libertad, psicológicamente a salvo de la dependencia egotista. Gente, en fin, que no se deje «cohetear» (manipular, empujar al charco hediondo), para utilizar un modismo vigente en la Cuba que dejé atrás hace 20 años.
Originalmente publicado en mayo de 2019 en Neo Club Press
El fiscal José Luis Reyes Blanco, invitado del inefable Humberto López, ha asegurado en el programa de la televisión cubana Hacemos Cuba que las leyes allí permiten el juicio de ciudadanos que no se encuentran en el país. Según Reyes, “aquellos individuos» que financien, convoquen o coordinen estas acciones «pueden ser procesados en ausencia o extraditados mediante la cooperación jurídica internacional”.
En Cuba, estas «acciones» puede ser tan peligrosas o aterradoras como incluir símbología nacionalista en un performance u ofender artísticamente la sensibilidad patriótica del pueblo combatiente. Ironizar con la figura de Fidel Castro, por ejemplo, quien según Abel Prieto «es amado entrañablemente por los cubanos patriotas», pudiera ofender artísticamente la sensibilidad patriótica del pueblo combatiente. Y así.
En el exterior, sobre todo preocupan al régimen las convocatorias anticastristas en las redes sociales, que cada vez se vuelven más contagiosas gracias al avance de Internet, y toda clase de soporte y coordinación que beneficie directamente al cubano de a pie, a quien el Estado intermediario insiste en mantener bajo su bota.
Viernes de Tertulia, el evento artístico y literario que coordina en Miami el escritor Luis de la Paz, regresa a sus presentaciones con público presencial para un encuentro y conversatorio con los hermanos Ángel de Fana y Armando de Fana.
Fecha: viernes 21 de mayo de 2021 Hora: 8:00 de la noche Dirección: 111 SW 5ta. Avenida Más información en el (305) 786 747-1877.
Durante el evento se presentará el libro Mis pinturas en el presidio político cubano, de Ángel, y Mangos 105, memorias de mi familia, de Armando.
El programa Viernes de Tertulia es una producción del Creation Art Center, organización fundada por Pedro Pablo Peña (†) y dirigida por Eriberto Jiménez.
¿Quién dijo en España “estúpido como un torero”? Sin duda no se refería a “Guerrita”. Fue el torero Rafael Guerra quien anotó: “Lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible”. Era un filósofo de andar por casa, no un estúpido. A la oposición venezolana, que es algo así como el 80% del país, le han pedido una misión imposible: que salga por las buenas de Nicolás Maduro, de Diosdado Cabello, de Delcy y Jorge Rodríguez y de la patulea que gobierna a esa desdichada sociedad. Se lo ha pedido el gobierno de Estados Unidos, la OEA, la Unión Europea y el Grupo de Lima. Las mismas entidades que le dan todo el respaldo a Juan Guaidó.
“Las buenas” es una salida electoral democrática y abierta, unas elecciones realmente limpias. Sin duda, qué más quisieran Juan Guaidó y su equipo de gobierno que tal cosa fuera posible. Súbitamente, se comenzarían a solucionar los problemas. Los casi seis millones de personas escapadas del paraíso castro-chavista regresarían a casa más o menos ordenadamente. En un par de años se reconstruiría PDVSA y la economía de Venezuela volvería a crecer exponencialmente. Como ocurrió durante un largo periodo en los denostados 40 años que duró la democracia venezolana, las mejores cuatro décadas consecutivas que ha conocido la historia de esa torturada nación.
Guaidó cuenta con la capacidad de deslegitimar el proceso electoral que se avecina, pero no tiene los recursos para quitarle el poder a Maduro violentamente. Maduro, por su parte, carece de fuerzas objetivas para matar o encarcelar a Guaidó. Es un empate. Por la otra punta de la complicada gestión, Maduro sabe que el país se le ha escapado del control militar. Ni siquiera pudieron derrotar a las guerrillas del ELN cuando tuvieron una desavenencia por el manejo de la droga, que es por lo que pelean los cárteles. Por supuesto, casi toda la oposición no está dispuesta a participar en unas elecciones avaladas por un árbitro electoral fraudulento, elegido por Maduro para perpetuarse en el poder. Sería suicidarse y los políticos inteligentes no suelen hacerlo.
No obstante, el presidente Juan Guaidó le ofrece a Nicolás Maduro sentarse a dialogar con él. ¿Para qué lo haría si ya ha dicho que no piensa participar en el simulacro electoral oficialmente diseñado? Tal vez, para transmitir de primera mano una salida al impasse en que Maduro ha metido al país. Acaso para solucionar por primera vez por procedimientos pacíficos la crisis que vive Venezuela.
Maduro está entre la espada y la pared. Nadie quiere vincularse a un capo de la droga. Ha sido, con toda justicia, “norieguizado”. Es él y no Guaidó el que tiene que traer soluciones a la mesa. Apenas el 5% del país vive decentemente porque tiene dólares. Eso se agravará. Las sanciones americanas han tenido efecto. Dentro de 90 días, a juzgar por los informes de Russ Dallen de “Caracas Capital”, no habrá un dólar ni una onza de oro en las reservas del país. Irán y Turquía quedan muy lejos y no querrán irritar más a los estadounidenses. Los chinos y los rusos dan por perdidos los préstamos. Especialmente los chinos. Los militares de alta graduación no tendrán dónde robar. Los informes de “los cubanos” a Díaz-Canel son tremebundos. Ya no confían en que Maduro pueda rebasar la crisis y piensan en otras personas de confianza para reemplazarlo.
¿Qué puede ofrecerle Guaidó a Maduro a cambio de su renuncia sin persecuciones? ¿Acaso la creación de un gabinete mixto, gobierno y oposición, que lo primero que haría es decretar la libertad de todos los presos políticos y convocar a elecciones sin candidatos arbitrariamente inhabilitados, y con un CNE libre de sospechas? Si yo estuviera en el pellejo de Maduro me lo pensaría. Incluso, me cercioraría de que las sanciones estadounidenses se pueden levantar, como le ocurrió al general Manuel Cristopher Figueras. Es cuestión de tiempo que las FFAA le den un golpe militar. A fin de cuentas Maduro apenas controla una mínima parcela de autoridad.
