La más noble demostración de amor

Tomamos una avenida ancha en San Francisco de Dos Ríos, pero no sabe justamente dónde podría ser, me pide que me vaya fijando y le avise si veo un anuncio de motel, esta es la calle de los hombres locos, comenta, porque ellos van hablando solos mientras manejan, la mujer va oculta, invisible para los transeúntes, se desplaza despacio, y al fin en el umbral de una curva está el anuncio,  y ahora valdría escribir el carro serpentea —como en las novelas manidas— porque pasando la entrada son como sierpes las callecitas entre las hileras de habitaciones en bloques, gira, avanza recto, derecha, izquierda, vuelta en redondo, una lomita, va suave buscando una puerta de garaje abierta que indique habitación disponible, no se ve ninguna, parece que los ticos igual son fornicadores domingueros clandestinos, busca hacia el fondo, avanzando junto a una hilera se ven dos abiertas, ya corta para la 34 pero le pido que no, que retroceda, ese número me cae mal, mejor la otra que se ve allí, la 39, arruga la expresión, «ahora resulta que es usted cabalístico», dice, clava reversa, casi salta, entramos, me indica que le dé hacia abajo a la puerta del garaje, de metal corrugado, reluciente, un recibidor, una mesa pequeña, dos sillas, un búcaro con flores naturales, ceniceros, al fondo una ventanita a media altura con un dibujo que indica que por ahí pasan el pedido, a la derecha una división y después la cama, una mesa de noche a cada lado de la cabecera, un teléfono en una, frente a la cama la cómoda de vasto espejo, junto a la cómoda la puerta del baño, suena el teléfono, ella responde, cervezas Bavaria, ron Montilla, preservativos Innotex franceses, lo último en su género, olorosos, engrasados, de tanta naturalidad como si el hierro estuviera en limpio, me explica, descorro las sábanas, oprimo un botón a un lado de la cabecera, brota el ruidito en la pared divisoria, empieza a brotar el aire, oprimo otro cerca del primero y suena la música, romántica, me miro en el espejo, tengo ojeras delatoras de mis largas noches y mis largos días, me contemplo, aprovecho: nunca me miro en un espejo grande, allá no tengo, suena un timbre, va hacia el recibidor, me pide que la ayude: par de bandejas con las cervezas, media botella de Montilla, una cubitera con los trozos de hielo pequeños, desbordada, sobres de preservativos, el tique, toma dinero de su bolsa, que antes había situado sobre la cómoda, va y regresa, avisa que apagará la luz y le digo que no, alega que basta con la que penetra por una luceta encima de la cómoda, le insisto que no, dice que va a asearse mientras con un gesto se apunta a la entrepierna, oh, no, Carmencita, debe estar al natural, venido del ajetreo mundanal, del fragor del día y de la calle, aseado pierde el encanto, pierde su aroma redentor, pierde lo fundamental: su espíritu, mejor, Carmencita, permanezca de pie ahí mismo donde está, me desarropo, me acuesto boca arriba mirándola, le pido que así, de pie, se desnude,  luego de seis o siete negativas y frases de pesar y la proclamación del pudor, la vergüenza, consiente, comienza, continúa y se me ocurre que estoy admirando el estriptis de una paloma, desnuda en el mismo sitio después de vencer el escollo del pantalón y el pulóver ajustadísimos más el blúmer mínimo y ligero, la ausencia, madre santa, del sostén, todo en el piso, parece la estatua tamaño natural de una mujer pequeña, resplandeciente, le pido que no se mueva, la miro desde la cama, desnudo, bebo del vaso de cerveza en la mesita de noche, si fuese a escribir un poema sobre sus senos podría empezar: “eran dos pequeños veleros blancos en busca del Descubrimiento…”, aunque, en realidad, no son muy pequeños, deben andar rozando la medida 36, de un blancor tal vez más fulgurante que su cuerpo todo, y enhiestos, enhiestos, qué sensacional se ve desnuda, ideal para una foto de portada de esas revistas de arte, se acerca, se sirve ron con hielo, pone el vaso en la mesita de noche,  se acuesta, susurra que jamás imaginó que pudiera ocurrir lo que está ocurriendo, besa, suelta, atrapa, comprueba la tensión, lo chinea como a un niño y elogia que yo resista sus tantos ires y venires sin pasar al ataque, me besa desde la entrepierna hasta la boca y busco la acritud excitante del fondo de su boca pero me domino para que ella continúe su renacer después de veintidós meses, su lengua me recorre como una multitud de flechas romas atacando por los flancos y centros y caídas y levantes, la boca no se detiene, me produce la sensación al mirarla que siente, la boca, una gran pena o alegría, los ojos grandes, redondos, oscuros me envían una mirada desde el asombro de quien parece reclamar el milagro o la muerte, se alejan y regresan a mirarme de igual manera,  beso sus pómulos, su nariz de suave, eurítmico declive, su boca lacrimosa y su lengua multiplicadas hallan mi cima y allí puntean ligero y suave y gime ella de embate en embate y ahora sí me resulta imposible soportar impávido el efecto en mi eje de su acometida, y gime ella, gime, mi izquierda busca su trasero, lo giro, lo encuadro, lo sitúo en el sitio justo y le devuelvo el gesto, es decir, le dedico la ofrenda, la más noble demostración de amor, de fe en el amor, mientras ella realiza el sinónimo en el otro extremo y ahora se acerca al grito por mi labor rasando un borde arriba, el otro abajo, buscando el centro, hundiendo mi lengua hasta el fondo, intermitiendo en el clítoris y escabulléndome hacia las periferias, volviendo al clítoris, libando, barriendo todo el paraíso y regresando al clítoris y barriendo de nuevo y otra vez a los bordes y la succión total que estremezca sus ovarios, y ella en el otro extremo en igual batalla me atruena por el mismo centro y me incita a devolver con más vehemencia y precisión y ella viceversa, es el más divino y altruista de los actos carnales, me cae su trasero contra la cara y mi nariz se adentra en su vagina, se empapa mi rostro con sus jugos cuando estalla su orgasmo de clítoris, se derrumba su cara entre mis muslos, solloza, se desvanece, la abrazo por lo alto de las nalgas, listo para el movimiento de término, pero no, por favor, no, sin preservativo, Carmencita, el preservativo es el globo con que engañan a los niños grandes, “pero es que yo no me planifico, podría quedar embarazada, ¿no?”, tartamudea, pues no, no, Carmencita,  colocarme en este lance tan especial un Innotex sería como cometer un crimen, la repaso con mi boca desde esos piecitos hasta la cabellera, regreso y beso la nariz angélica, los pómulos Van Gogh, los ojos grandes, oscuros, redondos, los dientes, sus incisivos derechos montados, se levantan sus caderas, se siente el vapor, mete envión a un lado y está ahí, debajo de mí, perdida debajo de mí, la siento debajo de mí como un breve haz de yerba que se incendia, tanteo, ella me mira desde el extrañamiento, mi lengua en busca de su campanilla y entonces me espasmo cuando siento que esa acritud del fondo de su boca será el surtidor de la nostalgia cuando haya quedado en la distancia, debe pensar que ya, que ahí viene el metrallazo que hará estallar eso que el poeta ha llamado el portón de la gloria, pero mi lengua redobla en sus pezones y de tal modo gime que si no resultaran fuertes y bien cerradas las paredes, su voz se escucharía en la calle, cuando mi boca succiona y mi lengua lame la densidad antes presentida de sus senos, adelante, ya por favor, implora, mirándome rebosados de llanto sus ojos redondos, grandes, oscuros, bebo, bebo en ellos y en el óvalo de su cara, y me arqueo para equiparar las estaturas, busco centro, y ya así, le pido que sea ella, y entran sus manos entre los vientres, se abre, levanta las piernas, ubica, comprueba, y me dejo caer suave y dice ahhh ahhh ahhh y murmulla quedo y explosiona desde su vagina el aguacero súbito que arrasa testículos, pelvis, muslos, sábanas, y siento un jalón descomunal y a seguido inunda sus adentros mi fiebre acumulada en tantos días, orgasmos al unísono que nos pasan de seres humanos a jugos humanos, «pude como cinco veces», dice su violín junto a mi oreja.


