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Pen de Escritores Cubanos en el Exilio denuncia represión en Cuba

A punto de conmemorarse el primer aniversario de las protestas realizadas el 11 de julio de 2021 en Cuba, el PEN de Escritores Cubanos en el Exilio denunció este jueves la represión contra los manifestantes durante el último año.

A continuación la nota:

En estos momentos se están realizando juicios contra cientos de manifestantes, incluyendo a varios menores de edad. Recientemente, el artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara y el músico Maykel Castillo Pérez (Maykel Osorbo) fueron condenados a 5 y 9 años en prisión respectivamente por ejercer su derecho a la libertad de expresión. Muchos otros manifestantes han sido condenados a cumplir décadas en prisión por la misma razón, defender su libertad.

Estos juicios representan solo uno de los métodos represivos en contra de la libertad de expresión implementados por la dictadura castrista, encabezada y gobernada por Raúl Castro Ruz detrás de la fachada de Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Desde el 11 de julio de 2021, varios escritores y artistas cubanos, incluyendo a Hamlet Lavastida (artista), Katherine Bisquet Rodríguez (poeta), Tania Bruguera (artista), Denis Solís (rapero), Yunior García Aguilera (dramaturgo), Carolina Barrero (historiadora del arte y profesora), Esteban Rodríguez (periodista), Héctor Luis Valdés Cocho (periodista) y Anamely Ramos González (curadora de arte), han sido desterrados a la fuerza por la dictadura cubana en violación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

A un año de los hechos del 11J, recalcamos nuestro compromiso con defender la libertad de expresión en Cuba y nuestro apoyo al pueblo cubano que demostró una vez más sus ansias de libertad. Exigimos la liberación de todos los presos políticos y de conciencia y condenamos las tácticas represivas en contra del pueblo cubano, incluyendo el exilio forzoso.

Sobre el PEN de Escritores Cubanos en el Exilio: Fundado en Miami en 1997, el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio es miembro de la red de PEN Internacional. Su fin es promover la libertad de expresión en Cuba y alrededor del mundo, misión que heredó del PEN Club de Cuba fundado en 1945 e ilegalizado por la dictadura castrista.


 

El libro de Enrique Patterson

Enrique Patterson en el Festival Vista de Miami (foto de Elsa Socarrás)

Le llamo el libro de Enrique Patterson porque en él el profesor Patterson toca casi todos los asuntos esenciales que le apasionan, a él y aún a millones de cubanos y humanos en este tercer milenio de activismo digital y democratización informática: La literatura, la poesía, la política, la nacionalidad, la identidad, el racismo, el “castrianismo”… Incluso la intrahistoria de ese raro país llamado Cuba.

Como muchas sensibilidades superiores, Patterson (Holguín, 1950) tiende a la introspección y la espontaneidad. De ahí que constituya un desafío reunir, para imprimir, sus ensayos e investigaciones. Este es uno de los valores de La soledad histórica (Eniola Publishing, 2021): comienza a establecer un orden para la obra dispersa de uno de los más incisivos pensadores contemporáneos.

Cada uno de los nueve ensayos que conforman el volumen respira por sí mismo, diversificando una dinámica no exenta de interacción. En este sentido es de agradecer el inteligente manejo editorial de Reynaldo Fernández Pavón, enriquecido por la encomiable investigación de Miriam Rodríguez y el agudo prólogo de Alfredo Triff. El libro ya está disponible en Amazon.

La soledad histórica, como apunta Triff, “es un ensayo atrevido y expansivo”. Su autor, pongamos por ejemplo, da la cara a una pregunta dura entre varias no menos desafiantes: “¿Por qué el negro se traga el cuento de la Revolución si ya había una voz con una historia desde sí mismo?”. En su condición de pragmático, añade el prologuista, en este libro “Patterson evita optimismos ilusorios y pesimismos recelosos”.

Sobre el “castrianismo” dice Patterson: “La Revolución aparece como portadora de una ideología religiosa. Piénsese en el siguiente lema: ‘¡Como sea, donde sea y para lo que sea, comandante en jefe, ordene!’, y se verá que sería perfectamente intercambiable por este otro: ‘Castro es la verdad, el camino y la vida’”.

Sobre la nacionalidad: “A partir de 1959, por primera vez en la historia republicana observamos el asentamiento continuo y cuasi definitivo de parte de la nación en el llamado ‘territorio enemigo’. Si el régimen colonial y las anteriores dictaduras republicanas crearon exilios políticos, el castrismo ha propiciado enclaves y la trans-territorialidad de la nación”.

Y sobre Fuera de juego, de Heberto Padilla: “En este juego carente de ingenuidad, suicida, al borde de la navaja, entre un autor falso pero armado y todopoderoso y otro verdadero, pero sin más recurso que la desnudez de la palabra y el valor de ejercerla a cualquier precio, aparece la heroicidad del libro”.