Crónica sobre lo sucedido en la protesta del 27 de noviembre del 2020 frente al Ministerio de Cultura en La Habana.
Les digo la verdad, me lo estuve pensando, comiéndome las uñas, ansioso. No podía contenerme. Razones para no ir tenía más de mil. Pero a medida que pasaban las horas el Ministerio se iba llenando, y mi cabeza también. Era un viernes, y cuando supe que muchos policías y fuerzas represivas se estaban acumulando alrededor de los que fueron a protestar, no me pude contener. Tenía que actuar. Así que sí, estuve en el Ministerio de Cultura esa noche, y esta es mi historia.
Me vestí rápido, estaba loco por salir de casa y sobre todo para que mi mamá no me preguntara. Cuando lo hizo, le dije la verdad, que iba para una fiesta de un grupo de Facebook en el Vedado. Lo que no le dije que el bar al que iba estaba a solo cuatro cuadras del Ministerio.
Agarré la mochila y me fui. Estuve todo el día hablando con Bustillo, que estaba junto a su novia Laura en el lugar; temí por ellas cuando me mandó fotos enseñándome la cantidad de agentes de la Seguridad del Estado que tenía alrededor. Hablé con el Riki y le dije que se les pegara por si sucedía algo las sacara de allí enseguida, luego temí por él y puse a otro amigo mío a vigilarlos a los tres. Demasiado personas con botas militares, el ambiente se estaba poniendo peligroso.
Llegué al Vedado con la idea de llevar agua. Había personas allí desde muy temprano bajo el sol. Quería llevar comida, pero eso sería contraproducente. Pedí nueve pomos de agua de los grandes en el Cupet de Línea y 2.
Fueron todos los que me cupieron en la mochila. Subí por Paseo para ver la situación y la calle 13 estaba llena de policías, agentes de la seguridad del estado y personal administrativo. Todos me miraron con mala cara, y yo a ellos. Entré.
Aquello era un mar de personas. Estaban aplaudiendo cuando llegué, entraba Fernando Pérez al Ministerio. Llegué tarde, ya habían elegido a los delegados para el diálogo, de haber estado hubiera sido uno de los treinta que entraron a la boca del lobo, pero no, me tocó otra misión, así que comencé a buscar a mis amigos y amigas para darles agua.
Me encontré al Riki y lo abracé. Mientras fumábamos me actualizaba de lo que estaba ocurriendo. Sobre quienes entraron a dialogar y les di el visto bueno a todos y todas.
Seguí caminando y mirando para todas partes, estaba rodeado, y mi miopía y la falta de luces no eran buenas aliadas.
Entonces me encuentro con un grupo de los duros. Jorge Enrique, Waldo, Lester. Luego Luna, Leo, Fabiana. Fui dejando pomos de agua a mi paso.
Saludo a Mario Guerra, luego le dejo un pomo de agua a Marthica. Otro a Maivic, la que de tantas personas me agradó mucho que estuviera en la protesta. Me preguntó: ¿Y eso que no entraste? Le dije que había llegado solo hacía unos minutos. Le pregunté por trecientadecimocuarta vez cuándo haríamos fotos, y otra vez me dijo por trecientadecimocuarta vez que no, que yo era muy reaccionario, y nos reímos. Me agradeció por el pomo de agua y nos abrazamos. Seguí.
Me encuentro a Bustillo sentada junto a su novia Laura. Yo preocupado por llevarles agua, pero alguien les había comprado. Hablamos unos minutos.
Se aplaudía cada 15 minutos, me explicó que era para que los delegados supieran que no estaban solos, que afuera se mantenían en protesta más de 500 personas. Además, la situación era mucho más que eso, ninguno de los que estábamos en el Ministerio de Cultura esa noche estábamos solos, el mundo nos estaba mirando.
Seguí saludando a personas y conversando, me movía de un lado a otro. Hacía mucho calor y yo sudaba. Le dejé un pomo de agua a Carolina. Entonces, me fui para el bar.
Cuando llegué al bar en 17 y D, era como una Cuba de otra dimensión, donde no existía dictadura ni régimen de terror. El comunismo nos ha dejado un trastorno hereditario en la memoria colectiva. El castrismo suplantó la democracia para instaurar un régimen comunista que todavía se mantiene en pie, aunque ese 27 de noviembre la dictadura estaba herida, y aún no sabía cuánto.
En el bar todo estaba encantador. La Cuba de los bares no es muy diferente a New York o Paris. Son el reflejo de una sociedad que se ha mantenido ajena a la represión y los encarcelamientos. Puedo asegurar que los hombres y mujeres de los bares de Cuba son la generación que más apoya el fin del embargo económico y el acercamiento con los norteamericanos. También constituyen la generación que más ignora el proceso histórico de ese pedido, sus complejidades, el cómo se dieron las cosas. Son la generación privilegiada que piensa que los norteamericanos nos van a sacar del problema, obviando lo más importante: que los norteamericanos siguen siendo los malos de la película y que Cuba es una dictadura cruel impuesta por Fidel Castro, uno de los hombres más diabólicos y estafadores de la historia reciente. Alias ‘El cenizas’.
Pedí una cerveza y me puse a conversar con mis amistades, a las que no veía desde hacía mucho por culpa del Covid 19. Pero mi cabeza estaba en el Ministerio de Cultura. No podía dejar de pensar en lo que estaba sucediendo. No podía dejar de pensar en lo que había sucedido el día anterior. Cómo la Seguridad del Estado cubano irrumpió en la sede de los acuartelados de San Isidro. En cómo cinco esbirros agarraron a mi amigo Abu Duyanah para llevárselo. Yo estaba encabronado.
En el bar el ambiente era de fiebre de sábado por la noche. Había hasta un hombre tocando un saxofón. Tal parecía que La Habana no era la capital de una dictadura que llevaba más de 60 años en el poder a golpe de represión y totalitarismo.
A la tercera cerveza, ya sabía que iba a regresar para allá. Sobre las doce mi amiga Carolina me llamó y me dijo que iba para el Ministerio otra vez, y le dije que yo también, que me demoraba unos minutos, pero que iba a regresar seguro.