Fragmento de «Serás comunista, pero te quiero» / Novela / 1989                                                                  

Artículo anterior‘Efluvios’ en Viernes de Tertulia
Félix Luis Viera
(El Condado, Santa Clara, Cuba, 19 de agosto de 1945), poeta, cuentista y novelista, es autor de una copiosa obra en los tres géneros. En su país natal recibió el Premio David de Poesía, en 1976, por Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia; el Nacional de Novela de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1987, por Con tu vestido blanco, que recibiera al año siguiente el Premio de la Crítica, distinción que ya había recibido, en 1983, por su libro de cuentos En el nombre del hijo. En 2019 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura Independiente “Gastón Baquero”, auspiciado por varias instituciones culturales cubanas en el exilio y el premio Pluma de Oro de Publicaciones Entre Líneas. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo retoma la narrativa fantástica en su país; sus novelas Con tu vestido blanco y El corazón del rey abordan la marginalidad; la primera en la época prerrevolucionaria, la segunda en los inicios de la instauración del comunismo en Cuba. Su novela Un ciervo herido —con varias ediciones— tiene como tema central la vida en un campamento de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros. En 2010 publicó el poemario La patria es una naranja, escrito durante su exilio en México —donde vivió durante 20 años, de 1995 a 2015— y que ha sido objeto de varias reediciones y de una crítica favorable. Una antología de su poesía apareció en 2019 con el título Sin ton ni son. Es ciudadano mexicano por naturalización. En la actualidad reside en Miami.