Podría citar cientos de ejemplos, una cantidad similar a la de las páginas impresas por Eniola, para intentar resumir el espíritu de este ensayo medular, como muchos libros en un libro. Termino con esta cita compuesta, de lógica tajante y sabia comprensión:

“La historia de Cuba puede leerse como el conflicto de dos proyectos de nación no cuajados … El intento de reconocer la identidad sobre la base de abstracciones que eliminan las disparidades en aras de un objetivo común –si leemos el desarrollo posterior de la historia cubana–, es esencialmente peligroso”.

1981: Siendo profesor de Filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de la Habana, Patterson es arrestado por la policía política y expulsado de su cátedra. Se le prohíbe educar a sus compatriotas. Amnistía Internacional lo declara perseguido de conciencia.

Desde la disidencia pública, Enrique Patterson fue uno de los creadores de la Corriente Socialista Democrática (1991) y presidente del desaparecido Instituto de Estudios Cubanos.


Reseña perteneciente al número 18 de la revista Puente de Letras

Puente de Letras 18, edición dedicada a Aurelio de la Vega

Ya en circulación el número 18 de la revista Puente de Letras, publicación del proyecto Puente a la Vista con Dossier al cuidado del escritor y editor Manuel Gayol Mecías, dedicado al gran compositor de origen cubano Aurelio de la Vega, recientemente fallecido en California.

Aurelio de la Vega, apunta Enrico Mario Santí en el Dossier, fue un brillante compositor «cuyas innovaciones en música clásica, casi siempre adquiridas por su cuenta, pero con la ayuda de generosos mentores, amenazaba al provinciano contexto musical cubano. Nuestro príncipe habría heredado un reino de notas musicales y estudiantes ávidos de entrenamiento. Pero cuando una horda de bárbaros arrasó su país, al príncipe lo acosaron con represalias gratuitas. La última revolución quería eliminar a su compositor más revolucionario. Y cuando los mismos bárbaros dictaminaron que De la Vega, junto a muchos otros artistas, no podían satisfacer sus opresivos intereses, empezaron a prohibir su música. Daño más cruel no es concebible que prohibirle a un pueblo acceso a la obra de sus artistas».

Además de los textos del propio Santí, este número agrupa trabajos de Abel Germán, Amanda Rosa Pérez, Amir Valle, Ana Rosa Díaz, Ángel Marrero, Armando Añel, Jesús Hernández Cuellar, José Hugo Fernández, José M. Fernández Pequeño y Rafael Vilches.

La publicación cuenta con secciones de crítica literaria -textos sobre libros de Reynaldo Fernández Pavón, Odalys Interián, Lídice Megla, Enrique Patterson y Félix Anesio- y espacios para el ensayo y la narrativa, con una extensa entrevista a propósito de la aparición del volumen Habana 500 aniversario, de Andrés R. Rodríguez.

Para leer la revista gratuitamente, clic sobre el siguiente enlace:

Puente de Letras No. 18


 

Del brujo al científico

La intelectualidad nació en Europa medieval a partir de una semilla católica, humanista, “revolucionaria”. El ser humano de cerebro cabalgante, corcoveante y poderoso, es un resultado de milenios de uso de las manos y de coordinación mediante la palabra y la acción en la partida de caza. La sinergia fue milagrosa, enérgica y emergente. Ocurrió mediante miles de años de artesanía y convirtió al ser pensante en un “producto” excelso de la civilización. Excelso, pero defectuoso y vulnerable. Muy a merced de los terremotos sociales y naturales, cuando lo culturalmente más excelso es lo primero que se tira por la borda en la guerra y en periodos de crisis, y lo más cuestionado en círculos pensantes.

Lo anterior explica por qué luego, raíz, tronco y las ramas más gruesas de la intelectualidad han tendido al pobrismo, al buenismo y a ser dinamiteros de la propia cultura. No es extraño que a la intelectualidad le cueste tanto desprenderse de sus mitos fundacionales. Y estos abrevan siempre en el origen pobre e igualitario.

Es extraño con el intenso fulgor de odio-amor que el ser humano manual mira al cerebral. ¡Cuántas veces un vil y tosco pelotón de soldaditos ha cercenado la vida del sabio! ¡Cuántas veces el tosco labriego o la porcina masa medieval han incinerado en hogueras a visionarios, excepcionales, adelantados!

Por lo general ha habido dos grandes tendencias en el pensamiento occidental, como si pretendieran recorrer el mundo por dos senderos. Llamémosles el de las artes-humanidades y el de las ciencias-ingenierías. Es enorme el divorcio entre estos dos pensares, decires, haceres, su manera de concebir la sociedad y su propiocepción (como perciben su papel dentro de los grupos humanos).

El arte tiende al ensueño, al vuelo, a ver el universo en verso. Cuando lo maneja un verdadero creador, logra obras que sintetizan y mejoran lo humano. Los primeros artistas parecen haber sido a la vez brujos.