Me pedí una última cerveza, conversé un rato más y me fui.
Subí por la calle 17, estaba alumbrada por suerte. Cuando llegué a Paseo sabía que todo estaba a punto de explotar y podía ocurrir lo peor.
Crucé el separador y aquello estaba lleno de policías y gente de la Seguridad del Estado. Carros y camiones por todas partes, pero no vi ambulancias. Caminé despacio por al lado de aquella gente. Era obvio que yo iba para el Ministerio de Cultura. Cuando llegué a la calle 15, lo supe. La dictadura estaba lista para atacar a los civiles esa noche.
La calle 15 estaba oscura, pero bastaba con fijar la vista y se veía bien claro, como lo vi yo esa noche. En el medio de esa oscuridad, habían varios jeeps con las armas montadas y guaguas pequeñas de las negras. Ahí estaban las tropas antimotines, con las armas en las manos. Armas cortas, automáticas.
No me asusté ni un poco. Muchos sabemos que la dictadura es capaz de sacar los tanques a la calle, para reprimir y dar el gran escarmiento de una vez, y ese día, 27 de noviembre, era el día.
Seguí caminando y por la calle 13 supe que no podía entrar al Ministerio. Todo estaba acordonado y lleno de agentes de la Seguridad del Estado, de policías y muchas otras personas, directivos o algo así, y del otro lado, en el separador de Paseo, alrededor de 500 personas. Eso me impresionó.
Hombres, mujeres, jóvenes, incluso personas mayores, unidas todas con el único propósito de servir como fuerza represiva. La respuesta del pueblo, la masa combatiente, la masa de croqueta Prodal lista para explotar contra la democracia cubana.
Cuando vi a aquellos acólitos me hirvió la sangre. Ellos me miraron con odio, y yo igual. Éramos enemigos en el medio de esa noche habanera.
Llamé a mi amiga Carolina y le conté lo que estaba viendo mientras caminaba despacio. Caro me dijo que lo mejor era que me fuera, que, por mi condición, por los problemas con la Seguridad del Estado a causa de mi padre, lo mejor era que me fuera. Pero le dije que no. Si me iba no me lo iba a poder perdonar.
Caro me contó que entró al Ministerio por la calle 2, que había pocos policías y ella pasó sola en medio de la confusión, porque los policías le lanzaron gas pimienta a varios jóvenes. Le dije que iba a intentar pasar por ahí. Y para allá fui.
En línea y 2 apenas había cuatro policías. Se me quedaron mirando, pero no reparé en ellos, era mi oportunidad para volver a entrar al Ministerio de Cultura. Pero nada más lejos de la realidad, en la esquina de 11 y 2 estaba el cerco de la policía, y eran muchos.
Me acerqué poco a poco, había varios muchachos sentados en las esquinas de la calle. Sin pensarlo fui directo a los policías que estaban en el medio del cordón policial. Me les acerqué sin miedo. Me paré frente a uno mayor y le pregunté por qué tantos policías. Por qué no dejaban pasar a la gente. El hombre me miró directo a los ojos y me dijo que me apartara. Pero yo no lo hice. Estaba puesto.
Seguí preguntándole con toda la educación del mundo, con mis manos sujetas a las azas de la mochila. Y el tipo seguía respondiéndome lo mismo. Estaba en automático, una máquina de represión. Eso era ese policía. En una de esas se puso inquieto, se quitó las manos de atrás y empezó a señalarme con ellas que me fuera, que me apartara. Ya lo había sacado de paso, ya era hora de echarme atrás un poco porque el tipo ya me quería dar un golpe.
Di media vuelta y en algún momento pasaron las palabras de mi amiga Caro que me fuera para la casa. Pero en vez de eso miré a todos los muchachos que estaban, y les grité: ¿¡Bueno qué!? ¿¡Estamos listos!?
¡Sí!
¿Estamos listos?
¡Sí!
¡De aquí no nos movemos! ¡Abajo la dictadura!
Y después de gritarles me planté en medio de la calle, al otro lado de la acera, de frente a los policías, que eran unos veinte más o menos, y por detrás de ellos cinco o seis agentes de la Seguridad del Estado.
La calle 11 era una línea delgada que dividía al país en dos bandos, dos ideologías políticas.
En la acera del frente, los comunistas con sus ideas de gelatina. Los que inventaron la dictadura del proletariado pero al proletariado lo mandaron para la cárcel de boniato y se quedaron solo con la dictadura.
Una dictadura que llevaba más de 60 años en el poder a golpe de represión, adoctrinamiento y miedo. Cuba es una Matrix bien calculada donde sus ciudadanos se resisten a salir de ella, convirtiéndose en enemigos mortales de los que sí quieren salir, y sobre todo, de los que ya lo hemos hecho. Esos éramos los que estábamos al otro lado de la acera, los que ya habíamos salido de la Matrix.
Cubanos y cubanas libres que estábamos esa noche defiendo nuestro derecho a una vida bonita, y estábamos listos para enfrentarnos a la policía con ese fin.
Desde el momento que me planté delante de los policías, sentí un poder que no puedo describir, y no tenía miedo. Estaba listo para la pelea.
Los muchachos y muchachas comenzaron a poner música contra la dictadura. Y cuando llegó el turno de aplaudir para que los delegados que estaban en el dialogo supieran que no estaban solos, pues yo también lo hice. Y los demás me siguieron. Así que cada diez minutos aplaudíamos en contra de la dictadura. Cada diez minutos aplaudíamos por Cuba. Cada diez minutos éramos la revolución de los aplausos.
A nuestros gritos de abajo la dictadura, fuera los Castro, los policías comenzaron a ponerse inquietos.
Mientras nosotros comenzábamos a entonar canciones de protesta, los policías comenzaban a moverse de un lado a otro. Estaban locos por partirnos para arriba. En su vida hubieran pensado que un grupo de jóvenes estuvieran plantados en su cara en medio de una Habana que ya no aguantaba más. Estaba claro que ellos, con toda la fuerza y las armas del mundo, no estaban listo para la pelea.
