Destapando truenos

A propósito de La que destapa los truenos, obra de José Hugo Fernández sobre la poesía de Lídice Megla, Editorial Dos Islas, Miami, 2022.


La editorial Dos Islas, de Miami, acaba de publicar La que destapa los truenos, un libro de José Hugo Fernández dedicado al estudio de la obra de la poeta Lídice Megla. Al mirar el objeto libro, y más específicamente a su exterior diseñado por la poeta y editora Odalys Interián, que también lo prologa, lo primero que se ve es muy acogedor y, a la vez (si se mira de forma más inquisitiva), inquietante: Un paisaje de pinos entre la nieve y, dominando el centro, la poeta, que parece apoyada (y he aquí lo “inquietante”) en un tronco medio inclinado que abre en lo alto, como si suplicara, los flejes huesudos de sus ramas; la poeta, digo, está ahí como atrapada en un paso de baile que contrasta con el rígido cadáver del árbol y, en cierto modo, con la totalidad apacible que la envuelve. ¿Podría funcionar (la foto, digo) como una metáfora de este libro y, en general, de la obra de Lídice? La respuesta, por supuesto, está en la lectura, tanto de la poesía, como del profundo, ameno y didáctico texto que el autor le dedica. Porque puede asegurarse, para empezar, que eso —desentrañar esa paradoja—, es lo que Hugo intenta en este, el tercer libro que destina al estudio de la obra de un autor. (Antes se ocupó  de la poesía y la narrativa de Félix Luis Viera[1]  y, después, de la poesía de la poeta y editora Odalys Interián[2]. )

Para hacerlo, Hugo se vale como siempre de una prosa ágil y perfecta en la que su erudición no oscurece, sino, por el contrario, aporta información y reflexiones que ayudan a entender el modo con el que se debe encarar la lectura. La naturalidad de sus ideas y de sus referencias comienza desde las primeras líneas. Cito:

“Soga por la que sube el náufrago. Eso fue aquel libro para Lídice Megla, la exquisita poeta que aún no sabía que lo era. Tampoco supo que sería su Shungita (luz para el aura), ni que justo para darle vida, algún hado quizá o la concurrencia de azarosos eventos la llevaron a Nanaimo, en Vancouver Island, Columbia Británica. Isla donde salvaguardar la isla de su fuero interno”. (P. 17, § 1).

Y ya estamos dentro. Y enseguida queda claro cuál será el procedimiento que seguirá. Para que se comprenda, tomemos este ejemplo: la descripción de los primeros pasos como poeta de Lídice. Hugo no solo transmite sus apreciaciones en relación con los primeros textos de la poeta, sino que hace además lo más ortodoxo si cabe: le da la palabra. Es decir, coteja la obra en cuestión, sus opiniones personales y la visión de la propia autora sobre lo que hace; una tríada que permite: 1) visualizar con citas muy pertinentes parte del modo y del sentido de la poesía objeto de estudio, 2) atender las reflexiones que aporta él en cuanto autor, y (para establecer el contraste justo) 3) escuchar las interesantes consideraciones de la poeta. De modo que el lector, una vez completado ese triángulo —con todos esos elementos—, esté en condiciones de formarse un criterio íntegro, previo al conocimiento directo de la poesía en cuestión. Esto en referencia solo al  lector que la desconoce. Para el resto queda abierto el debate.

Y eso se repite acertadamente (puesto que de un procedimiento se trata)  en todos y cada uno de los