La ciencia tiende a la fórmula. Es un fenómeno social reciente, aunque hay intentos de vuelo científico desde hace miles de años. La ciencia tiende a ascender por etapas, integrando conocimientos en concepciones, proyectos e ingenios, mapas, algoritmos. En su creatividad, sin embargo, hay algo de brujería y mucho de arte.

En sociedades de relativo poco nivel evolutivo (comunismo primitivo, esclavismo, comunismo cristiano, socialismo inca, feudalismo europeo), las expresiones artísticas eran religiosas, y casi exclusivamente la manera en que la cultura miraba los dogmas religiosos. Las ciencias estaban en estado embrionario. Pero cuando ya la tecnología deja de reptar a la velocidad de los martillazos de un herrero, surgen toda una serie de inventores, científicos e ingenieros, que van creando cuerpos de conocimientos que aumentan notablemente la productividad en fábricas y en la economía en general.

Hoy es la Ciencia-Tecnología la columna vertebral de la civilización. Tanto brujos como artistas aún creen tener algo que aportar. Y lo hacen.

Las manos odian al cerebro

Carlos Marx pretendió que el ser humano que trabaja con las manos es el que está destinado a ser el constructor del futuro. En una lectura de la historia humana, nada más inexacto e improcedente. Fue uno de los intelectuales que con más inquina acusó de brujeros a los intelectuales, y los dejó preparados para todo tipo de persecusiones, acusaciones, degradaciones desde los predios de las masas aldeanas, artesanas, manualeras.

Sus planteamientos absurdos eran muy convenientes a movimientos obreristas y a las intrigas posteriores de las Internacionales Comunistas, servicios secretos rusos, chinos y todo el que pretenda dinamitar Occidente desde su historia.

Luego de las evidencias que Jrushchov tuvo el valor de develar en 1953, la intelectualidad mundial no rectificó claramente sus concepciones. El veneno intelectual no fue extraído del cuerpo social. La intelectualidad occidental, obtusa y tozudamente, apenas rectificó algunos grados el ángulo de sus consideraciones. ¿Cómo es posible esto?

Somos esencialmente seres prospectivos. Con cerebro y alma hemos ido emergiendo desde el polvo y fango de los eones, para pretendernos como criatura arbolada con algo más que sensorialidad animal. Ello lo asume de manera primitiva e individual el brujo tribal, luego por milenios lo enarbola la intelectualidad artística-humanista, y hoy además eso se estructura sistémicamente en el complejo modular científico-tecnológico, cada vez más coherente y planetario, construido por partes como nunca antes había ensamblado nada el Homo sapiens.

En la partida de caza, eran el grito y el gesto los que nos sincronizaban; ahora, es el método y las leyes científicas. Aunque parte de la civilización depende del grito y del gesto, las artes, la educación concreta, el plano repetible de científicos e ingenieros. Pero nunca está de más la licencia de las humanidades.

El brujo angustiado

En realidad, todos y cada uno de los seres humanos normales tienen adentro algo que los impele en mayor o menor proporción a creer que: ¡Yo puedo reordenar el entorno! ¡Mi mente es capaz de ordenar el aquelarre social! ¡Yo soy capaz de reordenar el mundo! Si ello no es decantado o cribado con la duda sistémica o cartesiana, el pensamiento puede llegar a ser bastante turbio y hasta conducir a comportamientos que serían de pura arrogancia intelectual. Ese es el caso de los grandes dictadores, que no solo exponen sino también imponen sus ideas, con discursos encendidos, pero también con cimitarras, jenízaros, camisas pardas, SS, brigadas de respuesta rápida y comunas.

En algunos intelectos, políticos y artistas, esa cuota de arrogancia intelectual que no es escardada por el Método Científico puede llegar a ser patológica. Las culturas que no tienen defensa para estas patologías suelen ser desmontadas desde adentro. El proponente puede constituirse en un verdadero biocida (a veces genocida) que, en nombre de la vida, el progreso o su sagrada verdad, dilapide, asesine o subyugue.

Este es claramente el caso de Stalin, el Hombre de Acero, que en realidad era un hombre de acción e intrigante (un hitman) que se consideró a sí mismo el brazo ejecutor de la dictadura del proletariado. Ello le costó más de 40 millones de vidas a los soviéticos, incluyendo sus mejores intelectos.


 

El arte es la vida: El flujo en la técnica de Adrián Morales

“El Ojo del Cielo. Síntoma Satelital” (Imaginería Mejorada, Tecnología Inversa), 2020. Tinta y Acrílico sobre lienzo. 70 x 100cm.

Una fiesta de las formas y la imaginación que arranca en la fluidez de la simbiosis creativa. Así puede definirse, en principio, la pintura del multifacético Adrián Morales (AdriáNomada), cuya trayectoria artística abarca asimismo la música y las letras.