Y tanto era así, que los agentes de seguridad detrás de ellos, a medida que pasaba el tiempo, comenzaban a llamar por teléfono, cada uno por minutos, quizás reportando que tenían otra pequeña revolución a una cuadra de la sede del Ministerio de Cultura.
Mientras tanto, nosotros seguíamos cantando y aplaudiendo sin movernos de allí. Lástima que éramos muy pocos, yo sabía que no nos iba a dar la cuenta. Además, entre nosotros había jóvenes muy pequeños, casi niños y niñas de menos de 18 años. No iba a ser yo el causante de un desastre si los empujara correr contra el cordón policial. La prudencia primaba por encima de todo, y ya me sentía responsable de ese grupo en medio de aquella madrugada.
En una de esas me tocaron por detrás y casi le reviento la cara al tipo.
¿Tú eres Maceo?
Sí. ¿Quién pregunta?
Perdona hermano soy amigo de Carolina.
Lo saludé enseguida y le dije que de allí no nos movíamos. Y me dijo que seguro.
Los policías y los agentes de la Seguridad del Estado se asustaron con nosotros. Y es que comenzamos a cantar el himno nacional en sus caras, y ellos en vez de cantar el himno con nosotros, como buenos patriotas, lo que hicieron fue llamar más refuerzos.
Cuando llegué a 11 y 2, ellos eran poco más de veinte oficiales; luego de llamar a los refuerzos se convirtieron en más de cincuenta entre policías y otros esbirros vestidos de civil que llegaron. Quizás eran más, pero ellos tenían esa calle oscura. Llegaron también camionetas medianas, grises, y dos patrullas.
Una de esas patrullas se parqueó detrás del cordón policial, de frente a nosotros.
Sus luces nos iluminaban al rostro y a mí me vino a la cabeza los perros esos de Venezuela tirando los carros encima de los manifestantes. Pensé si la policía cubana sería capaz de hacer algo así en contra de la población y la respuesta era que sí.
En una de esas los policías se echaron a un lado, y nosotros nos movimos igual. La patrulla pasó por entre nosotros rompiendo por un momento nuestro grupo, pero apenas pasó me volví a parar en medio de la calle, de frente a ellos, con toda la fuerza del mundo sobre mis hombros.
En medio de los gritos de abajo la dictadura, de aplaudir con las más de 500 personas que estaban plantadas frente al Ministerio, la prensa especializada vino. Se pararon a un costado de la calle detrás de los policías y comenzaron a hacernos fotos.
Los muchachos enseguida sacaron sus móviles para iluminarnos y que nos vieran las caras. Para que el mundo supiera que un buchito de personas nos habíamos hecho del control de una esquina del Vedado en las narices del régimen.
Del diálogo no sabíamos nada, ni se sabía mucho de los hombres y mujeres que fueron sacados a la fuerza de la sede de San Isidro, luego de que algunos de ellos y ellas estuvieron en huelga de hambre por varios días. Tampoco se sabía sobre Denis Solís, aún estaba preso.
Llegaron un par de frikis de la vieja guardia, entre ellos Dyango Pulido, uno de los frikis más importantes de la historia del Rock all Roll cubano. Cuando lo vi me le acerqué. A pesar de que solo nos conocíamos por Facebook, nos reconocimos enseguida y nos dimos un abrazo. Lo puse en contexto sobre lo que estaba pasando, y quedamos en lo mismo. Allí había que amanecer, sin importar qué se decidiera en el diálogo, sin importar que las fuerzas represivas nos cayeran encima. Había que amanecer. Esa era nuestra forma de ganar.
Dos ciclistas se acercaron al cordón de la policía con víveres. Traían varias bolsas con alimentos para llevarlos a alguna de las personas que estaban fuera del ministerio, a una cuadra de donde yo me encontraba.
Los dos hombres hablaron con la policía, pero por supuesto no los dejaron pasar. Le entregaron los bultos a uno de los agentes de la seguridad del estado y le agradecieron. Quiero pensar que esas bolsas de alimentos llegaron a su destino.
La madrugada seguía avanzando y las tensiones subían. No se sabía nada de lo que estaban conversando los delegados dentro del Ministerio.
Menos mal que el video de cuando se abalanzan cinco agentes de la Seguridad del Estado sobre Abu Duyanah, para sacarlo a la fuerza, yo no lo había visto todavía.
Estaba agotado. Apenas si comí cuando salí de la casa. Pero tenía la mente lista para lo que sucediera, y el cuerpo también, por eso no saqué mi teléfono en ningún momento para hacer fotos, grabar o revisar Facebook. Tenía que estar con todos los sentidos intactos, porque los hombres delante de mí estaban listos para atacarnos con todo lo que tenían. Y aunque no tuvieran convicción, estaban esperando órdenes.
Un grupo de personas salieron de la protesta del Ministerio para irse. Pasaron por un costado de la policía cuando llegaron a nosotros.
Eran jóvenes en su mayoría, y entre ellos Samantha venía saliendo. A pesar de las pocas luces de la calle y mi miopía, la reconocí. Y cuando pasó por mi lado le dije:
—Sami estamos aquí —y me miró enseguida y me dio un abrazo que me estremeció. Casi se me salen las lágrimas.
Un abrazo que me sobrecogió y estoy seguro de que no solo a mí, sino a ella, y a todos los que nos estaban mirando.
—Mis respetos —me dijo mientras me abrazó y todos se quedaron en silencio a nuestro alrededor.
Un abrazo que fue como un flashazo y me trajo a la mente por qué había elegido ser el hombre libre que soy, por encima del régimen, el totalitarismo y la represión comunista de Cuba.
Un abrazo que nos devolvió la vida a todos los allí presentes, menos a los policías, porque cuando volví a mi posición inicial, con mis manos firmes agarrando la mochila con la vista al frente, los esbirros me estaban mirando con mucho odio. Pero a mí me traía sin cuidado.
Estoy seguro de que, a esa altura de la madrugada, las más de 500 personas que estábamos protestando sabíamos que lo mejor era amanecer, aguantar hasta que soltaran al Denis.
Algunos de los muchachos de mi grupo comenzaron a llamar a sus amistades que estaban frente al Ministerio, para que mandaran un grupo enorme de gente para romper el cordón policial. Algunos ya estaban dispuestos para bajar por la cuadra y ayudarnos a cruzar la línea. Estábamos listos para darnos la mano y echar a correr entre los policías. Pero no dio tiempo.
A una cuadra de nosotros todos gritaron y aplaudieron y nosotros también lo hicimos desde nuestro frente. Imaginé que era por los delegados, porque súbitamente todos hicieron silencio, como si estuvieran escuchando atentos.
Y lo próximo que escuchamos fue un grito de desacuerdo. Desgarrador. Lo que fuera que hubieran negociado los delegados, ese grito les decía que estaban a punto de cometer un error. Uno muy grave.
A los pocos minutos una masa enorme de personas comenzó a bajar hacia donde estábamos nosotros. Todos y todas se estaban marchando. Aquello me sabía a derrota. Sobre todo, como víctima directa del sistema represivo cubano. Sentí tristeza.
Dyango me miro y me dijo: aquí ya hicimos todo lo que pudimos, la policía se va a poner a dar vueltas por todo el Vedado, es hora de irnos. Y le dije que sí. Nos fuimos.
Y justo eso fue lo que pasó. Las patrullas no paraban, los jeeps con tropas anti-motín avanzaban despacio, no permitían hacer estancia en la calle.
Dyango y yo nos sentamos en el parque de Calzada y Paseo a fumar. Estábamos escépticos por lo que se hubiera conversado dentro del Ministerio pero de acuerdo con lo que se logró esa noche, que fue mucho.
Estuvimos un rato ahí hasta que hablé por teléfono con Carolina y me reuní con ella y sus amigos en el parque Villalón.
Me contaron cómo estuvo todo frente al Ministerio, que les quitaron la luz, que estaban rodeados de agentes de la seguridad. Que tampoco querían irse. Que era una locura confiar en la palabra de esos tipos. Y estaban eufóricos y contentos porque se la hicimos buena. Y tomamos ron y celebramos por un rato. Luego, casi a las seis de la mañana, nos fuimos. Nos despedimos todos. Abrazados, con la cabeza llena de imágenes que había que digerir una vez que cada cual llegara a su casa.
Caminé hasta Línea, la calle estaba desierta salvo por las patrullas que iban de arriba abajo como hormigas locas.
Le saqué la mano a un taxi y le dije 10 cuc hasta Jaimanitas, y el hombre me dijo que me montara, sin chistar, sin tratar de cobrarme más dinero. Esa noche Cuba había despertado, lo sentía mientras miraba por la ventanilla y el taxi se adentraba, como en aquella promesa de los Blinders, “en lo más crudo del invierno”.
El orgullo común por la poesía nuestra de antaño, escrita en o lejos de Cuba, se alimenta cada día, al menos en mí, por la poesía que hacen hoy -¡y seguirán haciendo mañana y siempre!- los que viven en Cuba como los que viven fuera de ella. Hay en ambas riberas jóvenes maravillosos ¡Benditos sean! Nada puede secar el árbol de la poesía.
Gastón Baquero, 1991
Gastón Baquero es una constante referencia recurrente –un puente de unión– entre todos los poetas cubanos, residan dentro o fuera de la Isla, y su obra poética, su ensayística y su no menos importante periodismo cultural se valoran en las letras hispanas como una de las grandes voces del pasado siglo XX. Este 15 de mayo se cumplen 24 años de su fallecimiento en Madrid.
Selección de poemas (fragmento):
Qué pasa, qué está pasando
Qué pasa, qué está pasando siempre debajo del jardín
que las rosas acuden sin descanso.
Qué está pasando siempre bajo ese oscuro espejo
donde nada se oculta ni disuelve.
Qué pasa, qué está pasando siempre debajo de la sombra
que las rosas perecen y renacen.
Que nunca se desmiente su figura,
que son eternas sombras, idénticos recuerdos.
Qué está pasando siempre bajo la tierra oscura
donde la luz levanta rubias alas
y se despliega límpida y sonora.
Qué está pasando siempre bajo el cuerpo secreto de la rosa
que no puede negarse el cielo temporal de los jardines,
que no puede evitar el ser la rosa, precisa voluntad, sueño visible.
Qué pasa, qué está pasando siempre sobre mi corazón
que me siento doliéndola a la sombra,
estorbándole al aire su perfil y su espacio.
Y nunca accedo a destruir su nombre,
y no aprendo a olvidarme, y a morir lentamente sin deseos,
como la rosa límpida y sonora que nace de lo oscuro.
Que se inclina hacia el seno impasible de la tierra
confiando en que la luz la está esperando, creándose la luz,
eternamente fija y libertada bajo el cuerpo secreto de la rosa.
(Poemas, La Habana, 1942).
.
Memorial de un testigo
I
Cuando Juan Sebastián comenzó a escribir Cantata del café,
yo estaba allí:
llevaba sobre sus hombros, con la punta de los dedos,
el compás de la zarabanda.
Un poco antes,
cuando el siñorino Rafael subió a pintar las cameranas vaticanas
alguien que era yo le alcanzaba un poquito de blanco sonoro
bermejo,
y otras gotas de azul virginal, mezclando y atenuando,
hasta poner entre ambos en la pared el sol parido otra vez,
como el huevo de una gallina alimentada con azul de Metilene.
¿Y quién les sostenía el candelabro a Mozart,
cuando simboliteaba (con la lengua entre los dientecillos de ratón)
los misterios de la Flauta y el dale que dale al Pajarero
y a la Papagina?
¿Quién con la otra mano, le tendía un alón de pollo y un vasito
de vino?
Pero si también yo estaba allí, en el Allí de un Espacio escribible
con mayúsculas,
en el instante en que el Señor Consejero mojaba la pluma de ganso
egandino,
y tras, tras, ponía en la hojita blanca (que yo iba secando con
acedera meticulosamente)
Elegía de Marienbad, anén de sus lágrimas.