“Procuro vivir en flujo, y no sufrir en cada obra la herencia ilustrada en la Bohemia del artista doliente, viviendo el déficit permanente entre su sueño y su ideal realización”, apunta Morales sobre su obra.

Se trata de volver cada acto “una celebración ritual, una fiesta terapéutica y autocurativa de la gnosis, daath o conocimiento”. En cambio, “si no tienes el instrumento preciso o la pintura debida, entonces cualquier imaginación/inspiración estaría condenada al fracaso, a frustrarse o no ser posible”.

El lema asumido por este artífice de la imagen y el color: Haz con lo que tienes, sin idealismo, volviendo a lo real, a lo posible ahora y aquí (Artibus Pragma). “Así ninguna idea queda sin cobijo”.

A veces se trata de apuntes “(manuscritos, book-object) que luego esperan su momento de ser desarrollados, enriquecidos o ampliados de distinta manera”, explica el artista de origen cubano. “Obra que nace en un cuaderno pequeño de viaje (a veces no como boceto sino ya como obra misma) que luego gana otros espacios en otros soportes, otras exploraciones, otros formatos. Pues además de pensarse conceptualmente, has de pensar también en la materia, en la forma, y que siga creciendo como principio hasta encontrar distintas maneras ad-hoc, cada vez más ingeniosas, para manifestarse objetual y materialmente sin parálisis”.

AdriáNomada resume: “Con ello triunfa el desprejuicio contra cualquier (pre)condicionamiento y ampliamos ciertos grados de libertad creativa. Sea como fuese, debe aspirar a maximizarse, y ser una gran obra de respuesta audaz, ingeniosa, técnicamente resuelta con la mayor maestría profesional posible, sea con carbón sobre un trozo de papel o tiza sobre un muro de la ciudad”.


Citas del libro/catálogo InGenio… Deus ex-Machina, de Adrián Morales

Miami: La obra de Morales en exposición (cortesía: Ayleen Campbell): https://brickellartsgallery.com/

Agradecimientos al Equipo de Estambul:

-Ferit Raad (artdealer)
-Gizem Tatlici Art Gallery (curadora)
-A la propuesta e iniciativa de Mahpare Tanin, abogada, productora y representante

“El talento y nuestra gracia no nos fue dad@ para llegar más lejos y más alto, sino más acompañados, más juntos y en armónica complicidad”. Adrián Morales


 

Ana Rosa Díaz: Recapitulación

La miseria estuvo siempre, agazapada debajo de los ojos, debajo de la piel de mis coterráneos, en la muesca de mis compañeras del 89, cuando el río era una escapada hacia la sangre, una fiesta de hormonas infelices que comían chícharos cada mes. Aún no éramos especiales y yo mordía el cabo inexistente de mi cepillo dental, trucaba palabras para defender mi sombra de las huestes malintencionadas que rompían taquillas, cepillos, tazas sanitarias, escobas, libros, reputaciones, y llevaban a los débiles rumbo al suicidio.

La miseria estuvo siempre y el muro estaba intacto.

La miseria tenía algunos años en letras romanas afincando la parte superior de los cuadernos.

Y cada pauta ejemplarizante en el corral se hacía más estrecha, y las mentes adaptadas a las pautas, y las carreteras más estrechas, ya veredas, ya caminos, ya trillos por donde solo cabía una ideología.

Cuando el muro cayó, las máscaras se difuminaron por los aires, crecieron las chantas en las fauces del estrado y el caimán durmió una siesta en medio del sobresalto. Yo mastiqué latex, tú masticaste látex, él masticó látex, ella masticó látex, nosotros masticamos látex, ellos… ellos masticaron la fibra tierna de la prohibición, chorrearon las preocupaciones del rebaño y permitieron que las gomas se convirtieran en la planta de los pies, el rostro de la miseria miraba hacia el mar, siempre al mar. Entonces el oleaje era cómplice del alma, mientras los mariscos se derretían en las fauces de la cúpula y los peces huían despavoridos hacia los grandes hoteles.

Millones de gritos emergían de las profundidades marinas, con tormenta, sin tormenta, miles de voces acuciaban la llegada al monstruo, otras voces estrellaban su indignidad en las paredes de la humildad, abasteciendo sus karmas en el cinismo de los insufribles.

Y fuimos testigos de la magia que convertía objetos en comida, trastes en vehículos, amor en interés. Y la capital se llenó de muescas orientales, de muescas llenas de sueños y necesidades, que confundían sus lenguas junto al malecón. Animales extraños y jocundos barrieron con las muescas más jóvenes a cambio de un jabón de tocador.

La miseria estuvo siempre, esquizoide y gestante, pariendo nuevas miserias cada vez. Con los ojos llorosos, mendigando.

Con el corazón descarrilado y loco.