Y también allí, haciendo el palafrenero,
cuando tuvo que tomar de las bridas al caballo del Corso
y echar a correo Waterloo abajo. Y allí, de prisa, un tantito
más lejos, yo estaba
junto a un hombre pomuloso y triste, feo más bien y demasiado
claro,
quien se levantó como un espantapájaros en medio de un
cementerio, y se arrancó diciendo:
Four score and seven years ago.
Y era yo además quien, jadeante, venía (un tierno gramo de ébano
corre por las orillas de Manajata)
de haber dejado en la puerta de un hombre castamente erótico
como el agua,
llamado Walterio, Walterio Whitman, si no olvido,
una cesta de naranjas y unos repollos morados para su caldo,
envío secretísimo de una tía suya, cuyo rígido esposo no consentía
tratos
con el poco decente gigantón oloroso a colonia.
II
Ya antes de todo tiempo yo había participado mucho. Estuve
presente
(sirviendo copas de licor, moviendo cortinajes, entregando
almohadones, cierto, pero estuve presente),
en la conversación primera de Cayo Julio con la Reina del Nilo:
una obra de arte, os lo digo, una deliciosa anticipación del
psicoanálisis y de la radioactividad.
La reina llevaba cubierta de velos rojos su túnica amarilla,
y el romano exhibía en cada uno de sus dedos un topacio
descomunal, homenaje frustrado
a los ojos de la Asombrosa Señora. ¿Quién, quién pudo engañarle
a él, azor tan sagaz, mintiéndole el color de aquellos ojos?
Nosotros en la intimidad le decíamos Ojito de Perdiz y Carita
de Tucán,
pero en público la mencionábamos reverentemente como Hija
del Sol y Señora del Nilo,
y conocíamos el secreto de aquellos ojos, que se abrían grises con
el albor de la mañana,
y verdecían lentamente con el atardecer.
III
Luego bajé a saltos las escaleras del tiempo, o las subí, ¡quién
sabe!
para ayudar un día a ponerse los rojos calzones al Rey Sol
en persona
(la música de Lalande nos permitía bailar mientras trabajábamos):
y fui yo quien en Yuste sirvió su primera sopita de ajos al Rey,
ya tenía la boca sumida, y le daba cierto trabajo masticar el pan,
y entré luego al cementerio para acompañar los restos de Monsieur
Blas Pascal,
que se iba solo, efectivamente solo, pues nadie murió con él
ni muere con nadie.
¡Ay, las cosas que he visto sirviendo de distracción al hombre
y engañándole sobre su destino!
Un día, dejadme recordad, vi a Fra Angélico descubrir la luz
de cien mil watios,
y escuché a Schubert, en persona, canturreando en su cuarto
la Bella Molinera.
No sé si antes o después o siempre o nunca, pero yo estaba allí,
asomado a todo
y todo se me confunde en la memoria, todo ha sido lo mismo:
un muerto al final, un adiós, unas ceniza revoladas, ¡pero no
un olvido!
porque hubo testigos, y habrá testigos, y si no es hombre será
el cielo quien recuerde siempre
que ha pasado un rumoroso cortejo, lleno de vestimentas
y sonatas, lleno de esperanzas
y rehuyendo el temor: siempre habrá un testigo que verá
convertirse en columnilla de humo
lo que fue una meditación o una sinfonía, y siempre renaciendo.
IV
Yo estuve allí,
alcanzándole su roja peluca a Antonio Vivaldi cuando se disponía
a cantar el Dixit,
yo estuve allí, afilando los lápices de Mister Isaac Newton, el de
los números como patitas de mosca,
y unos días después fui el atribulado espectador de aquel médico
candoroso
que intentaba levantar una muralla entre el ceñudo
portaestandarte Cristóbal Rilke
y la muerte que él, dignamente, se había celosamente preparado.
Sobre los hombros de Juan Sebastián,
con la punta de los dedos, yo llevaba el compás de la zarabanda.
Y no olvido nunca,
guardo memoria de cada uno de los trajes de fiesta del Duque
de Gandía, pero de éstos,
de estos rojos tulipanes punteaditos de oro, de estos tulipanes
que adornan mi ventana,
ya no sé si me fueron regalados por Cristina de Suecia o por
Eleonora Duse.
El gato personal del conde Cagliostro
Tuve un gato llamado Tamerlán.
Se alimentaba solamente con poemas de Emily Dickinson,
y melodías de Schubert.
Viajaba conmigo: en París
le servían inútilmente en mantelitos de encaje Richelieu,
chocolatinas elaboradas para él por Madame Sevigné en persona,
pero él todo lo rechazaba,
con el gesto de un emperador romano
tras una noche de orgía.
Porque él sólo quería masticar,
hoja por hoja, verso por verso,
viejas ediciones de los poemas de Emily Dickinson,
y escuchar incesantemente,
melodías de Schubert.
(Conocimos en Munich, en una pensión alemana,
a Katherine Mansfield, y ella,
que era todo lo delicado del mundo,
tocaba suavemente en su violoncelo, para Tamerlán,
melodías de Schubert.)
Tamerlán se alejó del modo más apropiado:
paseábamos por Ámsterdam, por el barrio judío de Amsterdam
concretamente,
y al pasar ante la más arcaica sinagoga de la ciudad,
Tamerlán se detuvo, me miró con visible resplandor de ternura
en sus ojos,
y saltó al interior de aquel oscuro templo.
Desde entonces, todos los años,
envío como presente a la vieja sinagoga de Ámsterdam,
un manojo de poemas.
De poemas que fueron llorados, en Amherst, un día,
por la melancólica señorita llamada Emily,
Emily, Tamerlán, Dickinson.
Joseíto Juai toca su violín en el Versalles de Matanzas
Cuando el niño Joseíto Juai tocaba el violín en el patio de la casa,
el gallito malatobo, el filipino, y el valenciano,
enarcaban sus cuellos y cantaban el quiquiriquí
de las grandes fiestas,
creyendo que había llegado el mediodía.
Dale que dale el niño, en su éxtasis,
entraba y salía sin cansancio de las melodías,
con el paso ligero de un enanito vestido de rojo
que corretea por el bosque y tararea
cancioncillas de los tiempos de Shakespeare,
y hace jubilosa cabriolas en festejo del sol,
porque él vive tan sólo de lo luminoso y lo diáfano,
y ama más que nada la luz convocada por el violín de este niño.
Cuando Joseíto Juai tocaba su violín, allá en el Versalles de
Matanzas,
las mariposas se detenían a escucharle,
y también las abejas, los solibios, los sinsontes clarineros,
el tomeguín comedido, y las palomas, ¡siempre las palomas!,
las altísimas y las grises, con ese cuello que tienen
tan cuidadosamente irisado por los pinceles de Giotto.
Cuando ese niño tocaba su violín,
la puesta de sol se hacía lenta, llena de parsimonia,
porque el Señor del Mediodía no aceptaba perderse ningún sonido,
y sólo se decidía a hundirse en la extensión del horizonte
cuando la madre tomaba de la mano al niño y le decía:
-“Ya está bien de estudiar, que va a enfriarte el relente de la
tarde;
deja por hoy tu violín: mañana volveremos a vivir en el reino de
la luz,
y volverá el gallito malatobo a cantar su quiquiriquí de gloria”.
(Magias e invenciones, Madrid, 1984).
Con Vallejo en París –mientras llueve
Metido bajo un poema de Vallejo oigo pasar el trueno y la centella.
“Hay bochinche en el cielo” dice impasible el indio acorralado
en callejón de Paris. Furiosa el agua retumba sobre el techo
blindado del poema. Emprésteme Abraham, le digo, un
paraguas, un cacho
de nube seca como el chuño enterrado en la nieve. Estoy harto
de no entender el mundo, de ser el pararrayos del sufrir, de la
frente al talón,
Alguien tiene que tenderme una mano que sea como un túnel
por donde al final no haya un cementerio. Dígame, Abraham,
cómo se las arregla para parir el poema que es ruana recia del
indio,
y es al mismo tiempo hombreante poema panadero, padrote,
semental poema.
Me cobijo, me enclaustro, me escabullo amigo Abraham en ese
parapeto
de un poema suyo donde se puede agüaitar, arriba, el paso del
hambre
que sale por el mundo a comerse gente carniprieta, a devorar
pobres y más pobres, requetecienmil pobres tiritando de hambre.
Oiga, Abraham, llamado César como un emperador de toga negra
y corona
de espinas, ¿cómo se las arregla para tristear sus poemas, si
nunca cesa
de llover miseria humana, y se nos tuercen todos los tacones
de los viejos zapatos, y el agua cala impiadosa los remiendos del
poncho?
Y qué risa me da que use usted nombre de imperial romano.
Usted
tendría que llamarse eternamente Abel o Adán, pero Abraham
está bien:
la mamacita de usted le llamaba Abrancito y le decía niño no
pienses tanto,
que en el pobre pensar no sirve para nada, pensar es sufrir más.
Oiga lo que le digo, Abraham:
tanta hambre paso en París que voy al Louvre a comerme el pan
y los faisanes
de un bodegón holandés. Le arrebato a un hombre de Franz Hals
un jarro
de cerveza y me harto de espuma. Salgo del museo limpiándome
el hocico
con el puño cerrado y digo ¿cuándo parará de llover en este
mundo, cuándo
en el techo de los pobres no rebotarán más piedras y lloverá maíz
en vez de luto?
Y agarro el bastón de Chaplin, me subo el cuello de la chaqueta y
salgo
en busca de un refugio, de un cobijo donde pasar lo que reste de
llanto.
Me siento a caminar por la tristura y vengo aquí al providente
amigo
a pedirle emprestado un jergón para echarme a dormir, déjeme
por un siglo no más un poema suyo, testicular semilla, antihambre
poema,
antiodio poema vallejiano, deme un alarido sofocado por miedo al
carcelero,
un alarido en quéchua o en mandinga, pero con techo y suelo
donde echarse a morir,
digo, a dormir, me contradigo, me enrosco, me encuclillo, vuelvo a
ser feto
en el vientre de mi madre; me arrebujo y oigo su rezongar andino
sollozante:
a París le hace falta un Aconcagua, y voy a lloverle a Dios sobre
su misma cara
el sufrimiento de todos los humanos.
Alguien dice carcasse
y yo digo esqueleto. Hasta de espaldas se ve que está llorando,
pero empresta
el refugio piadoso que le pido, y me echo a morir, digo, a dormir,
acorazado
por el poema de Abraham; de César, digo; quiero decir, Vallejo.
Nota:
Estos poemas de Gastón Baquero aparecen en el apéndice de la 5ª edición del libro Conversaciones con Gastón Baquero(Betania, 2019), que puede adquirirse en Amazon.
Para esta breve selección de poemas de Gastón Baquero, he usado principalmente dos antologías. Me refiero a Poesía completa de Gastón Baquero (Madrid: Verbum, 1998 y 2013) y a Gastón Baquero, la patria sonora de los frutos (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 2001), selección, prólogo, notas y compilación del apéndice de Efraín Rodríguez Santana. También he revisado otras dos antologías que merecen ser mencionadas: Gastón Baquero. Poesía completa, 1935-1994 (Salamanca, Fundación Central Hispano, 1995)- Edición a cargo de Alfonso Ortega Carmona y Alfredo Pérez Alencart, y Gastón Baquero. Palabra inocente. Antología poética, 1935-1997 (Madrid: Visor, 2017). Edición a cargo de Carlos Javier Morales. F. L.
Gastón Baquero (Banes, 1914 – Madrid, 1997). Poeta, ensayista y periodista cubano. Doctor en Ciencias Naturales e ingeniero agrónomo por la Universidad de La Habana. En la capital cubana colaboró en las revistas literarias Verbum, Espuela de Plata y Poeta, y fundó los cuadernos poéticos Clavileños. Vinculado a la generación de la revista Orígenes, en cabezada por José Lezama Lima, fue Jefe de Redacción del Diario de la Marina, uno de los más prestigiosos periódicos cubanos y académico correspondiente de la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba.