El caimán es un bostezo sin fin. Languidece bajo la guillotina del subrrealismo, la mentalidad de los muñecos. Guante, marotes, cartuchos, digitales, esperpentos, con varillas, parlantes, peleles, mimados, planos, de mesa, de piso, de agua, sombras chinescas…

Todos por el trillo de la perdición, la beligerancia, la envidia.

Cierto día ¡un, dos, tres, alé! Y brotaron los ángeles. La calle resplandeció, la calle fue testigo de la explosión desatada en cada puerto.

Una canción desesperada surgió de las vidrieras, del absurdo, de las filas de la inseguridad, del hambre y la imposibilidad de andar a pie sobre un caimán inerte, atormentado. Un caimán vacío y roto. Con el rostro desgarrado, obscuro. Devastado por un cáncer antiguo y violento.

Pronto cortaron las alas a los Ángeles. Los héroes murieron otra vez. Los mataron tras el vidrio, saturaron sus rostros de mentiras. Mentiras que creyeron los idiotas desde la tiniebla de los barracones.

La miseria ha estado siempre en todas partes, y en el centro de mi casa.


Ana Rosa Díaz Naranjo. Poeta, narradora, artista de la plástica y actriz. Graduada de Lengua Inglesa. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Pasos en el borde (Editorial Sanlope, 2003) y Otra vez el cielo (Editorial Negro sobre Blanco, 2013) y las novelas El Hueco (Ilíada Ediciones, 2019) y Rani y la charca misteriosa (Editorial Primigenios, 2020). Textos suyos han sido publicados en antologías y revistas en Cuba y el extranjero.


 

Dos poemas de Rodrigo de la Luz


Del desasosiego y la emancipación

¿Ves ese pájaro que colma tu paciencia?
Es un signo sin límites
para atrapar el tiempo en los océanos.

Ese pájaro preso, que traes en la mano,
es un espejo de talego y habitáculo.

Él te ha apresado a ti:
Eres su víctima y su victimario.

Es la emboscada del coro
que crece en la penumbra,
es ese canto ambiguo y entusiasta
que crispa tus sentidos:
el eco de las bocas contra el muro.

El parecido entre ambos es notable.
Traes el gesto
que secretamente le has copiado,
su cántico gastado, penitente,
su agitado y hambriento manoteo.

Prepárate para la fuga inevitable,
para cierto abandono anticipado,
para ese silencio que tú mismo atrajiste
mirando lo que tu capricho no alcanzaba.

Busca un lugar seguro.
Presta atención al aullido del viento.
Has encerrado demasiada energía
en un cuerpo sonoro, pequeñísimo.

Alístate para lo intrépido del éxodo.
Una bandada emigra y te libera…

Sobre ninfas y alimañas

En la húmeda selva
los alacranes
señalan a la ninfa
que van a devorar.

Uno de ellos se acerca
con sus pinzas…

El oscuro animal
cercenará lo rosado
de sus labios,
su cuerpo sibarítico, perfecto,
su candor excesivo.

Será un ataque nocturno,
solitario, silencioso…
no olvidará
el más mínimo detalle.

Ese pequeño aguijón
se precipita,
aniquilando la amarillez
de los limones.

Graba su nombre
en el paisaje inhóspito,
desapacible, fatalísimo.

Ahora la ninfa
es dinero encontrado,
bailarina en camisa de fuerza,
ganado agujereado por la tribu.

Solo un milagro la devolverá,
intacta e inocente
a sus encantos.


Rodrigo de la Luz nació en 1969 en Villa Clara, Cuba, y estudió teatro en la Isla. Es pintor, escultor y escritor. Ha publicado, entre otros, los poemarios Mujer de invierno (2002), Poesía viva (2008), Mío mundo ( 2010) y La luz que se prolonga (2012). Además, el libro de relatos Cien hombres, una mujer y otros delincuentos, editado en España en 2014. Actualmente reside en Miami.


 

Dos mujeres y un hombre

Félix Luis Viera nos vuelve a deleitar, esta vez con una noveleta divertida que invita a la reflexión, reeditada recientemente por la editorial D´McPherson.

Aparentemente, cuenta las experiencias sexuales de un joven en la Cuba de la década de 1940. Pero, en verdad, el protagonista está inmerso en el dilema humano de la búsqueda de una pareja que lo complemente, que pueda aplacar sus necesidades carnales y espirituales, características que por ahora él ha hallado, por partes, en dos mujeres: Irene y Teresa.

Él, como bien dice el gran Amir Valle en el prólogo, “necesitaría armar su propio Frankenstein femenino uniendo las partes de las mujeres que ha amado”.

Se trata de un personaje muy singular. Está, a la vez, con dos mujeres jóvenes y bellas. Pero lo que sería motivo de orgullo para muchos hombres cubanos, éste lo toma con serenidad, y la situación lo lleva a reflexiones que le dan un toque de humor a la narración y que, en cada caso (algo muy raro entre cubanos, por lo general de carácter expansivo) él decide callar y no compartir, ni con ellas. En muchas ocasiones, tras una reflexión, su única expresión es “Ah”. Para él, los hechos ocurren con una naturalidad carente de cualquier sensación de triunfo, aun de seducción.

La novela también navega en las aguas de una incógnita universal, que el protagonista menciona cuando dice “el amor, la pasión, el sexo —no sé si son lo mismo, o nadie sabe”. Él mismo parece confundido cuando asegura: “Siempre he realizado el sexo bien como un deber o bien por necesidad; nunca por deseo”. Refiriéndose a un encuentro con Irene, afirma: “Besos así no provienen de la lujuria, sino de alguna ternura, de la entrega que mejor se aviene con el espíritu”. Y de Teresa, señala que “es muy agresiva en el acoplamiento”.

Resulta muy curioso cómo su espontánea relación pasional con Irene se transforma, al recibir la anuencia y hasta la ayuda del esposo (por conveniencias políticas), en una especie de mecánica cura de salud contra la peligrosa lujuria, como podría ser un tratamiento contra una leve enfermedad. Irene llega a decirle que están “de algún modo obligados por la vida a hacerse el sexo”.

Y como colofón, resulta insólito, inesperado, pero vitalmente lógico que dedique la frase prohibida de “Te amo” a la mujer que reúne todos los impedimentos que él mismo ha ido nombrando a lo largo de su confesión, y que hasta entonces había ocupado un segundo plano en la vida del protagonista.

En fin, Irene y Teresa es una novela con un Félix Luis Viera en plena capacidad, para disfrute de los lectores.


 

Ingenio de armoniosas vibraciones

El poeta Félix Anesio

Despertar la emoción del lector sin necesidad de recurrir a su amplitud de entendimiento, es antigua conquista de poetas. Un endriago con lengua de fuego y cabeza de león, que no por haber atenuado su misterio mediante la práctica de siglos, deja de ser desconcertante. Pero no sé por qué sorprende menos, aun cuando sea más extraordinario, que siga resultando imposible para los poetas acceder a la emoción del lector sin haber conquistado antes sus oídos.

Se alude a la oscuridad o al hermetismo de cierto lenguaje poético como razón por la que algunos no atrapan la preferencia de quienes leen. Sin embargo, sería fácil mencionar a no pocos autores digamos herméticos que han logrado alcanzar una importante ascendencia pública. Basta con que sus versos, por oscuros que fueren, traspasen los filtros del tambor auditivo. ¿Será posible entonces que en ello (o sobre todo en ello), mucho más que en la comprensión de su obra, radique el secreto de la popularidad siempre tan cara y huidiza para los poetas?

Allá el que crea tener una respuesta infalible. Yo apenas deslizo este presupuesto personal entre signos de interrogación, consciente, como diría Blanchot, de que hay respuestas que suelen ser entendidas como desgracias de la pregunta. De lo que sí estoy seguro es que, si bien no de manera general (ya que en poesía las normas sólo existen para ser rotas), hay casos en los que el poeta parece saber, o intuir cuando menos, que por sólido que sea su talento, no le queda otra opción que dirigir los versos al oído del lector como paso previo para llegarle al alma. Y es entre tales poetas donde muy frecuentemente alinean los más aclamados por el público.

El libro Altar de nadie, antología personal de Félix Anesio, con poemas escritos entre los años 2011 y 2021, nos expone esa pauta de poesía moldeada especialmente para franquear el tímpano como primera instancia. Su carácter intimista e introspectivo, aunque siempre en contacto con los asuntos de la vida común. La concisión de todas sus piezas como prueba de una perenne búsqueda de agilidad y fluidez. La despejada sintaxis, sin arterías ni superfluidades… Son algunas de las señales que parecen indicar el interés del autor por ser recibido con agrado y aun con familiaridad por parte de los lectores corrientes. Esto no significa en modo alguno que la suya sea una obra de medianías. Al contrario. Lo sencillo en ella armoniza cristalinamente con lo complejo, lo sensorial con lo juicioso y lo inmanente con lo sustancial, dando cuenta del magnífico poeta que es Félix Anesio y de cómo, justo por serlo, ha encontrado un modo propio de ampliar el radio de accesibilidad y disfrute para sus piezas.

Ese modo (básico en su estilo) marca un relieve en las palabras que el poeta demuestra escoger meticulosamente para aproximarse a los objetos y a los temas que trata. Aunque yo diría que, más que escogerlas, expurga el idioma para redimir cada palabra con el plan de ordenarlas de manera que el lenguaje coloquial prevalezca sobre el literario. No sin haber pasado antes por el matiz de la experiencia y la imaginación de un fino hacedor de versos que bien conoce lo que se trae entre manos. Así que no por ser asequible renuncia a lo alusivo ni a la multiplicidad de connotaciones poéticas que prodiga la mezcla de ambas formas de expresión.