Se exilió en 1959 y, desde entonces, residió en Madrid, donde trabajó en el Instituto de Cooperación Iberoamericana y en Radio Exterior de España; además de ejercer como profesor en la Escuela Oficial de Periodismo. Como periodista fue asiduo colaborador de periódicos y revistas, tanto cubanas y españolas, como del mundo hispano.
La Universidad Pontificia de Salamanca publicó Celebración de la existencia. Homenaje internacional al poeta cubano Gasón Baquero (Salamanca, 1994) y la Fundación Central Hispano editó dos tomos con su obra poética y ensayística: Gastón Baquero: Poesía y prosa (Madrid, 1995).
Su poesía ha sido analizada en Lo cubano en la poesía (La Habana, 1958 y 1970) de Cintio Vitier, en Estudios de la poesía cubana contemporánea (Nueva York, 1967) y en Diez años de poesía cubana (Madrid, 1972), ambas de José Olivio Jiménez.
Luis Manuel Otero Alcántara, artista y activista independiente
Decenas de intelectuales y creadores dominicanos protestaron el martes, en carta abierta al embajador de Cuba en la República Dominicana, por el secuestro del artista independiente Luis Manuel Otero Alcántara, a quien el régimen castrista mantiene en el hospital habanero Calixto García desde hace ya más de una semana, incomunicado y a merced de la manipulación gubernamental.
«Otero Alcántara es perseguido por la única causa de exigir que su libertad para crear y opinar sea respetada, una causa que nosotros compartimos y apoyamos plenamente», citó la página Acento.com.do
«La organización no gubernamental de abogados Cubalex ha denunciado 50 detenciones y más de 15 arrestos domiciliarios en Cuba entre el 26 de abril y el 2 de mayo, vinculados directa o indirectamente con la huelga de hambre de Otero Alcántara», añadió la web.
Carta abierta al embajador de Cuba en la República Dominicana, Carlos Jesús de la Nuez López
Excelentísimo embajador:
Quienes firmamos esta carta somos intelectuales y artistas dominicanos que desde hace semanas seguimos con atenta y creciente preocupación la forma en que el Gobierno cubano ha tratado y trata al artista Luis Manuel Otero Alcántara. La actuación de las fuerzas policiales cubanas que entraron en su casa, lo tomaron preso, destruyeron algunas de sus pertenencias y secuestraron sus obras de arte es típica de los sistemas totalitarios, que no respetan las libertades de sus ciudadanos, y resulta tan inaceptable para nosotros como lo fue para el propio Otero Alcántara, quien se declaró en huelga de hambre y sed por esta razón. Pero se ha ido más lejos: nuevamente la policía cubana penetró en su vivienda durante una madrugada y, según afirma la prensa oficialista, lo trasladó a un hospital en La Habana bajo el pretexto de que pretendían suministrarle ayuda médica. Ha pasado una semana de este secuestro y las únicas noticias del artista son aquellas que emite el Gobierno a través de sus órganos oficiales, solo para denigrar a Otero Alcántara y asesinar su reputación. Con el debido respeto, no podemos confiar en esas informaciones, provenientes de medios donde no encuentran cabida la pluralidad de opiniones y la posibilidad del ojo crítico.
Nuestras preguntas son muy simples, señor embajador: ¿Dónde está realmente Luis Manuel Otero Alcántara? Si, como afirma la prensa bajo control del Gobierno en Cuba, que es toda la prensa admitida en el país, su huelga fue falsa, ¿por qué no se le permite abandonar el hospital donde supuestamente se encuentra? ¿Por qué no se permite que sus amigos y compañeros del Movimiento San Isidro lo visiten? ¿Por qué no se permite a Otero Alcántara conectarse a Internet e informar a través de las redes sociales y con sus propias palabras cuál es la situación?
Nosotros, artistas e intelectuales dominicanos protestamos enérgicamente contra esta manera de proceder, al tiempo que exigimos con todo rigor la libertad de Luis Manuel Otero Alcántara para que sea atendido, en caso de ser necesario, por un personal médico en el cual confíen sus familiares y compañeros. Otero Alcántara es en este momento un preso político cuya única causa ha sido exigir que su libertad para crear y opinar sea respetada, una causa que nosotros compartimos y apoyamos plenamente.
Quedamos a la espera de su oportuna respuesta, con el respeto que su alto cargo nos merece:
Máximo Vega Kianny Antigua Keysi Montás Jorge Pineda Rodolfo Báez Eduardo Gautreau De Windt Manuel García Cartagena Pedro Antonio Valdez Ibeth Guzmán Bismar Galán Rubén Lamarche José M. Fernández Pequeño Nancy Vizcaíno Néstor E. Rodríguez Arturo López Karma Davis Pérez Gramsci Guzmán Wali Vidal Jochi Muñoz José Levy Sole Fermín José Pión Lili Ayala Gipsy de los Santos Nancy Vizcaíno José Almonte Pery Jiménez Elka Díaz Tulio Augusto Feliz Alescar Ortiz José Peralta Adonis Montero Samuel Priego Luis Heredia Arturo López Karma Davis Pérez Gramsci Guzmán Wali Vidal Jochi Muñoz José Levy Sole Fermín José Pión Lili Ayala Gipsy de los Santos Nancy Vizcaíno José Almonte Pery Jiménez
El 11 de mayo de 2019 estaba presentando mi novela Aquí lo que hay es que irse, en la tertulia La Otra Esquina de las Palabras, de Joaquín Gálvez, en el agradable Café Demetrio en Coral Gables, Miami.
Recuerdo cómo, después de la presentación de mi libro que hizo Jose Hugo Fernandez, reseña que todavía me conmueve si la leo, entre aquel público de cubanos exiliados, yo defendía el hecho de permanecer en Cuba porque me sentía parte de un proceso de cambio, de un grupo de artistas que reclamaban una plataforma para el arte independiente. Parte de un país en tránsito.
Parece que un tornado arrasó con aquel optimismo y el título de esa novela cobra hoy una fuerza alarmante, a pesar de que ya no existe la ley ‘Pies secos, pies mojados’.
Pero quién sabe. Dicen que la luz está más cerca justo cuando el túnel es más oscuro e impenetrable.