En Altar de nadie, la palabra fluye como vehículo de un hombre llano, presto siempre a volar pero sin levantar los pies del suelo. Su claridad discursiva es una sonda que delicada y sutilmente escruta en el tejido íntimo de la sociedad en la que ese hombre, portavoz hechizado de sus iguales, se afana en reflotar los vestigios de una tradición poética que es tan antigua como el tiempo y cuyo objetivo -ya sabemos- no contempla describir o definir meramente lo vivencial cotidiano, sino ir dejando lúcido registro de las sensaciones que genera el hecho de vivir.

“No sé quién soy/ni a qué he venido. / No creo que haya/un solo hombre/que sepa de qué hablo. / En caso contrario/ofrezco disculpas. / No ha sido mi intención/importunarlos…”. Poesía esencialmente sugestiva, escurridiza, y aun ambigua en ocasiones, que narra poco pero cuenta mucho, con la emotividad como fin y las más armoniosas vibraciones como medio. Poesía de quien lo apuesta todo por compartir angustias e incertidumbres sin que al parecer le importe ser entendido (¿y a qué auténtico poeta le importa?), pues su recompensa radica en ser correspondido. “De todos los desiertos que habito / ninguno tan cruel / como el de la palma de mi mano”.


 

La hora inhabitable que habitamos

Desde hace ya algún tiempo sigo con creciente atención el quehacer poético de Odalys Interián, he dialogado con ella y con sus libros, y cada vez me convenzo más de que estoy en presencia de una feliz “rareza”. Lo que seguramente coadyuva a que sus libros aún no aparezcan en los catálogos de las grandes editoriales ni circulen traducidos a varios idiomas en las librerías del mundo. Lo excepcional (sí, lo sabemos), solo excepcionalmente entra en el mercado, y esto, el mercado (más que la calidad o la excepcionalidad), es lo que cuenta allí donde medra la llamada “industria del libro”. Y “mercado” significa “caballo ganador”, a ser posible con lo que más seduce a los ingenuos espectadores/ lectores: el sello de un prestigioso galardón en su testuz.

Aclarado esto, les hablo enseguida de lo que en realidad quiero: Su último libro: La hora inhabitable (Editorial Dos Islas, Miami, 2022). Un libro con un título, como ven, muy acertado: parece decir: “¡Peligro! Durante este tiempo (u hora) el territorio es hostil”.

Ya el exergo —unos versos de Celan— van en esa inquietante dirección:

“¿Quién dice que se nos murió todo / cuando se nos quebraron los ojos? / Todo despertó, todo comenzó”.

Celan habla, sí, de la oscuridad y de la muerte como algo superado. Un tema que quizá haría insistir a Octavio Paz en aquello de que “repite arquetipo”. Y sí, concedamos que lo hace. Concedamos incluso que lo hace también Odalys, solo que (y este es el matiz), curiosamente, ese arquetipo es irrepetible y, si lo miramos bien, ni siquiera es un arquetipo. Porque la Muerte y los atributos que el imaginario humano le asocia, son (quién podría dudarlo) absolutamente individuales.

Las circunstancias en que Odalys concibió estos poemas son muy elocuentes al respecto. Ella, estudiosa de la Biblia, su guía divina o la Verdad por antonomasia, tiene forzosamente que percibir los múltiples indicios “apocalípticos” de la época. En enero de 2020, el llamado Reloj del fin del mundo creado por la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago, en 1947, llegó a mover sus manecillas hasta situarse a solo 100 segundos de la medianoche. Con lo que ha seguido desde entonces, debe estar a punto de dar las últimas fatídicas campanadas.

En esta circunstancia (en esta hora inhabitable), pues, Odalys concibió su “hora inhabitable”.

Claro, un libro de poesías, sobre todo un libro como este, no es un reportaje periodístico ni un tratado político o de historia, sino un reflejo personal de las circunstancias colectivas que, reflejo mediante, iluminan su significado. Y lo hace valiéndose de los medios con que cuenta la poeta: las palabras y lo que se mueve con (o en) ellas. De modo que esa cosa del tacto y la mirada (la relación libro/lector) abre una intimidad “peligrosa”. El libro, en fin, no viene a conversar, el libro se deja abrir y manosear para, de algún modo, poseer. Hay una voluntad de conquista evidente. No importa en qué dirección, lo que importa es que el lector no puede salir indemne.

Y Odalys lo hace con un aliento que, sin caídas, recorre toda esa oscuridad, sajada a veces por rápidos relámpagos y, al final (rebasado el instante imposible), sale liberado al Paraíso Prometido por la literatura de su fe. Es, por tanto, un libro que, para cumplir con su voluntad de posesión, habla de una Verdad, en un momento en que toda forma de verdad está más cuestionada que nunca. Cuestionamiento que, comprensiblemente, provoca en quienes sienten el estremecimiento pascaliano, un retorno a Dios, que es un retorno a la vida que debe resultar después de la vida y que, según esta fe, debe ser, entonces sí, la correcta. Y lo hace (Odalys) con la impresionante coherencia de ese, su aliento único. José Hugo lo dice así:

En rigor, podría decirse que el poemario consta de un solo poema, suerte de macrotexto configurado por conjuntos de versos que se trenzan sin perder su autonomía y a la vez sin provocar disonancias ni cualquier otro tipo de desequilibrios, sean de contenido o estructura, ya que prevalece la búsqueda de homogeneidad como base de una sólida distinción.

Así que, más allá de ese aparente arquetipo, damos con lo esencial: la poesía. La singularidad de su poesía. Una poesía, como he dicho, de certezas. Lo que pasa es que se sustenta en un tiempo que aún no existe y de un modo forzosamente incognoscible. El misterio se disuelve, aunque no se lo proponga, en más misterio. Y aunque en ocasiones parezca aleccionarnos con respecto a su fe, la poesía abre, por definición, una perspectiva en la que las palabras y las imágenes resultantes, juegan a los dados.

Ya en el primer poema comenzamos a entenderlo: “Qué rosa / qué muerte / vertiéndose aquí” y “Qué noche sobre tu noche / vendrá…”, escribe. La rosa, la muerte, la noche. Una tríada de encaje evidente en una, su forma de “verdad”.  La “rosa”, que podría no serlo, es así algo difuso: quizá aroma, quizá recuerdo… quizá intuición… O lo improbable de esa “verdad” que, recordando (a nuestro modo) los Upanichads y el Vedanta, llamaremos “de error”. La rosa en la noche que, a su vez, es la oscuridad de la muerte. Fíjense que dice: “noche sobre tu noche”, una noche potenciada pues, hasta la última que es (y esto lo expresa con absoluta precisión) la más extrema: la Muerte. “El juego siempre peligroso / de encontrar/ de dar / el número de la muerte/ y coincidir/ y ganarla”. Añadido éste del Poema 5, una especie de prontuario para lograrlo: Ganar a la muerte, la única derrota inevitable reconvertida o reciclada en esa esperanza de la fe (el subrayado es mío). Lo que tiende a parecer la repetición del arquetipo, sin duda, pero que ella, con intuición privilegiada, reconduce y, en diálogo con Rilke, provoca un cambio genial de registro al recordarle su terrible imagen del ángel: “… pero me iría con él / lo espiaría (…)” y “me bebería de un sorbo /la eternidad que reparte.”  Y concluye completando casi la sinopsis: “que termine de pasar / (…) Todo ese desacierto que es la muerte”.

Así, con la solemnidad con que lo hace el mundo… la vida, se mueve este “relato poético” a través de cuatro intensas y bellísimas secciones: I) El tiempo en que se pondrán de pie las margaritas aplastadas por la muerte; II) Un árbol crece en mi lengua cuando digo el futuro; III) Hombre desde la espera minúscula del día sé mi sol;  y IV) Caerá mi palabra sobre un campo de cuchillos. — Como se ve, los subtítulos son versos preciosos, vale la pena citarlos. Y, sin embargo, lo que apunta José Hugo, insisto en ello, es absolutamente cierto. Cada una de esas secciones marca si acaso cierto matiz que combina, con diferentes colores, el conjunto.

Hasta existe en la sección III, para ilustrar lo dicho, una mirada al amor: “Hombre desde la espera minúscula del día, sé mi sol.” y “La vena ahora herida del amor / el triste goteo de su sombra.”

Como se ve, se trata de una poesía de y en lo inefable, como si mirase y tocase todo, hasta el cuerpo del hombre, con la mirada y las manos de quien conoce la mirada y las manos de Dios, sin traicionar su humildad terrenal de mujer que, si peca, es por exceso de amor. O, si acaso, por su obsesión en el hecho de “la muerte que miramos/ el miedo de quedar así/ de vivir en el único desconcierto/ que ofrece la vida.” O “La vida gemela que le nació a la muerte”.

Y ya en la última sección la muerte sigue ahí, es y, a la vez, no es. Odalys la convierte en un desafío. Lo advierte. Lo advierte. Dice: “Abro de un tajo el cosmos de la muerte/ (…) y voy hacia el milagro”. Para cerrar este recorrido difícil y hermoso con unos versos que dan un vuelco al corazón: “Ahora caerá mi palabra/ sobre un campo de cuchillos. (…) Sigo mostrándote (…) el ahora de la hora en que / escaparemos”. Y mantiene el rodeo a Dios, sin llegar al hombre, más bien evitándolo. Dios no nos dejes / en las manos del hombre/ no nos dejes. Una súplica que estremece, pero que comprendo. Ahí está contenida toda la soledad del hombre junto o frente al hombre, en esta hora inhabitable que habitamos.

Gracias, Odalys, poeta, por advertirnos.


 

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